ISBN: 9789875002173

Formato: 368 págs. 14 x 21 cm.

Fecha Publicación: Noviembre 2015

Precio: $ 440,00 (U$S 25,88)

El buen gobierno

El buen gobierno y la segunda era democrática, según Pierre Rosanvallon

Cécile Daumas y Jonathan Bouchet-Petersen, Agenda Política, 09/12/2015

A principios de diciembre, el sociólogo e historiador francés Pierre Rosanvalon visitó Buenos Aires y presentó su último libro, El buen gobierno. La siguiente entrevista de Cécile Daumas y Jonathan Bouchet Petersen es un repaso de ideas fundamentales de esa obra.

La retirada ciudadana constantemente lamentada, la crisis de la representatividad invocada regularmente, el debate sobre el estado o el agotamiento de la democracia parecen a veces cerrar un círculo. Con El buen gobierno, el historiador Pierre Rosanvallon hábilmente reubica la reflexión. Más allá de las imperfecciones de la representación, dice, no tomamos suficiente conciencia de que el desafío central de la democracia contemporánea es ahora la relación entre gobernados y gobernantes. Actualmente no hay ninguna teoría democrática de la acción de gobierno, como si los presidentes y primeros ministros todavía fueran guiados por los consejos para el príncipe o el pensamiento de Maquiavelo. De un François Holland atrapado por sus promesas a las acrobacias del griego Tsipras, Pierre Rosanvallon revisa las recientes prácticas de los gobiernos.

-¿No se desarrolló en Grecia un momento democrático fuera de las normas?

-Lo que ha sido absolutamente extraordinario en la secuencia griega, es que constituyó un catálogo de las principales tensiones y patologías de la democracia moderna. Como la divergencia entre el momento electoral y el momento de gobernar. En la votación de enero, los griegos habían expresado un rechazo de los partidos políticos existentes, una sensación de agotamiento ante la situación económica y social. Esta ruptura política ha sido innegable en términos de renovación de los líderes. Desde el punto de vista de la aplicación de las promesas electorales, es muy diferente! Pero en esta secuencia, debe reconocerse absolutamente la habilidad política excepcional de Tsipras.

-¿Qué consiguió?

-Utilizó los tiempos como una variable que le permitió tratar de otro modo el problema de la distancia entre promesas electorales y realizaciones. Apareció como un tipo enérgico, que se batía como un león. Si no pudo cumplir sus promesas consiguó desplazar la cuestión para poner el acento en su propio compromiso radical, otorgando otro sentido a la idea de voluntad política. Esto no tuvo nada que ver con las formas tradicionales del incumplimiento de compromisos.

-¿Qué lecciones extraer del ejemplo griego?

-El caso griego muestra algo: que es el compromiso personal de Tsipras y de otros ministros, algo que permitió a la sociedad pasar de un consentimiento resignado a una visión quizás más positiva, el tiempo dirá. En Tsipras se encuentra al político clásico pero también el buen gobernante, algo inédito. Ha dado muestras de un compromiso que hacepensar en el Clemenceau de 1917. Da la impresión de jugarse su carrera y hasta su vida sin el cálculo habitual.

-Ese compromiso puede prefigurar el buen gobernante, que usted en su libro define por su apego a la verdad y su integridad?

-En un mundo inestable, donde la economía de un país depende del crecimiento de China y del precio del petróleo, la única variable sobre la que podemos actuar de modoilimitado es la credibilidad y la confianza. Es sobre esas dos cualidades que se vuelve posible fundar una hipótesis sobre el comportamiento futuro de una persona. Lo que se les reprocha a los políticos es que no se puede suponer cuál será su comportamiento futuro. Están muy definidos por la volatilidad. Aun si la tendencia puede ser criticada, asistimos a un deslizamiento desde una política de los programas a una política de las personas. Hay que pensar esta evolución democráticamente. El desafío consiste en construir un funcionamiento y comportamientos democráticos. Deberían existir, por ejemplo, instituciones guardianas del decir verdero, un trabajo que cumple en parte la prensa a través de páginas como “Desintox” en Liberation (una sección parecida a Chequeado que publican medios argentinos).

-Junto a la crisis de la representatividad usted focaliza un punto mayor impensado: la relación gobernados-gobernantes

-El poder gobernante, para decirlo de una manera amplia, no puede tener el carácter representativo de una asamblea. Lo propio de una asamblea, compuesta por ejemplo por 400 personas, es encarnar una forma de diversidad. En un gobierno se puede hacer, sí, un esfuerzo por integrar un objetivo de diversidad. Pero en ningún caso se puede decir que un presidente o un primer ministro es “representativo”. Y si se lo quiere representativo, entonces se avanza hacia las perversiones de lo que he llamado elhombre-pueblo. Es el cesarismo, que consiste en decir: la sociedad soy yo.

-En el discurso de Marine Le Pen o en el de Nicolás Sarkozy se nota esa tentación…

-Hay actualmente una tentación constante de no-liberalismo. El cesarismo es uno. La presidencialización de las democracias no proviene únicamente de un fenómeno mediático depopulización, es el producto de la afirmación del Ejecutivo como poder central: eso lleva a que la decisión sea cada vez más importante que la norma. Es un desbalance importante. La democracia ha estado largamente vinculada a un culto de la impersonalidad en la medida en que lo más importante era la ley. Ser gobernado solamente por la ley era la visión de los revolucionarios franceses; el ejecutivo sólo tenía una misión técnica. Per se ha convertido en un poder central y es eso lo que ahora se trata de hacer reingresar en democracia.

-Usted destaca que no hay, efectivamente, una teoría democrática del arte de gobernar…

-Los que gobiernan no tienen interés en enfatizar la cuestión del buen gobierno. Gobernar, hoy en día, es sinónimo de intentar sobrevivir, de seducir. Es interés de los que gobiernan permanecer en esa concepción arcaica del poder como propiedad personal, como herramienta de alimentación espiritualy eliminación de los adversarios.

-Ese predominio del Ejecutivo parece incluso agravarse cuando se escucha a un jefe de Estado denunciar el ritmo demasiado lento del Parlamento…

-Hay, en efecto, un problema de producción legislativa. El objeto de las leyes que son votadas no es producir normas, lejos de eso. En muchos casos se trata de una acumulación de decisiones particulares, que ciertamente merecen ser discutidas pero que no constituyen un texto legal en el sentido de que no vienen a definir elementos generales de la vida económica y social. Lo que llamamos leyes encubre actualmente decisiones políticas.

-¿Hollande se encuentra sin aliento, sofocado por esas instituciones?

-Puede ser que esté sofocado. La alternativa para salir de la repetición y la descomposición pasa por una redefinición del gobierno y, repito, de la relación gobernante-gobernado, que no puede limitarse a citas electorales. Yo he formulado un número de propuestas para poner en marcha comisiones públicas, convocar al desarrollo de agencias de vigilancia ciudadana, instaurar un consejo del funcionamiento democrático. Los ciudadanos lo esperan. En materia de vigilancia y alerta sobre la corrupción, por ejemplo, hay que saludar el trabajo que realiza Transparency International. La creación en 2013 de la Alta Autoridad para la transparencia, presidida por el excelente Jean Louis Nadal está en la buen a dirección. La nueva militancia está en esas cosas. ¿A quién se le ocurre actualmente afiliarse a un partido?

-Por otra parte, los partidos están casi ausentes en su libro…

-La definición clásica de partido dice que se trata de un grupo de ciudadanos unidos por convicciones comunes que procuran hacer emerger en la esfera pública. Pero ahora un partido político no es más un órgano que representa a la sociedad ante los poderes, a la inversa, se ha convertido en una correa de transmisión de los poderes sobre la sociedad. Por eso, las organizaciones militantes de mañana (incluso las de hoy) no son ya los partidos, sino eso que yo llamo las organizaciones de buen gobierno.

-En cierto modo, el outsider Jeremy Corbin superó desde dentro al aparato político laborista en Inglaterra.

-Las renovaciones políticas pueden existir. Es lo que trató de hacer Podemos en España colocando el acento en un cambio de la relación representantes-representados. Para volver a la cuestión del compromiso ciudadano, lo más probable esque se tramite no a través de una renovación de los partidos, sino fuera de ellos. Estamos al inicio de una revolución. Recordemos que perdimos más de un siglo y medio en digerir la democracia electoral representativa hasta convertirla en el centro de todas las cosas.

-¿En qué consiste esa segunda era de la democracia?

-Es la hora de la democracia de gobierno, la democracia de ejercicio. Hasta ahora lo esencial dela democracia ha consistido en reemplazar un rey hereditario por un soberano colectivo o individual electo. Ahora lo propio de la democracia debe ser poner en marcha un funcionamiento democrático. En ese sentido, estamos apenas en los primeros pasos. Más allá de los sondeos, las peticiones y aun de las elecciones, los ciudadanos quieren tener opinión, reclaman comprensión e inclusión de ellos mismos en debates quizás complejos, pero importantes. El centro de gravedad hoy es la relación gobernantes-gobernados. Escribí este libro para enfocar este asunto impensado y también para abrir un campo y, espero, una cantera.

Fuente: agendapolitica.com/5683-el-buen-gobierno-y-la-segunda-era-democratica-segun-pierre-rosanvallon.html

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