ISBN: 9789875001725

Formato: 192 págs. 14 x 22 cm.

Fecha Publicación: Julio 2013

Precio: $ 200,00 (U$S 11,76)

El método documental

A la manera de - Malditos marginales herejes (1977)

A la manera de

por Bárbara Belloc

 

Ana Cristina Cesar, Ana Cristina, Ana C.: poeta-estrella de su generación, de vida breve, intensa, veloz y fructífera, y larga fuerza gravitatoria en la vida de los otros y en su lengua, la poesía, la traducción, los modos compositivos y las estrategias de combinación y superposición de información, literatura, oralidad, escritura, relectura, testimonio, experiencia, educación sentimental. Con nombre (¿por qué no?) de asteroide y con la energía de un planeta nuevo. O incluso: Ana C. como un big bang, el principio generativo de un estilo/ universo de escritura omnívoro y ubicuo –¿qué del diario íntimo, qué de la correspondencia, qué  de la poesía y qué de la investigación teórica, y cuándo cada cosa en sí y en relación con todo lo demás?–, cuyo reflejo o efecto en la lectura funciona como un pase mágico, del tipo ahora ven esto; ahora ya no lo ven. Ana Cristina Cesar, la princesa oculta tras unos enormes anteojos oscuros, la autora de textos que convierten a sus lectores en magos.

Raro caso de erudita iniciada en una sociedad y una época antiintelectuales, y así también animal en peligro, buscando refugio y encontrándolo en una tarea continua, rigurosa y libre, por seguir sus propias reglas. Lírica a ultranza e irremediablemente contemporánea, tal vez hayan sido las cualidades de íntima y de enamoradiza las que le permitieron concentrarse en su trabajo y vivirlo aventuradamente, con arrebato y autoconciencia crítica, con avidez y distanciamiento, lo que no quita que, ironía mediante, optara muchas veces por disfrazarse con guantes de cabritilla (sus Luvas de pelica, de 1980), o que se los quitara a cierta hora para invitar al duelo personal, un arcaísmo a destiempo (“Soy una mujer del siglo XIX/ disfrazada de siglo XX”) y, quizá también, un gesto caprichoso que momentáneamente aliviara el dolor intraducible, el malestar de (estar en) la cultura, y arrasara de un zarpazo a mano desnuda con el equívoco de que dar vuelta la página implica esperar más de lo mismo. Porque en su idioma personal otra página es otro día es otra Ana C., como una rosa es una rosa etc.

 

***

 

Malditos marginales herejes (1977)

 

Cierta vez, en el ya extinto periódico Opinião, João Antônio publicó un artículo sobre Murilo de Carvalho, columnista de “Cena Brasileira” [Escena Brasileña] en el todavía vivo periódico Movimento. El artículo comenzaba con unos tristes datos biográficos. Ganador del primer premio en el concurso de cuentos de Paraná en 1974, Murilo sin embargo continuaba tanto o más inédito que antes. Entonces mandó al diablo su empleo de publicista, y “en un auto en precario estado de conservación empezó a deambular por el interior de Brasil, con la idea de retratar la así llamada realidad brasileña”.

Sin ton ni son, el escritor premiado se abalanzó sobre las clases populares y se dedicó a escribir sobre esos personajes que también viven mal y son ignorados por los concursos nacionales.

Estos y otros tristes datos sirven para presentar a este autor de temática y tenor populista. Murilo sería “uno de esos casos que solo pueden ocurrir en la miseria cultural en que estamos enterrados hasta el cuello, aunque no todos lo admitan”. La yuxtaposición no es casual: miseria del autor/miseria cultural/literatura de la miseria. El propósito es construir la identificación del escritor con el pueblo a partir de la propia vida del escritor (o bien con datos escogidos de esa vida). Del escritor que, supuestamente, no es consagrado, y que gana concursos pero es menoscabado o explotado por las editoriales. Ese escritor es como el pueblo; es pueblo. Su mano de obra es depreciada. Alienada. Se la compra por centavos. Por eso debemos ser solidarios con esa clase de perseguido, que seguramente será solidario con los perseguidos de la tierra. Que producirá una literatura de solidaridad.

De un golpe magistral quedó construida la identidad de clase entre “nuestro pueblo” y el “escritor típico de la miseria cultural”. ¿Quién mejor que él para hacer  literatura sobre este pueblo? ¿Para narrarlo, representarlo, expresarlo, darle voz? Si hay defectos en esa literatura, la única culpable será la miseria cultural: el apremio del trabajo, la angustia del momento, la exigüidad general, los días que pasan volando, la pobreza de nuestro periodismo, la censura, la ineficacia de los concursos, y hasta la falta de intimidad entre las personas y los lugares, la falta de calle. Pero estas son flaquezas contingentes. Hay talento y honestidad y un sincero acercamiento al pueblo.

Combativos, sufrientes, resistentes, contestatarios, irreverentes, cáusticos, obstinados, reincidentes en sus peleas con la censura, mal comportados, imposibilitados de vivir del propio trabajo literario, y atados por la cadena del empleo a imagen y semejanza de sus personajes. Estos son algunos de los predicamentos biográficos que heroicamente presentan a los autores que integran la compilación de cuentos Malditos escritores (25.000 ejemplares vendidos en el primer semestre de 1977). Algunos se enorgullecen de ser hijos de obreros. En todas las biografías los sustantivos funcionan como arquetipos: periodista, publicista, redactor de propaganda, músico exitoso, cineasta, ensayista, conferencista en universidades del país.

Ya desde la tapa los escritores son calificados con un despampanante malditos, que anuncia su estatus marginal, y todos aparecen en fotos carnet con cara peligrosa de prontuario. El epígrafe reprensivo pareciera hacer eco al rechazo que ellos creen merecer: "Ellos no se enmiendan. Siempre hablan de la miseria general, del desempleo y del empleo de la fuerza, del guiso de porotos, de la carne de los amantes, de fútbol, homosexualidad, cárcel. Siempre hablan del corazón, el hígado y los intestinos de la realidad brasileña. ¡Raza maldita!"

Los calificativos de malditos y marginales, las fotitos y las caras desafiantes no son anzuelos para la censura, sino un embalaje ideológico del producto a ser vendido. No se puede comprender el “sentido” o la “estructura” de los cuentos sin prestar atención a ese embalaje, que pone a punto y garantiza la circulación del producto y su recepción por parte de un segmento del mercado. Ese embalaje modifica y cohesiona el significado del producto. Y así queda establecida, incluso antes de la lectura, una complicidad especial con un cierto tipo de lector, basada en la heroización de los escritores y en el aprovechamiento de la imperante simpatía automática –o desesperada– hacia cualquiera que “proteste”. Simpatía por cualquier producto “perseguido”... aunque venda 25.000 ejemplares con insólita rapidez.

La literatura de estos escritores malditos es muy cumplidora: son historias directas, sin golpes de estilo o “ismos” propios de las modas literarias; reflejan un mundo visto sin deformaciones; reproducen realidades incómodas y violentas; son retratos absolutamente verdaderos que sirven para hacer callar a los incrédulos.

¿Acaso el lector podría hacer otra cosa que permanecer callado y crédulo ante semejante embestida? ¿Habrá una manera más veladamente violenta de hacer callar al lector y no dejarle margen para la duda? El contacto del lector con el texto está amortiguado por la tapa, la contratapa, el prefacio, los epígrafes, las biografías panfletarias, las fotos y las ilustraciones: todos ellos accesorios violentamente redundantes y cargados de ideología, todos ellos repitiendo el mismo mensaje. Sobrecarga. Superprotección. Supergarantía de marketing. Esos escritores solo pueden ser malditos, solo pueden ser contestatarios, solo pueden ser intérpretes y fieles fotógrafos de la realidad real brasileña. La realidad más real de todas: la de las clases populares, tal como las ven los malditos.

 

Bendito sea el que siembra

libros, libros a mano llena,

y hace al pueblo pensar.

El libro que cae en el alma

es semilla de palmera

y lluvia que siembra el mar.

(Castro Alves)

 

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