ISBN: 9789875000759

Formato: 248 págs. 12 x 20 cm.

Fecha Publicación: 2002

Precio: $ 250,00 (U$S 14,71)

Agotado

Poesía erótica argentina (1600-2000)

Daniel Muxica (selección y prólogo)

Prólogo - Poesías

Prólogo (fragmento)

Siempre es difícil, arriesgado, determinar el límite del erotismo; tan arriesgado como hablar del límite de la poesía. La poesía no puede ni debe correr únicamente como literatura, así como el erotismo no puede hacerlo solamente como un antecedente del sexo.
Una aproximación crítica a la concepción tradicional del erotismo permite volver aún más ilimitable el campo elegido, dado que, con sólo ampliar la erótica más allá del imaginario erótico y emparentarla directamente con lo generativo de la creación, es decir, con la causalidad intrínseca de las fuerzas productoras, todo se expande hasta lo insospechado. Toda creación es erótica. Y esto no sólo antecede, sino que participa durante el acto creativo y también reconviene su forma luego de éste. Determinar qué es el erotismo y a la vez determinar una poética, en este caso literaria, dentro de él nos perturba con aplicaciones implícitas y explícitas del lenguaje, sabiendo que, de todas maneras, es factible que el erotismo y la poesía no se hallen en ninguna de las dos.
La lectura de este material requiere del reconocimiento del tiempo y del espacio en que estos textos fueron realizados, e implica una sensibilidad y flexibilidad conceptual que permita abordar una lectura placentera; en síntesis, que la imagen y la palabra no se diferencien en cualidad. Los valores de la tradición, el medio social, la psique, el contexto histórico, son algunos de los múltiples elementos que atraviesan de lado a lado los textos. A ello se suma que, en el lenguaje, cuando se habla de una palabra, no se habla de una palabra sino de muchas. No podemos hablar de “erotismo” sin implicar palabras como amor, sexo, deseo, voluptuosidad, himeneo, seducción, génesis, sensualidad, castidad, lujuria, pornografía, virginidad, perversión, obscenidad y pasión, por nombrar algunas de las más cercanas y de más rápida asociación. No podemos hablar de la palabra “erotismo” con la misma asepsia con que investigamos una enfermedad, como si se tratara de un virus, separada del mundo de las palabras, olvidando la complicidad y la contradicción asociativa que el propio lenguaje nos propone.
La poesía erótica aún no es un género literario –la poesía no lo es– y el amor no tiene nacionalidad. Es decir que cuantas más convenciones ensayamos, cuanto más intentamos denominar, más nos damos cuenta de lo ajeno que a estas dos naturalezas –lo erótico y lo poético– resultan las definiciones. Es desde allí que propongo tomar este recorrido por la erótica argentina; no como una definición, sino como un fragmento del decir y un estadío situacional desde donde partir.
Podría coincidir con Savater en que el mundo, como voluntad y como representación, es el liberador resultado de una inteligencia esclarecida hasta la subversión de su función específica. Quien antologa nunca estuvo ideológicamente contra la subversión, siendo ésta la versión subterránea de un mundo, de una representación que desea y necesita expresarse (tal es en muchos casos el sentimiento que provee el escribir o leer textos eróticos) pero quizá subvertir, como acción intelectual o física sea la forma mecánica, es decir, visible, de ir tras lo que nunca, de ir tras la utopía de alcanzar lo ingobernable. Y quizás el punto más alto de ese campo finito no es subvertir, sino trascender dicha función y dicha especificidad; en fin, posibilitarle a la construcción una búsqueda trascendente para ese “habitar poético” con que Hölderlin describió al hombre sobre la tierra.
¿Es el erotismo un adiestramiento de los impulsos? Lo sagrado, por definición, lo oculto, está en juego porque no considera el placer sensual en el sentido limitado de la vida sensual instintiva, sino como experiencia fáctica. Frente a lo erótico, como frente a lo poético, nos encontramos con el rubor de sentirnos manejados por algo que nos ignora, que se aprovechará de nuestro sentimiento para hacer vaya a saber uno qué cosa. Un estado de intemperie que siempre nos devuelve, patética, nuestra propia imagen frente a la ocultación. Esta pulsiva combinatoria de lo erótico en retroceso frente a la “quimera sexual”, frente al extremo del amor como un exceso de lo real –como pergeña Lo Duca– y lo poético transferido al elemento del signo –que nunca nos dice qué es, sino que apenas se nos vuelve confiable porque nos dice que “hay algo”– resulta por demás insatisfactoria para alcanzar el dominio de los elementos. Ambas fuerzas, opuestas al poder, permanecen en las sombras, y nuestro patetismo consiste en buscar infructuosamente la dominación por la denominación, pero ni siquiera en ello vamos a encontrar reposo.
Si el erotismo es la fascinación que produce el imaginario y la construcción de un poema erótico es agregar la poética al imaginario o la ficción del erotismo, me atrevería a decir que lo erótico y lo poético, en su finalidad misma, admiten desde San Juan de la Cruz hasta el Marqués de Sade, espiral que va de extremo a extremo entre la destreza y la urgencia de los cuerpos, una inaudita vigilia que anuncia y permite experimentar nuestro comportamiento. Inspirar el pudor o excitar la osadía al límite máximo de la sublimación crea un estado de tensión general, y esa es una de las nociones que más atañe a todo el dominio del arte.

***

Luis de Tejeda (1604-1680)

El peregrino en Babilonia (fragmento)

[...]

Porque el casto amor de Anfrisa
con virtud siempre contraria
moderaba mis afectos
por merced de Dios y gracia.

¿Mas quién creerá que fué Anfrisa
ocasión aunque no causa
de otro más prolijo incendio
que al infierno me arrojaba?

De su misma edad y prendas
era su amiga del alma,
Lucinda, tan recogida,
Lucinda, tan encerrada.

Lucinda la tan virtuosa
y de hermosura tan rara
que la pidió un poderoso
sin más dote que su fama.

[...]

Hizo por algunos días
de su casa ausencia larga,
el esposo de Lucinda,
y yo sin nueva mudanza.

En mi comedido afecto
fui una tarde a visitarla
y halléla sola en el huerto
sobre la aguja y la almohada.

Mientras pues que descarriemos
como era cosa ordinaria
con pláticas no prolixas
porque eran siempre buscadas.

O que el sol se apresuró
por no ver maldad tamaña
o que la noche al pecado
combidó con negra capa.

Viéndonos solos y a obscuras
y en ocasión sin buscarla
se enmudecieron las lenguas
y se trabaron las almas.

[...]

Despertaron nos del sueño
o nunca entonces cantaran
jilgueros y ruiseñores
por los árboles y ramas.

Y viendo las claras sombras
con que ya el pincel del alva
las negras sombras del ayre
nuevamente retocaban.

A las de un árbol coposo
cuyo centro ni el sol baña
nos acogimos, que fué
estrechar más la batalla.

[...]

***

Manuel de Lavardén (1754-1811)

(Sobre la mezcla de la sangre goda con la que turbulenta y negra corre por las arterias de las hijas de Mozambique)

Allí sí que fecundas las Camenas
Alumbran partos mil cada semana,
Porque quita allá ese par de berenjenas;
Pues cualquier mulatillo palangana,
Con décimas sin número remite
A su padre el Marqués una banana...

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