ISBN: 9789875002173

Formato: 368 págs. 14 x 21 cm.

Fecha Publicación: Noviembre 2015

Precio: $ 440,00 (U$S 25,88)

El buen gobierno

La construcción del buen gobierno

Rocío Annunziata, Clarín - Revista Ñ, 21/12/2015

Pierre Rosanvallon. El politólogo sostiene que el Poder Ejecutivo es el lugar de las decisiones y que se lo debe controlar para evitar el autoritarismo.

Invitado por el Centro Franco-Argentino de la UBA, la Editorial Manantial y el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, el historiador francés y profesor del Collège de France, Pierre Rosanvallon, estuvo presentando su último libro: El buen gobierno. En esta obra, que completa su trilogía reciente sobre las transformaciones de las democracias contemporáneas, propone ir más allá de una democracia de autorización –centrada en las elecciones– para revitalizar una democracia de ejercicio, en la que la acción cotidiana del gobierno conjugue transparencia, rendición de cuentas y escucha, y se exija a los gobernantes las cualidades de la veracidad y la integridad. 

–Su último libro parte de la constatación de la ausencia de una teoría democrática de la acción gubernamental. ¿Cuál es la diferencia entre el vínculo representantes-representados y el vínculo gobernantes-gobernados?

–Esta diferencia tiene que ver con la naturaleza del poder al que nos referimos. Toda la historia de la democracia ha estado organizada alrededor de la búsqueda un Parlamento que representara la sociedad, que se constituyera a la imagen de la sociedad. Poner en práctica la democracia directa aparecía como difícil en los grandes estados, y entonces era necesario instaurar un sistema que representara a la sociedad lo mejor posible. Podemos decir que todo el primer período de la historia de la democracia es el de la búsqueda de las buenas fórmulas de representación para evitar que los representantes estuvieran desconectados de los representados. Fue por eso que se intentaron fórmulas de limitación de la duración y acumulación de los mandatos, que se implementaron mecanismos de representación proporcional, que se experimentaron formas de representación más social –como ocurrió con el desarrollo de los partidos de clase en Europa–, que luego hacia fines del siglo XIX, se ensayaron elecciones primarias en Estados Unidos actualmente también implementadas en Europa, en América Latina y en otros países; y que más recientemente se organizó en diferentes países el principio de paridad, en vistas a la igualdad entre varones y mujeres en los cargos públicos. De manera que esta historia de la democracia ha sido la de la aspiración a producir un Parlamento a imagen de la sociedad. Pero el hecho es que hoy en día el rol de los Parlamentos no ha dejado de declinar. ¿Por qué? Simplemente porque la producción de la ley no es más el centro de la vida política; el centro de la vida política son, en cambio, las decisiones que hay que tomar en todos los campos; y es el Poder Ejecutivo el que constituye el órgano cotidiano de toma de decisiones. Tal es así que el término “Poder Ejecutivo” está ya desactualizado. Porque “ejecutivo” quería decir, en alguna medida, “poder secundario” (y cuando se inventó la expresión “poder ejecutivo” era con ese espíritu: un poder secundario con respecto al poder central que era la producción de la ley). Y poco a poco –la Primera Guerra Mundial marcó un giro irremediable en este sentido– se vio que la decisión adquiría más importancia que la norma. De este modo se produce un desplazamiento del centro de gravedad de la democracia: la democracia ya no es simplemente la organización del sistema de representación sino que deviene -o debe devenir porque todavía se trata de un terreno virgen- la organización del vínculo entre los ciudadanos y los gobernantes. 

–Justamente, como usted mostró en varios de sus libros, la “buena representación” ha sido el principal desafío de las democracias a lo largo de su historia. Y esta historia ha revelado siempre fracasos, desencantos, puesto que la voluntad general es un principio en tensión con la diversidad y heterogeneidad de las sociedades. Cree que, al orientarse hacia lo singular y lo particular, ¿sería más fácil de alcanzar el “buen gobierno” que la “buena representación”?

–Hoy en día tenemos también el sentimiento de la mala representación. Sobrevive el sentimiento de que el mundo político está desconectado de la sociedad y, sobre todo, que no conoce y no comprende a la sociedad. En la representación hay una dimensión cognitiva, es decir: busca dar, de alguna manera, una imagen de lo que es la sociedad… Lo que sucede es que hoy dar una imagen de la sociedad no puede ya pasar simplemente por el procedimiento de delegación o de elección. La sociedad ha cambiado de naturaleza: hemos entrado realmente en una sociedad de individuos, definida por dos elementos en tensión: las condiciones sociales (determinadas por el capital económico, cultural, la profesión, el patrimonio), pero al mismo tiempo por lo que podemos llamar las “situaciones” sociales. La sociedad está cada vez más definida por los acontecimientos que estructuran la vida de los individuos: el problema no es sólo saber si somos un obrero o si somos un eminente científico sino también cuáles son los acontecimientos o eventos personales a los cuales nos hemos enfrentado, un drama familiar o el éxito en un examen… Y, entonces, representar la sociedad no es simplemente representar las condiciones sociales, sino también contar la historia de la sociedad, en sus pruebas y sus transformaciones. En algún momento se pudo pensar que la representación de las condiciones sociales idealmente sería cumplida a través del proceso electoral, y de ahí la búsqueda de todos los arreglos institucionales que permitían ir en esa dirección. Pero representar las situaciones sociales es otra cosa; para eso lo que hace falta, en primer lugar, es una democracia narrativa y no simplemente una democracia representativa. Me parece que esto es muy importante como un nuevo camino para responder a la mala representación. No se puede lograr sólo a través de instituciones públicas, sino que también es precisa una acción por medio de la cual la sociedad haga oír su voz por sí misma, que la democracia se defina como la organización de “la voz del Pueblo”, y “la imagen del Pueblo”, además de cómo “los ojos del Pueblo”. En lo que hace a la representación, entonces, al lado de los procedimientos institucionales, es necesario que haya otras modalidades en las que tienen su papel las ciencias sociales, las novelas, las investigaciones, los testimonios individuales, todo lo que corresponde a lo que traté de desarrollar en la experiencia “narrar la vida”, con el libro-ensayo que definió su programa, el Parlamento de los Invisibles. Entonces, la cuestión de la mala representación subsiste. Es preciso seguir considerándola y al mismo tiempo encontrarle otras soluciones que no sean simplemente el perfeccionamiento de las elecciones. 
Pero, por otro lado, la cuestión del mal gobierno está presente, y lo está porque nunca ha sido verdaderamente formulada en tanto que tal. Se ha presupuesto históricamente, en algún sentido, que había una continuidad entre el momento electoral y el momento gubernamental, que los programas más tarde se transformaban en políticas. Y esto es cada vez menos cierto. Entonces, por el hecho de que los programas no se transforman más en políticas, tenemos la constitución de una suerte de “hemiplejia democrática”, porque existe una ruptura de la temporalidad. La democracia organiza el tiempo electoral, pero no organiza el tiempo gubernamental. Para tomar una imagen metafórica: podemos decir que las elecciones dan a un grupo un “permiso de gobernar”, pero que este permiso de gobernar no está vinculado a un “código de gobierno”, mientras que cuando tenemos un “permiso de conducir” debemos seguir el “código de tránsito”. Hoy en día, hacer entrar el poder que llamo “gubernamental” –más que “ejecutivo”– en la democracia es eso, en el fondo: es definir un código del buen gobierno, del gobierno democrático. 

–¿Diría que la personalización de la política tiene la ventaja de hacer más evidente la imputación, la identificación de los responsables, o que habría que volver al ideal de una política despersonalizada?

–Usted subraya una cuestión muy importante; el ideal democrático es un ideal de impersonalidad, porque se definió como alternativa a las formas del gobierno hereditario, se impuso como alternativa a la dominación de un poder personal. La democracia es la resistencia al poder personal. Pero esta resistencia estaba totalmente justificada cuando se trataba de poner en marcha un Parlamento. ¿Por qué el Poder Ejecutivo deviene inevitablemente personal? El Poder Ejecutivo tiene una dimensión personal por el hecho de la responsabilidad, una asamblea no es nunca responsable. La responsabilidad presupone que se puedan imputar las acciones a una persona, y es por eso que su elección por medio del voto es central. Ahora bien, es una visión muy limitada pensar que la personalización ha sido el producto de la mediatización; por supuesto que la mediatización produce efectos de visibilidad, refuerza la personalización, pero ésta tiene raíces funcionales y políticas antes que mediáticas. 
No hay que olvidar, por supuesto, que esta personalización tiene como contrapartida algunos peligros: el poder autoritario, la pretensión populista de que este poder tenga la capacidad de encarnar por sí solo la sociedad. Por eso, la elección del Poder Ejecutivo es ineludible, pero si la democracia se limitara a esta elección, sería extremadamente frágil y podría muy fácilmente volverse un poder autoritario. El mundo está hoy en día repleto, justamente, de ejemplos de democracias autoritarias: democracias en el sentido técnico del término, en las que el presidente es electo por sufragio universal, pero cuyo comportamiento es el de una apropiación personal del poder. Cerca de Europa es lo que vemos en el caso de Rusia con Putin, o de Turquía con Erdogan. Entonces este no es un peligro que sea actualmente secundario, ha producido efectos en todos lados. Hay una gran urgencia en este sentido y este es un desafío universal: no es un problema de nivel de desarrollo de los países, no es un problema de la antigüedad o juventud de las democracias. Fue el gran error, la gran ilusión y quizá incluso la equivocación central de los norteamericanos: creer que extender o difundir la democracia era simplemente poner en marcha elecciones competitivas, como fue el caso especialmente en Afganistán y luego en Iraq, en donde se implementaron democracias hemipléjicas; en países donde la sociedad civil era débil, esta limitación de la democracia al momento electoral produjo efectos absolutamente catastróficos. 

–¿A veces los ciudadanos esperamos mucho de las promesas de campaña?

–La estructura misma de la competencia electoral da una importancia muy fuerte a las promesas. Los ciudadanos son muy ambiguos porque quieren un compromiso sincero y serio y en esto critican la demagogia, pero al mismo tiempo aman las promesas, porque las promesas abren el horizonte, permiten respirar, si se puede decir así. Y entonces, la cuestión de las promesas es central en la vida democrática, pero su tratamiento no se puede hacer de manera autoritaria. No es posible tener una autoridad de “control de las promesas”, como tampoco del “hablar veraz” de los gobernantes, porque entonces estaríamos en el mundo de Orwell, en 1984. Se intentó hacer eso durante la Revolución Francesa; se escribió mucho sobre este tema porque existía la sensación de que toda una parte de la vida política estaba parasitada por el hecho de que no dábamos el mismo sentido a las palabras, y en un momento entonces la Convención Nacional publicó un decreto sobre la buena definición de la palabra “Pueblo”; y Condorcet publicó con Sieyès, por ejemplo, un diario de instrucción social en el que trataron de definir las palabras claves de la lengua política para que todos tuvieran un lenguaje común. Yo diría que el hecho de que el lenguaje no sea común forma parte justamente de la vida política y en esta diferencia descansa el debate político mismo.
Hace falta que los políticos hablen francamente pero también que haya gobernantes que no piensen en primer lugar en sus ventajas particulares, y la corrupción es la ventaja particular más manifiesta en el ámbito de la política; es por eso que el control de la corrupción me parece algo totalmente decisivo para la vitalidad democrática. Porque la ausencia de la vitalidad democrática resulta de la desconfianza hacia los gobernantes, pero esta desconfianza tiene muchos efectos sobre la eficacia de los mismos gobernantes, ya que una sociedad que no cree en la sensibilidad, en la objetividad, en la honestidad de los gobiernos, es también una sociedad que se encierra, que se vuelve muy reticente a la reforma, que no toma al gobierno como un aliado salvo cuando hace redistribución…

–Usted propone incluso pensar la corrupción como un delito de lesa-democracia… 

–Sí. Ha habido en algunos países formas de reconocimiento de delitos de este tipo, afrentas al bien público o a la moral pública y que eran castigados, no simplemente con procesos penales, sino también a través de sanciones simbólicas. En Francia luego de la guerra, en la que hubo muchos colaboracionistas, se puso en marcha una pena de indignidad nacional. Pienso que un político que se ha probado que ha sido corrupto, no solo no debería nunca ser autorizado a presentarse de nuevo a una elección, sino que podría tener una pena de indignidad nacional pronunciada solemnemente.
 
–Volviendo a la transparencia, ¿cómo conjugar el “derecho a saber” de los ciudadanos, con el exceso de información que circula, que recibimos y producimos, especialmente a partir del desarrollo de las nuevas tecnologías? 

–Hoy en día, efectivamente, podemos tener la sensación de una sobreinformación. Esto implica también que es precisa la organización de filtros, la organización de nudos de interpretación; después de todo, es una función que juega la prensa, recibe los flujos de información y la jerarquiza, la condensa. Internet es el lugar, diría, de la información absoluta. Pero si se transmiten los 50.000 documentos de la NSA, no es el ciudadano común el que va a poder tratarlos; si está apasionado por un tema, por ejemplo, sí podría intentar en ese tema, pero no en todos. Esto da un gran rol en la democracia a aquellos que son, de manera abierta, los centros de separación y filtrado de la información, y que permiten pasar de la simple información a la legibilidad, es decir, volver comprensibles las sociedades. 

–¿Y cómo evitar la “ideología de la transparencia” sobre la que advirtió en libros anteriores? 

–La transparencia y la apertura –que se engloban actualmente bajo la categoría en boga de “gobierno abierto”– son condiciones de la eficacia de un gobierno. No sería así si no fuera porque la opacidad produce dramáticamente la sospecha; incluso cuando la opacidad no es culpable, hace nacer los fantasmas, las visiones complotistas y de manipulación. 
Hay que tener presente que el término “transparencia” es necesario, es inmediatamente elocuente, pero engloba definiciones muy diversas. Puede ser una utopía: la que consiste en decir que todos se comportarán bien si actúan de manera desnuda, a los ojos de todo el mundo; es la utopía de Rousseau. La transparencia puede ser una ideología, si pensamos que por sí sola va a solucionar todas las cuestiones. O puede otro tipo de utopía, si imaginamos una sociedad en la que todas las informaciones disponibles pueden ser tratadas por cualquiera. Es preciso, más bien, pensar la transparencia como prácticas de transparencia, y no como una ideología o utopía. 

–¿Cree que las revocatorias de mandato, que se han expandido especialmente a nivel de los gobiernos locales en América Latina, son actualmente buenos instrumentos para el control democrático de los gobernantes? 

–Las revocatorias se sitúan completamente en el terreno electoral. ¿Qué significa una revocatoria? Precipitar una elección. En este sentido se sitúan en el campo del ordenamiento del procedimiento electoral; suponen, de manera simple, que en algunos casos reduce la duración de mandatos. No me opongo en el principio, pero pienso que no debe ser la respuesta general, porque ésta no vamos a encontrarla en el terreno electoral, justamente. Se puede sancionar a alguien porque gobernó mal una ciudad, pero para evitar que gobierne mal la ciudad habría sido muy importante que hubiera reglas de encuadramiento de su acción; no hay que esperar de la revocatoria que resuelva todas las deficiencias que se podrían solucionar de otra manera. Yo diría entonces: sí a las revocatorias, pero hay que estar atentos a que las revocatorias no sean la única respuesta que se aporte al mal gobierno.

–Retomando algo que comentaba más arriba, ¿piensa que la separación entre los ciudadanos y el mundo político es nueva o que simplemente se vuelve en el presente más visible? 

–No creo que sea sólo una cuestión de mayor visibilidad. Creo que hay una transformación real de este vínculo entre los ciudadanos y el mundo político. Ha habido durante toda la historia de las democracias, de manera diferente según los países, representación de grupos sociales a través de los partidos políticos. Hoy en día, los partidos no tienen ya esta función de representación social por varias razones. Primero porque la sociedad cambió de naturaleza y representar los obreros ya no es suficiente, hay que representar también justamente las pruebas y experiencias por las que pasan en sus vidas, como decíamos antes. En segundo lugar, los partidos políticos se profesionalizaron ampliamente volviendo a ser máquinas políticas. Habían sido criticados a fines del siglo XIX por ser máquinas políticas, pero hoy en día hay un retorno de los partidos-máquinas y esto aumenta la distancia con respecto a la sociedad. Esto incluso desvitaliza el procedimiento democrático de la elección, es un elemento de lo que llamaría el declive de la performance democrática de las elecciones. La funcionalidad técnica de las elecciones continúa presente –elegir–, pero su performance democrática ha declinado.

–Los políticos hablan mucho del desafío de la “gobernabilidad”, ¿qué lugar le otorgaría a esta noción en una teoría democrática del gobierno?

–Podría parecer que la noción de gobernabilidad es cercana a la de buen gobierno, pero en la mayoría de los casos, esta noción es aprehendida desde el punto de vista de los gobernantes, y por eso no está en la perspectiva de una visión democrática. Aunque puede haber elementos de superposición, ligados a los procesos que sean condiciones de la eficacia de un gobierno, el problema desde el punto de vista democrático es cómo son socialmente apropiados estos procesos.

–El buen gobierno descansa más sobre las conductas y cualidades que sobre las instituciones, ¿la “democracia de ejercicio” exige por ello un rol muy activo de parte de los ciudadanos? 

–Ciertamente, pero exige dos cosas paralelas. Exige una organización ciudadana muy activa: conduce a hacer renacer una definición del “ciudadano activo”. Las instituciones también son necesarias. Hay que pensar en términos de una multiplicación de las instituciones democráticas; los Parlamentos tienen su rol en una redefinición de su interacción con el gobierno, también las instituciones públicas exteriores e independientes de control, pero además las organizaciones ciudadanas deben jugar su rol. Las organizaciones ciudadanas fundamentales de la primera era de la democracia eran los partidos, porque éstos organizaban el vínculo entre el poder y la sociedad. Hoy en día es una nueva generación de organizaciones cívicas y democráticas la que hay que poner en marcha. Lo que, una vez más, demuestra que la democracia progresa complicándose, complejizándose y no simplificándose.

Rocío Annunziata es profesora de la UBA e Investigadora del Conicet.

Fuente: www.revistaenie.clarin.com/ideas/Pierre-Rosanvallon-construccion-buen-gobierno_0_1488451191.html

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