ISBN: 9789875001763

Formato: 187 págs. 14 x 22 cm.

Fecha Publicación: Noviembre 2013

Precio: $ 216,00 (U$S 12,71)

Materialismos

Brasil diarrea

(Publicado originalmente en el libro Arte brasileira hoje, org. Ferreira Gullar, Río de Janeiro, Paz e Terra, 1973)

 

Lo que importa: la creación de un lenguaje: el destino de modernidad de Brasil pide la creación de ese lenguaje: las relaciones, degluciones, toda la fenomenología de ese proceso (incluso con los otros lenguajes internacionales) pide y exige (bajo pena de consumirse en un academicismo conservador) ese lenguaje: lo conceptual debería someterse al fenómeno vivo: el libertinaje, a lo “serio”: ¿quién osará enfrentar al surrealismo brasileño?

 

¿Quién soy yo para determinar cuál o cómo será ese lenguaje? ¿O será una nada (conservación-dilución)? Como fuere. La dilución está ahí – la convi-connivencia (típica enfermedad brasileña) parece consumir la mayor parte de las ideas – ¿ideas? Frágiles y perecederas ¿aspiraciones o ideas? Asumir una posición crítica: ¿la aspirina o la cura?

 

O el curro: del paternalismo, de la inhibición, de la culpa.

 

Estado de cosas actual: ¿por qué se necesita y se busca algo que “proteja y guíe” a la cultura brasileña? No ven que esa “cultura” ya es un concepto muerto.

 

Hoy en Brasil se cultiva el patrullaje institucional-cultural. Se cultivan las tradiciones y los hábitos (se habla de peligro + peligros, pero la mayoría corre un peligro mayor: el del estancamiento de ese proceso que parece sufrir retrocesos o borramientos en su desarrollo – estamos en la fase culminante de los borramientos: el pastiche retro-formal; por ejemplo: pintura, dibujo, grabado, escultura: no importa que se hagan o no: con eso o con el anuncio de que “no murieron” o la pregunta sobre si “¿murió o no murió?” etc. se busca desviar el problema, que consiste en adoptar una posición sumamente crítica, hacia un absoluto que no se aplica a este caso; todo con el propósito de defender las instituciones que se amparan en el concepto de las “artes plásticas” y sus tentáculos paternalistas: salones, bienales: principalmente la de San Pablo).

 

Estoy contra cualquier insinuación de un “proceso lineal”; a mi entender, los procesos son globales – una cosa es cierta: hay un “empobrecimiento” a nivel crítico que es indicio de esa indecisión-estancamiento – las potencialidades creativas son enormes, pero los esfuerzos parecen menguar justamente cuando se proponen posiciones radicales; posiciones radicales no es sinónimo de posiciones estéticas, sino de posicionamiento global vida-mundo – lenguaje – comportamiento. Decir que algo “llegó a su fin”, como por ejemplo la pintura (o como el propio proceso lineal que determina esa idea), es importante, pero eso no quiere decir que ya no hay nadie que la practique; decir que la pintura se acabó es asumir una posición crítica ante un hecho, es proponer un cambio: proponer un cambio es cambiar y no convivir con las comodidades paternalistas-burguesas ni con las comidillas de la “crítica de arte” brasileña.

 

El apuro por crear (otorgar una posición) en un contexto universal este lenguaje-Brasil es la voluntad de situar un problema que quedaría alienado si fuera “local” (los problemas locales no significan nada si se fragmentan al quedar expuestos a una problemática universal; son irrelevantes si se los sitúa sólo en relación a los intereses locales, con lo cual no quiero decir que deban excluirse esos intereses, sino todo lo contrario) – la urgencia de esa “colocación de valores” en un contexto universal es lo que realmente debe preocupar a aquellos que buscan una “salida” para el problema brasileño. Es un modo de formular y reformular los propios problemas locales, un modo de desalienarlos y reconducirlos a consecuencias eficaces. ¿Huir del consumo es, por casualidad, tener una posición objetiva? Claro que no. Es alienarse, o mejor dicho, buscar una solución ideal, extra – es mejor, sin duda, consumir el consumo como parte de ese lenguaje. Derribar las barreras que nos impiden ver “cómo es Brasil” en el mundo o cómo es “realmente” – dicen: “estamos siendo ‘invadidos’ por una ‘cultura extranjera’ (cultura o ‘hábitos extraños, música extraña’)” como si eso fuera un pecado o una culpa – el fenómeno es arrasado por un juicio ridículo, moralista-culposo: “No debemos abrirnos de piernas a la cópula mundial: nosotros somos puros” – ese pensamiento, de por sí inocuo, es el más paternalista y reaccionario que tenemos aquí y ahora. Un pretexto para parar, para defenderse – se mira demasiado hacia atrás – se practica un nostalgismo insensato – todos actúan como viudas portuguesas: siempre de luto, siempre carpiendo.

 

¡Basta de luto en Brasil!

 

Brasil y la “cultura brasileña” parecieran aspirar a una forma imperialista “paterno-cultural”.

 

Mientras que lo que realmente nos llevaría a un nivel universal debería ser (lo cual no quiere decir que vaya a serlo) algo sustentado en un experimentalismo común a los países jóvenes, cosa que tendría mucho más sentido dentro de un mapa global definido.

 

Pero parece que las posiciones dentro de ese mapa global se desvanecieron casi por completo (salvo, por supuesto, en el caso de algunos individuos: una minoría absoluta que persiste en una práctica creativa experimental): lo que hoy florece en Brasil es la falta total de carácter – y no me refiero solamente a la “cultura” y el “contexto cultural”; ese concepto limita y rebaja todo; quiero referirme a un asunto global, que involucra un contexto mayor de acción (incluso su costado ético-políticosocial), de donde surgen las necesidades creativas: particularmente, a los “hábitos” inherentes a la sociedad brasileña: el cinismo, la hipocresía y la ignorancia se concentran en eso que llamé conni-convivencia: todos “se someten”, aspiran a una “pureza abstracta” – son culpables y esperan el castigo – lo desean. Que se vayan al diablo.

 

Hay que entender que una posición crítica implica, inevitablemente, ambivalencias; estar dispuesto a juzgar, a juzgarse, a optar, a crear, es estar abierto a las ambivalencias, ya que los valores absolutos tienden a castrar cualquiera de esas libertades; incluso diré que pensar en términos absolutos es caer en el error constantemente – envejecer fatalmente; establecerse en una posición conservadora (conformismos, paternalismos, etc.); lo cual no significa que no se deba optar con firmeza: la dificultad de una opción fuerte es asumir las ambivalencias y desmenuzar cada problema. Asumir ambivalencias no quiere decir aceptar de manera conformista todo ese estado de cosas; por el contrario, se aspira a ponerlo en cuestión. He ahí la cuestión.

 

La cuestión brasileña es tener carácter; esto es, entender y asumir todo ese fenómeno, sin excluir nada de esa “puesta en cuestión”: la multivalencia de los elementos “culturales” inmediatos, desde los más superficiales hasta los más profundos (ambos esenciales); reconocer que para superar una condición provinciana estancada es necesario entender esos términos universalmente; es decir que deben plantearse preguntas esenciales al fenómeno constructivo de Brasil como un todo, en el mundo, con todo lo que eso pueda significar e involucrar. Nuestros movimientos afirmativos parecieran definirse, en el momento de llevarse a cabo, como una cultura de exportación: anular la condición colonialista es asumir y deglutir los valores positivos otorgados por esa condición y no evitarlos como si se tratara de un espejismo (lo que contribuiría a la permanencia de la condición provinciana); asumir y deglutir la superficialidad y la movilidad de esa “cultura” es dar un gran paso adelante – construir; a diferencia de una posición conformista, siempre basada en valores generales absolutos, la posición constructiva surge de una ambivalencia crítica.

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