ISBN: 9789875001794

Formato: 272 págs. 14 x 22 cm.

Fecha Publicación: Marzo 2014

Precio: $ 350,00 (U$S 20,59)

Pueblos expuestos, pueblos figurantes

1. Parcelas de humanidades. Esperar ver a un hombre

<p>Los pueblos están <em>expuestos</em>. Nos gustaría mucho que, apoyados en la “era de los medios”, esta proposición quisiera decir: los pueblos son hoy más visibles unos para otros de lo que nunca lo fueron. ¿No son ellos el objeto de todos los documentales, todos los turismos, todos los mercados comerciales, todas las telerrealidades posibles e imaginables? También nos gustaría poder significar con esta frase que los pueblos están hoy, gracias a la “victoria de las democracias”, mejor “representados” que antes. Y sin embargo, solo se trata de exactamente lo contrario, ni más ni menos: los pueblos están <em>expuestos</em> por el hecho de estar amenazados, justamente, en su representación –política, estética– e incluso, como sucede con demasiada frecuencia, en su existencia misma. Los pueblos están siempre <em>expuestos a desaparecer</em>. ¿Qué hacer, qué pensar en ese estado de perpetua amenaza? ¿Cómo hacer para que los pueblos se expongan a sí mismos y no a su desaparición? ¿Para que aparezcan y cobren figura?</p> <p>Aparecer: ser –nacer o renacer– bajo la mirada de otro. “Ser un hombre”, sugería Primo Levi en las últimas palabras de su relato sobre Auschwitz, acaso equivalga simplemente a poder <em>esperar ver a un hombre</em>, otro hombre, un amigo: esperar “volver a verlo algún día”, para que reaparezca otro día, un día más: “Y espero volver a verlo algún día”. Como si se introdujera, resumida en lo extremo de esa <em>expectativa</em>, la posibilidad misma de hacer un pueblo. Que los pueblos estén expuestos a desaparecer y que en ellos resista, persista pese a todo la voluntad de reaparecer, de volver a su figura –como diríamos, de un hombre en peligro de ahogarse, que vuelve a la superficie–, es lo que Maurice Blanchot habría querido llamar la “abrumadora responsabilidad” de cada hombre enfrentado a la desastrosa historicidad de la totalidad de la especie humana:</p> <p> </p> <p>Que el hombre pueda ser destruido no es, por cierto, algo tranquilizador; pero que, a pesar de ello y a causa de ello, en ese movimiento mismo, el hombre siga siendo lo indestructible: eso es lo verdaderamente abrumador, porque ya no tenemos posibilidad alguna de vernos jamás desembarazados de nosotros mismos, ni de nuestra responsabilidad.</p> <p> </p> <p>Aun cuando los pueblos estén expuestos a desaparecer, aun cuando nos demos cuenta, frente a la historia, de que “no hay límite a la destrucción del hombre”, no tendríamos que dejar de asumir, pese a todo, la simple responsabilidad consistente en organizar nuestra espera para esperar ver –para <em>reconocer</em>– a un hombre. Y eso, a despecho de todo el pesimismo hacia el que la historia no cesa de llevarnos. En<em> La especie humana</em>, el gran libro de Robert Antelme, hay un momento paradigmático de ese drama, cuando el narrador, en una barraca del campo, busca a su amigo K. y no lo encuentra, sencillamente porque no tiene ya manera de reconocerlo por mucho que yazga allí, bajo sus ojos. Sencillamente porque la máquina de destrucción concentracionaria ha logrado hacer desaparecer a K. a los ojos de sus propios amigos, la manera final de hacerle <em>perder la figura</em> –como se dice de alguien que efectivamente se ha ahogado, que ha terminado por perder pie–, hacerle perder la cara.</p> <p>En un comentario de ese episodio, Jean-Pierre Faye vio el momento extremo del relato de Antelme, aquel, tal vez, en que “culmina la descripción del enorme aparato de destrucción que el imperio de las SS construyó en el círculo del odio”.5 Pero la existencia misma de ese relato, con la comunidad de lectores que suscitó y no deja de recrear, por contactos sucesivos “boca a boca”, muestra también que el episodio, al contarse de esta manera, habría de terminar por romper el aislamiento producido en K. por su terrible desaparición: al devolverle la figura –una figura escrita– a los ojos de  os otros, de nosotros, de todos nosotros, y reintegrarlo, en consecuencia, a los pueblos de la “especie humana”. Hay en ello una dignidad devuelta –allende la vida, allende la muerte–, una “presencia que ningún poder, aunque sea el más formidable, podrá alcanzar salvo al precio de suprimirla, y es ella la que contiene, por sí misma y como afirmación final, lo que Robert Antelme llama <em>sentimiento último de pertenencia a la especie</em>”.</p> <p>¿Cómo organizar entonces, cuando los pueblos están expuestos a desaparecer, nuestra espera para <em>esperar ver a un hombre</em>? Sobre la base del testimonio de Antelme, Maurice Blanchot responde dos cosas, dos cosas que se corresponden en cuanto la una no va sin la otra: ante todo, “hacer justicia a la palabra”, en la gravedad del “poder hablar a partir de lo imposible”; a continuación, hacer justicia a la mirada en la gravedad de una semejanza humana sacada de la desaparición misma, de modo que “el ‘antropomorfismo’ sea el último eco de la verdad, cuando todo deja de ser cierto”. Esperar ver a un hombre sería pues volver a poner en juego la necesidad de un <em>reconocimiento del otro</em>, lo cual supone reconocerlo a la vez como semejante y como hablante.</p> <p>En esas condiciones, ¿cómo sorprenderse de que el propio Antelme, al presentar su relato –en 1947 y bajo el signo, no del <em>yo</em>, sino del <em>nosotros</em>, no del autor, sino del pueblo–, haya enunciado la necesidad de una <em>palabra</em> ganada a la sofocación y la de una <em>imaginación</em> ganada al sentimiento de lo inimaginable? Antelme escribe:</p> <p> </p> <p>Durante los primeros días que siguieron a nuestro regreso fuimos presa –todos, creo– de un verdadero delirio. Queríamos hablar, que por fin nos escucharan. Nos dijeron que, por sí solo, nuestro aspecto físico era bastante elocuente. Pero acabábamos de volver, traíamos con nosotros nuestra memoria, nuestra experiencia bien viva, y sentíamos un deseo frenético de relatarla tal cual era. Y sin embargo, desde los primeros días nos pareció imposible llenar la distancia que descubríamos entre el lenguaje del que disponíamos y esa experiencia que, en el caso de la mayoría, aún proseguía en nuestro cuerpo. ¿Cómo resignarnos a no intentar explicar cómo habíamos llegado a eso? Allí estábamos, todavía. No obstante, era imposible. No bien empezábamos a contar, nos sofocábamos. Nosotros mismos encontrábamos <em>inimaginable</em> lo que habíamos empezado a decir. A continuación, esa desproporción entre la experiencia que habíamos vivido y el relato que era posible hacer de ella no hizo sino confirmarse. Sin duda estábamos, pues, frente a una de esas realidades de las que se dice que superan la imaginación. De ahora en más resultaba claro que, para tratar de decir algo de ella, solo podíamos hacerlo por elección, es decir, <em>una vez más, por la imaginación</em>.</p> <p> </p> <p>En un texto un poco más tardío –de 1952– también titulado “La especie humana”, Georges Bataille terminaría por sugerir que entre la “dignidad propia del hombre” y la indignidad que lo lleva a hacer desaparecer a sus semejantes –dicho esto como introducción a una antropología del racismo, en eco con la obra de Ruth Benedict, <em>Patterns of Culture</em> [<em>El hombre y la cultura</em>]–, se nos asigna finalmente una doble tarea: reconocer al semejante en el otro –en el momento mismo en que el otro nos parece más extraño y más extranjero–, a la vez que reconocemos lo desemejante en nosotros mismos como la “persistencia en el ser de una negación” imposible de contener en límite alguno. Como si el “esperar ver a un hombre” pudiera darse sin una interrogación cruel sobre la inhumanidad de aquello que, en la historia, “el hombre hace al hombre”. Cuestión de pensar el “principio esperanza” en su fragilidad de siempre, pero también, y <em>pese a todo</em>, en su necesidad de cada instante.</p>

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