ISBN: 9789875002210

Formato: 272 págs. 14 x 21,5 cm.

Fecha Publicación: Mayo 2017

Precio: $ 340,00 (U$S 20,00)

La clínica entre perversión y psicosis

Introducción

Desde que escribo, y más aún en este trabajo, tropiezo con una dificultad mayúscula: cómo conciliar mi interés por la clínica con la dificultad de producir lo que se dan en llamar “casos”. Casos, es decir, los que caen,1 para tomar la etimología del casus latino, la caída. Los que caen, caen a menudo en el hospital.
En cuanto a mi propio caso, al haber sido yo de aquellos a quienes Jacques Lacan solía llamar “mis enfermos”, he aquí con qué puede remover cualquier presunción de análisis didáctico puro: yo caí… en análisis.
Lacan insistió, y con más fuerza en sus últimos años, en que existió siempre una tendencia consistente en reducir al enfermo [malade],2 al hombre de male habitus, de mal habitus, al hombre de male habitudo,3 de mala costumbre; antigua tendencia que hoy el conductismo favorece.
El síntoma que constituye el caso es también siempre del orden de la caída,4 del ptoma, y concierne al objeto caído. Toda estructura tiene relación con este objeto caído. Es aquel que el perseguido encarna realmente a la manera de lo que el Dios de Schreber llama Luder, señuelo o carroña; el que la erotómana encarna en tanto amada; el que encarna el melancólico a la manera del desecho. Es la causa del deseo del neurótico. Es, por último, el que el perverso quiere encarnar en su teatro.5 En cuanto a todos los que caen, interviene una circunstancia, un azar, un acontecimiento, para retomar el término de Christian Hoffmann (2007: 98) y así se desencadenan la neurosis o la psicosis.
¿Cómo partir de la clínica sin “traicionar sus secretos triviales y sin igual”? (Lacan, 1960). Hacer gran caso de ellos, y hasta de ellos un caso, es lo que Lacan hizo con tal o cual autor, Kierkegaard o Joyce.
Fue así como vinieron en mi auxilio la literatura, lo mismo que la filosofía, desde el año en que cursé propedéutica de letras, como todavía se la llamaba. Encontré también en ellas ocasión de dirigirme a ese “destabicamiento de los géneros del logos”, que evoca Barbara Cassin, como efecto de la “desmitificación de la donación ontológica” en Avec le plus petit et le plus inapparent des corps, cuyo epígrafe es el vademécum más fundamental que pueda haber para un analista. Se trata de esta sentencia de Gorgias: “El lenguaje es un gran soberano que, con el más pequeño y el más imperceptible de los cuerpos, consuma los actos más divinos” (Cassin, 2007).
¿Me atreveré a recordar, sin pretender ni por un instante equipararme en este ejercicio a su autor, esta frase de Lacan para que también ella me socorra?: “No lo tomen a mal, evoco al sesgo lo que me resisto a tapar con la carta forzada de la clínica” (Lacan, 1966b: 800 [1976: 780]).
Jacques Lacan comenzó por la práctica de la psiquiatría, a diferencia de Freud. Sus elaboraciones se iniciaron con el encuentro de la psicosis y en particular de la erotomanía. Partiré entonces de este cuadro psiquiátrico y de su primer abordaje por la vía del empuje-a-la-mujer.
Lacan dice haber sido “aspirado por el psicoanálisis”; un psicoanálisis que no caería en lo que Beckett denominó, de manera inapelable, “las carnadas de la comprensión”,6 sino que se asentaría sobre el lenguaje. Éste será el objeto del primer capítulo: la actualidad intempestiva de Jacques Lacan.
Lacan partió del caso de erotomanía de su tesis, y en su primer seminario sobre Las psicosis despejó lo que más tarde iba a llamar “empuje-a-la-mujer” en el presidente Schreber. El segundo capítulo estará consagrado a este trayecto.
Con posterioridad, Lacan observará en James Joyce una suplencia y no una metáfora delirante sustitutiva ante la falta de metáfora paterna. “Joyce, el prudente”, aquel que conoció la prudencia, la sabiduría práctica en el sentido de la filosofía griega, introducirá en esta dimensión. La estructura de Joyce le abrirá, en efecto, un amplio espectro de la perversión, al menos en el erotismo literario: éste será el objeto del cuarto capítulo, que plantea el problema de la relación entre perversión y psicosis.
La única invención que Lacan se atribuyó fue el objeto a, con minúscula, “totalmente ajeno a la cuestión del sentido”, aclaraba. Dijo haberlo intuido en Freud, en Duelo y melancolía. A mi juicio, sus referencias al autor danés Kierkegaard, melancólico genial si los hubo (Pigeaud, 1998), autoproclamado, por otra parte, deben ser objeto de un énfasis particular. En literatura, Kierkegaard ilustra lo que este tipo de sujetos aportó al pensamiento de su época y más allá de ésta. Existieron melancólicos geniales tal como los consideraba el problema XXX de Aristóteles, y si no todos los sujetos psicóticos poseen esa condición excepcional, no hay quienes no aspiren a ella. El sexto capítulo, “¿Culpable? - ¿No culpable?”, examinará el aporte del caballero de la subjetividad y la melancolía al psicoanalista.
Ahora bien, la psicosis ha cambiado. Ya casi no se ve a esos que Dide llamaba “idealistas apasionados”, aunque todavía tuve contacto con ellos al comienzo de mi largo trayecto hospitalario. Se ven más sujetos que pasan al acto. La forclusión siempre lo facilitó. Pero la elaboración delirante, con su creación de una metáfora delirante para suplir la metáfora paterna, lo retardaba hasta el punto de otorgarle un aire asintótico. El psicoanálisis favorece la constitución de un sinthome del tipo escritura, del que el psicoanalista sabe que debe ser un movimiento que continúa. La medicación que genera un cortocircuito del delirio, cuando es manejada sin prudencia, y aunque no es cuestión de negar el inmenso progreso que representó, cumple sin duda un papel negativo sobre la elaboración delirante, en la que Freud distinguía una tentativa de curación.
La construcción de una metáfora delirante no es favorecida por el cambio de los hábitos y exigencias de la época. La caída de los ideales intelectuales, la promoción de imágenes ideales como son los deportistas, las estrellas de la pantalla grande o pequeña, la exaltación del éxito material, ese “odio a la palabra y al lenguaje”, para recoger la fórmula de Roland Gori (en Hoffmann, 2007: 15), explican también en parte ese cambio.
En las zonas marginales, en los suburbios, la segregación adopta un cariz diferente de la exclusión manicomial: el del discurso del amo,7 con la creación de casas de acogida especializadas para “las patologías psiquiátricas crónicas”, el proyecto de control del “cumplimiento terapéutico” [compliance] a domicilio por parte de enfermeras directamente empleadas por la industria farmacéutica, pero también la promoción del tratamiento del síntoma: toxicomanía o nuevos síntomas de moda como la anorexia, después de la depresión.
En la actualidad todo esto está regido por el discurso del capitalista.8 Éste sella a veces la fabricación del muro de una identificación proporcionada por un modo de goce: anoréxico, adictivo, depresivo, más adecuado al nuevo “naturalismo” actual (Hoffmann, 2007: 58).
También los psicóticos se ven forzados a seguir la moda de esta “cultura de lo deshumano” y no pueden escapar de la servidumbre voluntaria, nombrada para siempre por La Boétie y devenida en “sumisión libremente consentida” (Gori, en Hoffmann, 2007: 23) muy diferente de la amistad. Fue Danièle Brun quien la distinguió cuidadosamente de ésta (Brunn, 2005). Lo cual se combina con la conservación, por parte de los psicóticos, de la relación con el semejante, fenómeno que Lacan destacó en el presidente Schreber. Los psicóticos poseen a menudo un tacto notable y, más allá de la astucia consistente en no exhibir lo que podría dar lugar a un diagnóstico de locura, y que la reticencia favorece, existe en ellos un arte de tratar bien al terapeuta por miedo a perderlo o lastimarlo. Saben también complacer y, cuando la época prefiere una forma degradada de la acción al pensamiento, en esta materia ellos no se quedan atrás.
De ahí que veamos más conductas perversas de todo tipo, y en particular la “democratización” de lo que ahora se llama SM9 y que ya no está reservado a una élite de hombres de poder o de una intelligentsia volcada a los deleites del escándalo. Nada nuevo hay en estas prácticas, salvo su multiplicación, su accesibilidad a todos, en “el erotismo del frenesí consumista de goces virtuales” (Gori, en Hoffmann, 2007: 21).
Por mi parte, observo que la ausencia de significación fálica resultante de la forclusión del Nombre-del-Padre trajo siempre consigo la necesidad de rasgos perversos en la vida amorosa de los sujetos psicóticos. James Joyce, junto a una obra que le hizo un nombre y de ese modo suplencia, supo escribir también la perversión de manera notable y ejemplifica, a mi juicio, ese rasgo perverso tan frecuente en psicóticos que carecen de su genio; éste es el objeto del quinto capítulo.
La clínica de estos “casos”, caídos como objetos devenidos reales [réelisés], me llevó a menudo a leer literatura, la cual no cesa de transitar ese vasto dominio.
El masoquismo ocupa allí un lugar de elección, así como en los rasgos perversos de la psicosis. Este masoquismo, que Freud consideraba “la más frecuente y significativa de todas las perversiones” (Freud [1905], 1987: 68), es ciertamente transestructural.
Freud, tras haber analizado el fantasma Pegan a un niño como una perversión “que se alberga en el contexto de los procesos de desarrollo típico, para no decir normales” (Freud, 1973: 232), tras haber considerado ese fantasma como uno de los “sedimentos dejados por el complejo de Edipo”, dos tesis que Lacan retomará, se interroga sobre un punto que me parece central como respuesta a lo que yo constato en el presente.
Se trata de la fase del fantasma formulada como “ser pegado uno mismo por el padre”, fase inconsciente y masoquista a la que Freud atribuye dos consecuencias posibles. La primera es producir seres humanos “de una sensibilidad y una susceptibilidad particulares frente a personas a las que ellos pueden inscribir en la serie paterna”. La segunda de esas consecuencias es prejuzgar considerando que ese mismo fantasma podría hallarse “en la base del delirio querulento de los paranoicos”.
Tal es el interrogante que surge efectivamente al estudiar en forma conjunta las obras de la perversión y de la eventual paranoia, a las que añadiré la melancolía que las acompaña.
Es imposible pensar el masoquismo sin pasar por quien le dio su nombre, es decir, Sacher-Masoch, antes de examinar las cuestiones suscitadas por el llamado masoquismo femenino y por las prácticas masoquistas actuales. “De Sacher-Masoch al masoquismo” será mi séptimo capítulo, seguido por el estudio de las “Paradojas del masoquismo femenino”.
A lo largo de este recorrido destacaré la creación por Lacan de dos extrañas figuras de la feminidad, “la hombrella [hommelle]” en la perversión y “La mujer” en la psicosis, que consideré importantes para avanzar sobre la cuestión planteada por Freud.
La mujer divina es también aquella que promueven con frecuencia el poeta o el escritor. De ahí que en el tercer capítulo hayamos dado un rodeo por Louis Aragon (con Irène, “la hombrella [hommelle]”, y Elsa, La mujer) y Robert Graves.
Volviendo a la psicosis, Lacan destacó muy tempranamente el papel que cumple en ella La mujer. Lo hizo en el Seminario 3, donde dedica un largo desarrollo a la inclinación de Schreber a ser “la mujer que les falta a todos los hombres”. Con todo, no fue sino en su texto El atolondradicho donde destacó el efecto de feminización del empuje-a-la-mujer. Necesitó haber propuesto las fórmulas de la sexuación en el seminario Aun para poder desplegar la razón lógica de la “feminización” en la psicosis, siendo la noción de La mujer inseparable de la tesis lacaniana sobre lo que es una mujer.
Antes de arribar a la feminización de Schreber, Lacan sitúa, en Las psicosis, la importancia de la cuestión de la mujer en la neurosis y menciona hasta qué punto “nosotros también experimentamos siempre una intensa satisfacción al volver a encontrar ciertos temas simbólicos de la neurosis en la psicosis. No es ilegítimo, pero hay que tener muy claro que sólo cubre una parte muy pequeña del cuadro” (Lacan, 1981: 121 [1985: 154-5]).
Lacan reencuentra esta problemática –común con el sujeto neurótico– en el momento de la invasión por la imagen que Freud indica en Schreber: “Ser una mujer en el momento del acoplamiento…”, para conseguir ser –construcción de su delirio– La mujer de dios.
“Ser una mujer” es el período calificado por Lacan de prepsicótico:

"Durante el período prepsicótico, el Presidente Schreber vive algo que él nos da en estado viviente, esa cuestión que, como yo les decía, está en el fondo de toda forma neurótica; en este período après-coup, con los pequeños fragmentos, nos muestra que fue presa de extraños presentimientos; que de pronto lo invadió esa imagen que era realmente, parece, la menos indicada para entrar en la mente de un hombre de su especie y estilo, la de que después de todo debía ser muy agradable ser una mujer padeciendo la copulación" (Lacan, 1981: 74, 217 [1985: 92, 274]).

Ser la mujer divina:

"Cómo situar el límite entre ese momento de confusión y el momento en que su delirio terminó construyendo que él era efectivamente una mujer, y no cualquier mujer, la mujer divina o, más exactamente, la prometida de Dios" (Lacan, 1981: 217 [1985: 274]).

 

NOTAS
1. V. 1220, quas; lat. casus, “caída”; más tarde, “circunstancia, azar”; p. p. de cadere, “caer”.
2. Bloch y Warburg, Dictionnaire étymologique de la langue française: “Malade”, “enfermo”, del latín male habitus (del verbo habere en el sentido de encontrarse en cierto estado).
3. Ibid.
4. Artículo del Dictionnaire grec/français A. Bailly: Sumptôma: - un decaimiento; - una coincidencia, un encuentro. 1) en general, un suceso fortuito; casual; 2) en particular, un suceso desdichado, desventurado, como el fracaso del amor; 3) por último, un symptôme. Sumptôma se compone de sum y ptôma, es decir: I. la caída, II. todo objeto caído: 1) fruto caído de un árbol; 2) ruina, desecho; 3) cuerpo muerto, cadáver.
5. J. Lacan (1966-1967): “Que a nivel de la percepción se trata de esto: en la medida en que el Uno, presunto, no del acto sino de la unión –del pacto, si ustedes lo prefieren– sexual, en la medida en que este Uno queda intacto, en que la partición no se establece, el sujeto llamado perverso viene a encontrar –en el nivel de eso irreductible que él es, de ese pequeño a original– su goce”.
6. Beckett expresó su horror a la comprensión en una carta a Mac Greevy del 30 de agosto de 1937: “Yo hurgaba en las arenas del psiquismo para encontrar las carnadas de los gustos y preferencias –ya no– las de la comprensión”.
7. J. Lacan (1972): “Y que sin embargo, en mis Escritos, se ve recogido algo que hice oír, ya antes de 1950, bajo el título “Ideas sobre la causalidad psíquica”; me elevaba allí contra toda definición de la enfermedad mental que se amparase en esa construcción hecha de un semblante que, alistado en el organodinamismo, dejaba enteramente de lado aquello de que se trata en la segregación de la enfermedad mental, a saber: algo que es otro, que está ligado a cierto discurso, el que yo etiqueto como discurso del Amo”.
8. J. Lacan (1972): “Lo que distingue al discurso del capitalismo es esto: la Verwerfung, el rechazo, el rechazo hacia el exterior de todos los campos de lo simbólico, con la consecuencia que ya he señalado. ¿Rechazo de qué? Todo orden, todo discurso que se emparente con el capitalismo deja de lado, amigos míos, lo que llamaremos simplemente las cosas del amor”.
9. SM: abreviatura para denominar a los clubes sadomasoquistas.

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