Pensamientos del cine

Las películas que acompañamos. El cine que intentamos recuperar
Título original: Pensées du cinéma. Les filmes qu’on accompagne. Le cinéma qu’on cherche à ressaisir

Editorial: Shangrila
ISBN: 9788494700385
Páginas: 508 págs.
Medidas: 16x23 cm.
Año de publicación: 2018
Precio: $3780.00

Temas: Cine

Brigadoon, esa pequeña aldea en la altas tierras escocesas imaginada por Vincente Minnelli, despierta y vive un día cada cien años. Es el precio del hechizo que preserva su armonía de fábula, a salvo del terror del mundo. Brigadoon no está en el tiempo ni en los mapas. Jacques Tourneur filmó una noche del demonio hacia la que conduce el jirón de un pergamino, que se pasa de un elegido a otro, como un anillo envenenado. Anuncia un final con forma de luz metafísica en el bosque, que avanza a la velocidad de un tren. “Está en los árboles. Es él, está llegando”. Un viento de tormenta electrifica el bosque fatal. “Es él. Aquí viene”. Podría ser el amor. Podría ser el cine. Si amas a alguien que habita Brigadoon, podrás entrar en ella. Si la abandonas, Brigadoon desaparecerá. El pergamino, insignia metafórica, es lo que no cesa de moverse en la imagen. Pertenece a un libro inhallable, como Brigadoon, un cuerpo virtual de imágenes y signos. Podría ser una película. Para ir hacia lo fantástico, hay que creer. Como creen los niños en sus amigos invisibles. Para entrar al cine, como quien entra a Brigadoon, hay que rendirse a su parpadeo químico, a esa espectacular intermitencia entre la luz desnuda y la ceguera. Y luego, sentir su sedimentación en la memoria, sus minúsculos picos y sus palas, su trepidación subterránea en nuestra psiquis.
Raymond Bellour escribe el cine para recordarlo. Se hace arqueólogo. O porque lo asedia y se anuda en su interior. Se hace exorcista. De Robert Wise a Ritwik Ghatak, de Rossellini a Philippe Grandrieux, de John Ford a Chantal Akerman, de Ingmar Bergman a Gus Van Sant, del rostro inmóvil de Lillian Gish atravesado por minúsculas olas sensibles al rostro de Cary Grant como ojo del montaje y geómetra del plano: todo está allí para ser recuperado, para pujar y ser una memoria imposible, entre la percepción alucinada de la imagen que adviene (como un cataclismo, como una plegaria) y el recuerdo definitivamente incierto que la fija, que la ancla a nuestra vida como un fósil, radioactivo y estremecedor.


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