ISBN: 9788425432545

Formato: 80 págs. 12 x 20 cm.

Fecha Publicación: Abril 2014

Precio: $ 200,00 (U$S 11,76)

La agonía del Eros

La era del deseo transparente

Héctor Pavón, Clarín - Revista Ñ, 09/06/2016

Cuerpo y psicoanálisis. El goce de la exhibición a través de las pantallas está transformando el erotismo. Playboy retiró los desnudos de su tapa: en la web está todo; Tinder es un catálogo humano. Sólo hay que clickear.

"El cuerpo se encuentra hoy en crisis”. Este diagnóstico que nada tiene que ver con la medicina es del filósofo coreano alemán Byung Chul-Han, que no suele frecuentar la escena pública y que se mantiene alejado de los medios de comunicación. Y la preocupación, la inquietud, la curiosidad es compartida ampliamente desde geografías diversas. Hay un soporte común que cruza y une el horizonte de los cuerpos: las pantallas. La imagen allí representada ha transformado para siempre la concepción definida de lo que era un cuerpo para presentarlo hoy con un interrogante. La intimidad de los cuerpos ya no es tal, es espectáculo voluntario o no; está allí, habla sin ser preguntado; y viene a decir que las reglas del erotismo deben ser reescritas y las de la comunicación, reiniciadas.
Experiencias y situaciones que atraviesan generaciones distintas son las que provocan este llamado de atención donde se cruzan tecnología, filosofía, antropología y psicoanálisis.
El cuerpo, la relación con su entorno y con la mente, el alma, la psiquis son tema de análisis hoy en la academia del diván. El tema del X Congreso de la Asociación Mundial de Psicoanálisis realizado recientemente en Río de Janeiro tuvo como lema “El cuerpo hablante”. “¿Cómo no nos íbamos a formar, por ejemplo, la idea de una ruptura, si Freud inventó el psicoanálisis, por así decir, bajo la égida de la reina Victoria, parangón de la represión de la sexualidad, mientras que el siglo XXI conoce la difusión masiva de lo que se llama el porno y que es el coito exhibido, convertido en espectáculo, show accesible para cada cual en Internet con un simple click de mouse?”, señaló el psicoanalista Jacques Alain Miller en la presentación del Congreso. Y allí agregó: “De Victoria al porno, no sólo hemos pasado de la interdicción al permiso, sino a la incitación, a la intrusión, a la provocación, al forzamiento. El porno, ¿qué es sino un fantasma filmado con la variedad apropiada para satisfacer los apetitos perversos en su diversidad? No hay mejor muestra de la ausencia de relación sexual en lo real que la profusión imaginaria del cuerpo entregado a darse y a engancharse”.
Ese espectáculo, ese show accesible para todo aquel conectado digital es el que ha puesto al cuerpo, a los cuerpos, al alcance de todos pero a través de todo tipo de soportes. El diálogo encontró en el brillo de las pantallas la posibilidad de fluir. Es que del otro lado hay una corporización permanente y –afortunadamente– a la distancia. Basta ver cómo esto le ha servido al capitalismo empresarial para resolver las reuniones de ejecutivos en tiempo y tamaño reales desde sus hogares o desde un hotel en Miami. O también, gracias a las imágenes que transmiten los drones, liquidar a un grupo de enemigos del Pentágono con un simple click y generar caras de asombro en las oficinas donde se toman las decisiones.
En este contexto emerge casi de modo grotesco la figura del hikikomori, una especie de ciudadano del futuro –ya hecho presente–. Son jóvenes varones japoneses, que se encierran en una habitación de la casa de sus padres durante años, apenas tienen amigos y viven en sus habitaciones pendientes de todas las pantallas posibles. Pero ese panorama de cuerpos encerrados ya no es exclusivo de Japón, también se da en urbes como las de nuestro país, donde muchos preadolescentes arman su comunidad virtual en torno a juegos, videos y cine en la PC, plataformas, televisores y celulares. Son cuerpos ligados íntimamente a las pantallas. Adheridos. En muchos casos se da una sociabilización virtual que explora los bordes de las redes sociales.
El disfrute a la distancia es mayor que el de los cuerpos que se acercan. El roce no es fundamental. Un caso: un grupo de chicos de once años se despide de forma apresurada de un cumpleaños. Luego, cada uno en su casa se conecta y juega al Agar.io en red. Ahora los amigos se reencuentran, se hablan por Skype, se gritan pero nadie palmea a nadie.
Este juego tiene particularidades interesantes. El jugador empieza con una célula pequeña y tiene como objetivo crecer lo más posible. Para lograrlo debe mover su célula por el mapa para comer los pequeños puntos de colores que elevan su masa además de tragar otras células al colocarse directamente sobre ellas y evitar ser presa de otras mayores. El juego no es sólo para chicos, muchos adultos lo disfrutan al infinito, como Frank Underwood y su oponente político Will Conway en House of cards. La metáfora del poder también se dirime en una pantalla.

Eros en clave digital

El erotismo también se está repensando y el mercado toma nota. Muy pionera fue la actitud de la revista Playboy que decidió quitar los desnudos de su tapa. La guardavida de Baywatch Pamela Anderson fue la última en salir sin ropas en un número que fue casi una despedida del clásico erotismo para hombres en papel a color. “El ciclo que se traza entre el primer y el último desnudo no es sólo la historia corporativa de una revista, sino un auténtico archivo documental sobre las transformaciones sexoafectivas de las últimas décadas: mostrar un pezón era un gesto sin dudas osado en los años cincuenta; en el siglo veintiuno la osadía pareciera consistir en ejercer el derecho a no mirar”, explica Florencia Angilletta, investigadora del Conicet. Scott Flanders, director ejecutivo de Playboy, declaró al diario New York Times: “Ahora cualquiera está a sólo un click de todo acto sexual imaginable de manera gratuita”. Según Angilletta, Internet transformó el erotismo, lo diversificó y también lo puso contra sus propias cuerdas en un proceso complejo, que dialoga con el fenómeno de la “pornificación de la cultura”, como lo ha definido la socióloga Eva Illouz. Entre otras posibilidades, puede señalarse la pornografía amateur como la que millones de personas –provistas de una cámara digital– han filmado sus propios contenidos. En consecuencia Playboy ya no muestra chicas desnudas. Y hubo más decisiones similares: el calendario Pirelli suplantó sus clásicas imágenes de modelos desnudas o semidesnudas por las de mujeres destacadas públicamente, como Patti Smith o Serena Williams. Por otra parte, el concurso Miss Mundo ha dejado de incluir, dentro de su menú principal, el esperado desfile de las candidatas en traje de baño. El erotismo ya no es lo que era.
Según Eva Illouz hoy Internet contribuye a “la posición del individuo moderno como sujeto deseante que anhela ciertas experiencias, fantasea con diversos objetos o estilos de vida y vive en un universo imaginario o virtual”. Ella sostiene que el sujeto de hoy percibe cada vez más sus deseos y sentimientos de manera imaginaria a través de mercancías y de las imágenes que traen los medios al propio hogar. Su imaginación hoy está determinada por el mercado, el consumo y la cultura de masas, concluye.
Pero, tal vez, el proceso histórico que provocó la estrecha relación entre cuerpo y pantalla haya sido la forma de “modificar el estado de insatisfacción estructural, característica del sujeto de la modernidad”, señala Marcelo Mazzuca, psicoanalista, docente e investigador de la UBA. En cada interacción virtual se pone en suspenso la fisura insondable entre el yo y el mundo exterior. No está de más recordar que, de las tres fuentes de sufrimiento que Freud identificaba en El malestar en la cultura, era la relación con los demás –la distancia intersubjetiva como brecha constitutiva– la única imposible de cancelar. Continúa Mazzuca: “La función del tóxico (o de la pantalla adictiva) es la de enlazar el cuerpo pulsional y sexuado con la realidad que lo une a otro sujeto”, aunque ésta sea del orden de la fantasía. La ficción de “comunicación total” podría aliviar la ansiedad que provoca el vacío, al tiempo que estimula, en estas interacciones permanentes, la imposibilidad de desconexión.
Es a esos enlaces adonde apunta Tinder, la red social de contactos que permite a los usuarios comunicarse con otras personas en base a sus preferencias para charlar y concretar citas amorosas, sexuales. La antropóloga Paula Sibilia analiza la red y establece un anclaje con estos tiempos: “¿Por qué estar sujetos al azar, yendo una noche a un bar para conocer a alguien, cuando tenés la posibilidad de disponer de un catálogo completo? Como nos pasa con las vacaciones, o al comprar ropa o un auto. Es un modelo de acceso al otro que copia el modelo de mercado, o de supermercado. Y tenés todo lo posible, no como cuando comprás en un lugar y quizás el producto no existe o se acabó. No me sorprende que el modelo de mercado, al internalizarse y generalizarse tanto en cada uno de nosotros, haya llegado también al plano del deseo”. De todos modos, y aunque se anulen instancias, todavía queda un margen para la seducción. Para una segunda cita por lo menos.
La psicoanalista Silvia Ons nos recuerda que Mark Zuckerberg, el fundador de Facebook, dijo: “Hay que romper el lazo entre el secreto y lo íntimo, porque ese lazo es una herencia obsoleta del pasado”. Y que también Eric Schmidt, gerente general de Google, señaló: “La preocupación por preservar su vida privada ya no era de todos modos una realidad más que para los criminales”. Quienes gobiernan la Web profetizan con frialdad el devenir inmediato como el de la “era de la transparencia”, según Ons.

Del cuerpo al cadáver

Y ante el momento de duda, de transformación de la mirada erótica, hay placeres donde la perversión se enfoca en la tragedia, en la muerte, el horror que anestesia. Imágenes de cuerpos descabezados; cabezas que ruedan en una pista de baile mexicana luego de una balacera narco. La sociedad mexicana se acostumbró a estas imágenes en televisión, diarios, revistas, y también en persona, de cadáveres cortados, despedazados. Horror cotidiano, pérdida de la capacidad de asombro. En los últimos años la guerra entre los carteles de la droga, cada vez más fortalecidos, ha generado esta violencia desmedida: las cabezas devinieron símbolos de muerte y muerte en sí misma. Lo mismo ocurre con los cuerpos de los migrantes que se ahogan en el Mediterráneo y terminan arrojados en las playas europeas o africanas según como funcione la marea. Son cuerpos que forman parte de una exposición mediática con un rating deslumbrante. Algo de ellos nos aterra, nos importa y también nos seduce. De ese modo, estos pedazos o cuerpos estáticos circulan como mercancías. Fueron el envase de migrantes, refugiados, víctimas del narcotráfico, delincuentes buscados, personas secuestradas o desaparecidas. El terror también aumenta las audiencias para ver esos cuerpos quietos, no peligrosos, parias lejanos de nuestros hogares. Tanta fascinación por el espectáculo de la violencia también alimenta la pregunta sobre qué es lo erótico hoy.
Byung Chul-Han en La agonía del eros sostiene que “el neoliberalismo lleva a cabo una despolitización de la sociedad, y en ello desempeña una función importante la sustitución del eros por sexualidad y pornografía. Se basa en el deseo. En una sociedad del cansancio con sujetos del rendimiento aislados en sí mismos, también se atrofia por completo la valentía. Se hace imposible una acción común, un nosotros”. En la era de los deseos expuestos, las preguntas por el goce no logran una respuesta satisfactoria. Pero el cuerpo –afortunadamente– habla.

Fuente: www.revistaenie.clarin.com/ideas/deseo-transparente-cuerpo_0_1589241201.html

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