ISBN: 9789875001718

Formato: 144 págs. 14 x 21 cm.

Fecha Publicación: Mayo 2013

Precio: $ 160,00 (U$S 9,41)

La ciudad a lo lejos

Prefacio. La ciudad incivil

La ciudad no siempre fue, no siempre será, tal vez ya no sea. Si se piensa que al mismo tiempo “la ciudad” es un motivo (un concepto quizá, en todo caso un esquema, una suerte de monograma o de emblema) que converge, limita y consuena con nada menos que el motivo de la “civilización” misma, se dimensiona lo que está en juego de su existencia, de ahora en adelante reconocida como transitoria.

De hecho, la “civilización” está vinculada a la “ciudad” [cité], así como la “civilidad” y la “ciudadanía”. El hecho de que se pueda hablar de “civilización urbana” por contraste con una “civilización rural”, es testimonio únicamente de una extensión de la idea de “civilización” en dirección a una configuración de conjunto de estructuras y costumbres propia de un espacio-tiempo definido. Pero la posibilidad misma de pensar tal configuración está vinculada a la ciudad [cité]. En efecto, un conjunto orgánico de agenciamientos sociales y morales como los que la etnología nos hace conocer en abundancia remite en primer lugar a una suerte de trascendental en sentido kantiano: un haz de condiciones de posibilidad bajo las cuales se ordena lo que llamamos preferentemente una “cultura”. En una cultura, así como en Kant, lo trascendental es inmanente a la construcción cuya ejecución hace posible. Es puesto en evidencia por un repliegue de la experiencia sobre sí misma: dadas las reglas de intercambio, de parentesco, de distribución de las funciones, etc., la estructura pudo manifestarse como tal o cual disposición de condiciones. “Las condiciones a priori de la experiencia en general son al mismo tiempo las condiciones de los objetos de la experiencia”.

En la “civilización urbana” se produce algo que, para seguir la metáfora kantiana, se puede considerar según el orden del símbolo antes que según el orden de la posición de objeto. La ciudad es una realidad que no basta con que se pliegue sobre sí misma para dejar que se verifiquen sus condiciones de constitución. Se forma más bien como un proyecto o como una indicación de naturaleza infinita, y en todo caso indefinida. Desde luego, no hay aquí más forma pura que en otras partes, y toda urbanidad comporta también rasgos de cultura inmanente o autorreflexiva del mismo tenor que en una ruralidad. Los romanos de la “Villa” o los habitantes de Florencia, de Londres o de París hasta el siglo XVII –para hablar de manera muy simplificada– incorporan un sistema tribal, clánico, mitológico, simbólico, cuya esencia casi no difiere de cualquier otra cultura de las campiñas circunvecinas o lejanas.

No obstante, la ciudad por sí misma –la ciudad [cité] material, la urbs, la plaza fuerte devenida en plaza, simplemente, lugar a la vez de conexión, coagulación y difracción– desempeña un papel del que ninguna cultura rural ofrece equivalente ni sustituto. La esencia de la ciudad se muestra con mucha exactitud en esto: un nudo vial que no envuelve sus propios destinos.

En ese sentido, no es completamente imposible decir que el mundo conoció hasta aquí varias culturas y una sola civilización: varias configuraciones y un único proceso. Por supuesto, cada una de las configuraciones ha evolucionado y todas las culturas tienen una historia, cualquiera sea su ritmo y la amplitud de sus evoluciones. Pero una sola cultura –que deja por ello de ser simplemente una cultura– reemplaza de manera casi integral la evolución por la transformación, e incluso por la metamorfosis o la revolución. Esta cultura es precisamente la que abandona el mundo agrario y sus estructuras tanto tribales como imperiales por lo que hemos denominado la “ciudad” [cité], la polis griega.

La polis no es solamente ni en primer lugar el espacio de la política; lo es o lo deviene porque no es únicamente, porque no es en primera instancia o incluso porque no es de ningún modo la sede de un pliegue trascendental: no es el lugar donde una cultura se presenta y se representa a sí misma su forma y su fuerza, su o sus figuras tutelares, su sacralidad y, para reunir todo en un término, su mito fundador y organizador.

La ciudad [cité] no es mítica, es lógica. Lo mítico se da a sí mismo sus condiciones de posibilidad; lo lógico no se da ninguna, o se la da hasta el infinito. El sentido debe ser proyectado allí, no es recibido. En consecuencia, la ciudad [cité] se forma primero en la circulación, el intercambio, el proyecto, la proyección. Es un mercado o un puerto antes de ser ciudadela; es una convergencia, una combinación antes de ser una institución, una constitución, una figura.

Mejor, o peor, la ciudad está a la espera de su figura; la busca, la proyecta. Durante algunos siglos pensó tenerla. Se dotó de propiedades, de atributos, celebró su nombre, su imagen, su aspecto: “Florencia”, “Viena”, “Londres”, “Salamanca”, “Ámsterdam”, tantos nombres que, como los nombres de las personas, han designado mucho más que un lugar, una identidad manifiesta y secreta, un perfume, un sabor.

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