ISBN: 9789875001756

Formato: 192 págs. 14 x 22 cm.

Fecha Publicación: Noviembre 2013

Precio: $ 260,00 (U$S 15,29)

Jacques el sofista

Lacan, logos y psicoanálisis

PRÓLOGO - "Muchas gracias por reconocerme"

                                                                               - Hola, ¿Lacan?
                                                                             
 - Por cierto que no.

 

¿Se acuerdan de lo que decía Lacan sobre agalma en la “Proposición del 9 de octubre de 1967”?

“Como todos esos casos particulares que hacen el milagro griego, este solo nos presenta cerrada la caja de Pandora. Abierta, es el psicoanálisis, que Alcibíades no necesitaba.”1

Quisiera presentar, a manera de prólogo, una caja de Pandora cerrada, Grecia de lejos: como les llega a los filólogos-filósofos, esos centauros cojos al estilo de Nietzsche. Ella, o mejor dicho sus textos, y sobre todo sus textos presocráticos, entre los que se cuentan los de los sofistas, llega a nosotros en fragmentos a través de lo que llaman “doxografía”, y a ustedes les tocará abrirla, aunque falten aún más cerrojos que llaves.

Esta cuestión de la relación entre transmisión de la Antigüedad por conducto de escuelas y textos, y transmisión del psicoanálisis, me fue planteada hace un tiempo por un amigo argentino ya fallecido, Ezequiel de Olaso, muy allegado a Borges.

Le respondí primero con una anécdota; como ya veremos, toda la doxografía rueda sobre anécdotas. Le conté en qué circunstancia Lacan –debió de ser hacia 1975– me pidió que le hablara de doxografía.

Un domingo a la mañana, Gloria me llama al campo. Me bajo del caballo jadeando y corro hasta el teléfono (teníamos entonces más de veinte caballos en nuestra casa de guardabosques, que criábamos profesionalmente). Gloria, la secretaria en general del gran médico en general, tipo de universal análogo al de las manzanas que comía Chirac, exergo de La querelle des Universaux de Alain de Libera:* “Me gustan las manzanas en general”.

Resulta que mi tío también era un gran médico, residente además al mismo tiempo que Lacan, y con él (la sala de guardia había, habría, dicen –phesin–, hecho comer a Lacan una placenta en salsa bien aderezada).

“Aguarde, el doctor va a hablarle.”
“Hola”, dijo el doctor, y yo: “¡Hola!, ¿cómo estás?”.
“Muchas gracias por reconocerme. Jaques Lacan.”

Jaques Lacan, a quien nunca había visto, y no Jacques Caroli.**

Cosa de indicar bajo qué signo misfit se inició mi relación con Lacan, y cómo se rozaron de entrada doxografía y psicoanálisis.

Supuse que algún analizante había hablado de mí en un diván peor que una almohada y del efecto que tenían mis lecciones particulares a esos analistas “supuestos saber” que querían aprender, realmente enloquecidos por el deseo de saber, filo-sofos tanto como sofo-filos, prendados del saber y entendidos en materia de amor.

Leíamos entonces en el texto no solo el Fedro de Platón, sino todo lo anterior que ni siquiera Lacan, como Freud, tenía en su bodega, y en primer lugar la Teogonía de Hesíodo, un texto a partir del cual, de incesto en emasculación del hijo por el padre, con Gea, la Tierra, cobijando a sus pequeños en sus entrañas para que Urano, el Cielo, no los devorara, y su hijo Cronos castrando a su padre cuyo esperma, al tocar el agua, hizo a Afrodita antes de que su hijo Zeus lo castrara a su vez, cualquier Edipo adquiría una fuerza muchísimo más cruda.

Era la época en que Lacan agitaba nudos borromeos sobre su escritorio, momento muy particular, largo momento en el que buscaba no hacer escuela, pues lo había hecho ya largo tiempo atrás, sino más bien averiguar qué hacer con ella, en lo que no dejó de indagar hasta la disolución y aún después.

Concurrí a la rue de Lille,*** regularmente, puntualmente, pongamos una mañana cada quince días durante larguísimos meses (si bien he olvidado fechas y horas, me acuerdo de la ropa que compré para ir a verlo).

Una mañana, sentado de espaldas a su escritorio y toqueteando sus nudos, me dijo: “Vaya a ver a Gloria”.

Con los ojos bien abiertos en dirección a su espalda, respondí: “¿Al final, va a pagarme?”.

Él se volvió, ilegible, sus ojos opacos o turbios bajo los vidrios de las gafas, y profirió: “¿Es usted realmente Stéphanie Gilot?”.

Fui a ver a Gloria, nadie le pagó a nadie.

Dije, o solo pensé lo bastante alto como para que no pudiera dejar de oírse: la historia ha llegado a su fin, asunto terminado porque termina como empezó, con un error sobre la persona. Gracias por reconocerme, Jaques Lacan/Es usted realmente Stéphanie Gilot, una doble y entusiasta equivocación que para empezar me pone en mi sitio, y para terminar me deja la oportunidad y la tarea de cerrar. Ella lo alivia todo. El error de la ida había liberado la posibilidad imprevisible de conocerlo y de ser propulsada a una posición de maestría destituida de entrada; tras un año de angustia creciente en el que un rincón de mi cabeza no paraba de sacarle filo y volver hacia él lo que podía tener que decir yo desde mi filología-filosofía de menos de treinta años, tan duramente compacta como frágil, el error de la vuelta asestaba el plaf de un final con todo el penacho del kairós. Era verdad, entonces: que él no escuchaba, que esperaba oír, que no entendía nada de mis textos escogidos ni de mis demostraciones e hipótesis. O peor. Pero qué extraña maníaca era yo entonces.

Ciertamente, al escribir esto hoy, pienso:

1. Que esto no dejó de determinar mi relación con el psicoanálisis. No vale la pena ir a ver a un analista, las adorables equivocaciones corrientes son totalmente eficaces.2

2. Que esto no dejó de determinar mi relación con la ciencia de los helenistas. La exposición de las doctrinas y los hallazgos, el conocimiento, son –que se joroben los peers, los despreciadores– ante todo un discurso.

Así pues, Lacan tenía curiosidad por aprender de las primeras grandes transmisiones cómo hacer pasar el psicoanálisis, y a él mismo a través de su escuela. Es inútil señalar que en francés “faire passer”, “hacer pasar”, quiere decir también abortar: abortar un hijo. Como si la serie de dispositivos teóricos y prácticos que él había instalado, todas sus mekhanai (maquinaciones, máquinas y artilugios), los Escritos, los seminarios, los matemas, la escuela, el pase, los cárteles, el Cardo, no bastaran. Él buscaba una caja de Pandora como la doxografía. Recuerdo la conclusión del Congreso sobre la transmisión, de junio de 1979:

"Mi proposición, la que instaura lo que llamamos el pase, por el que deposito mi confianza en algo que se llamaría la transmisión, si hubiese una transmisión del psicoanálisis. Tal como ahora lo pienso, el psicoanálisis es intransmisible. Cosa muy fastidiosa. Es muy fastidioso que cada psicoanalista esté obligado –puesto que es preciso que lo esté– a reinventar el psicoanálisis."

Era, pues, el momento en que Lacan necesitaba que le hablaran de doxografía.

Lo que sigue es, grosso modo, lo que le conté y que, sin duda con toda razón, lo durmió. Esta es la razón por la que pueden ustedes, si lo prefieren, pasar directamente a la segunda parte.

 

 

1. Jaques Lacan, “Proposition du 9 octobre 1967 sur le psychanalyste de l’école”, en Autres Écrits, París, Seuil, 2001, pág. 251 [“Proposición del 9 de octubre sobre el psicoanalista de la escuela”, en Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012, pág. 270].
* Alain de Libera, profesor francés de filosofía en la École Practique de Hautes Études, especialista en filosofía medieval (n. de t.).
** Importante gastroenterólogo francés, tío de la autora, descubridor de una enfermedad congénita del hígado (n. de t.).
*** El consultorio de Lacan estaba situado en el número 5 de la rue de Lille (n. de t.).
2. ““Ni siquiera sabemos si el inconsciente tiene un ser propio”, escribe Lacan”, dice J.-A. Miller (Jacques-Alain Miller, “Vie de Lacan”, La Cause freudienne, 2011, nº 79, pág. 320): “Y hasta llega a decir que él, cuanto más se lo interpreta, más es”. ¿Estaré diciendo que mi inconsciente “es” de veras bastante así?

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