ISBN: 9789875001718

Formato: 144 págs. 14 x 21 cm.

Fecha Publicación: Mayo 2013

Precio: $ 160,00 (U$S 9,41)

La ciudad a lo lejos

Fuera de campo, Jean Luc-Nancy

Analía Gerbaudo, Bazar Americano, 01/03/2014

“Hors-champs” es el nombre de uno de los programas más provocadores que la radio France Culture elige para su horario nocturno. Durante las emisiones su conductora, Laure Adler, conversa con un invitado cuya producción se sitúa en una zona de borde desde la que le juega un par de zancadillas a las taxonomías disciplinares y, tal vez por eso mismo, al mercado. Allí desfilaron los creadores de trabajos, a veces de dificultosa clasificación dado el modo en que problematizan los protocolos de sus aparentes campos posibles y que, por lo tanto, complican los circuitos habituales de recepción: tal es el caso de Win Wenders, Bernardo Bertolucci, Tzvetan Todorov, Slavoj Zizek, Hélène Cixous, Georges Didi-Huberman, Pierre Bayard, Philippe Sollers, Julia Kristeva, Marc Augé, Abbas Kiarostami, Geneviève Patte, Bernard Lahire, Alain Badiou y Jean-Luc Nancy, entre muchos otros.

Durante la conversación que tiene lugar entre Adler y Nancy en enero de 2012,  luego de escuchar una canción, éste le reprocha a la conductora: “Usted me ha dicho que yo soy un filósofo ‘pero’ que también me gusta la música”. Entre risas, Adler se corrige y sustituye la adversativa por la conjunción copulativa “y”. Nunca satisfecho, Nancy le observa: “Más bien debería ir un ‘por lo tanto’ usted ama la música”. Algo de esa inquietud, algo de esa voracidad, algo de esa contagiosa curiosidad infatigable llega hasta los lectores de todos y de cada uno de sus ensayos.

Este que ahora nos ocupa, leído en la versión a nuestra lengua de Andrea Sosa Varroti, toca al menos dos problemáticas. La ciudad a lo lejos contribuye a desconstruir, como bien nos ha enseñado a observar Jacques Derrida en “La ley del género” a partir de Maurice Blanchot, el purismo monoligizante: afirmar que todo texto “participa” de más de un género sin “pertenecer” con exclusividad a ninguno supone reponer su carácter complejo así como evitar su colocación en un solo estante (muchas veces motivada por la inercia a la que suele conducir la estabilización disciplinar de una “firma” o la costumbre rutinizada que lleva a asociar a un autor con una disciplina -en ocasiones también debido a su formación institucionalizada-). Junto a este movimiento de desmarcado, Nancy bosqueja, tal como ha hecho Derrida a lo largo de toda su obra, notas que se agregan a las teorizaciones sobre la ciudad ya esgrimidas desde las más variadas líneas de las ciencias humanas y sociales (filosofía, antropología, sociología, arquitectura, etc.) como del arte (cine, fotografía, literatura, pintura, etc.). Sobre estos dos ejes girará esta presentación.

Empiezo por lo señalado en primer lugar para recalcar que, tal como se observa en la mayor parte de los textos de Derrida, Nancy parte de la descripción de objetos (textos) puntuales a partir de los cuales deja entrever líneas para una teorización. En este caso, sobre las ciudades. Teorización planteada desde una escritura que (con)funde literatura y filosofía. Prolífica “contaminación” sostenida en el uso de variados procedimientos: Nancy pasa de la descripción de Los Ángeles a las instantáneas sobre una “Moscú helada” después de la caída del Muro, sobre una “Tokio embriagada” o sobre Berlín o Buenos Aires o Río de Janeiro a las conceptualizaciones sin abandonar el tono literario, a veces bajo la forma de poesía y otras, de prosa poética. Conceptualizaciones formuladas con delicadeza en escritos que, con el paso del tiempo, se han ido desprendiendo progresivamente de casi todo metalenguaje.

Este fructífero juego con los márgenes disciplinares es una de sus constantes. No es escueto el de todos modos probablemente incompleto inventario de sus textos que actúan el principio derrideano de la “participación” en más de un género sin “pertenencia” (exclusiva) a ninguno: sus libros-objeto junto a los pintores Simon Hantaï (La connaissance des textes. Lecture d’un manuscrit illisible. Correspondances es una ocurrencia de Nancy motivada en el ensayo sobre “el tocar” que le dedica Derrida: en 2001 Nancy convoca a Hantaï, que los había leído a ambos, para diseñar este artefacto artístico-filosófico a tres voces), François Martin (por un lado, en La pensée dérobée [2001] los ensayos de Nancy se intercalan con dibujos de Martin en un continuo formado por variaciones sobre un mismo tema: la finitud; por otro lado, Le regard du portrait [2000] se abre con un frontispicio que el dibujante practica sobre Nancy; luego una colección de pinturas y de fotografías funciona como el pivote sobre el que gira la reflexión) y Jean Le Gac (con quien arma una suerte de “tratado” ilustrado sobre la relación entre producción editorial y mercado [Sur le commerce des pensées. Du livre et de la librairie [2005]); los textos que acompañan la serie de fotos de mujeres desnudas capturadas por la lente de un hombre, Jacques Damez (Tombée des nues, 2007) y de espacios y momentos aparentemente intrascendentes (una roca, árboles, una bruma, nieve, un televisor encendido para nadie), “paisajes urbanos” (un concepto que problematiza en La ciudad a lo lejos) y mujeres, hombres y niños sorprendidos en el tedio o el entusiasmo de una conversación por Anne Immelé (Wir, 2007); 58 indicios sobre el cuerpo (2004) cuyo ritmo, cadencia y formato remiten al aforismo y al haiku; “Corte de estilo” (publicado en 1991 en un número especial de la revista Comparatio dedicado a la cuestión del “Estilo y/en filosofía” y luego incluido en la reunión de ensayos El peso de un pensamiento) que, al modo de los “bucles extraños” que fascinan a Douglas Hofstadter, apela a procedimientos poco convencionales para interrogar el sentido mismo de la idea de “estilo”; A la escucha (2002) cuya apertura contribuye a dislocar el trazado taxativo de las fronteras de la filosofía; Chroniques philosophiques (once presentaciones realizadas entre setiembre de 2002 y julio de 2003 cada último viernes de mes para la emisión “Les vendredis de la philosophie” conducida por François Noudelmann en la ya citada radio France Culture) que junto a Juste impossible (una conferencia que Nancy destina tanto a niños mayores de diez años como a sus acompañantes en el Teatro de Montreuil en octubre de 2006) incursionan en el arduo y poco valorado género de la divulgación; Iconographie de l’auteur (2005), un ensayo escrito mano a mano con Federico Ferrari en el que fotos de Jorge Luis Borges, Thomas Bernhard, Tommaso Landolfi, Carlo Emilio Gadda y Pier Paolo Passolini, André Gide, Dora Mauro, George Sand, Simone de Beavouir y Marcel Proust, un retrato de Virginia Woolf, de Goethe y de Alessandro Manzoni y un daguerrotipo de Balzac son el punto de partida para una revisión del transitado concepto de “autor”; La evidencia del filme. El cine de Abbas Kiarostami (2001) que incluye una conversación entre el filósofo y el cineasta; Noli me tangere. Ensayo sobre el levantamiento del cuerpo (2003), una lectura  de una colección de composiciones pictóricas del pasaje del Evangelio (Juan 20, 13-18) en el que Jesús le suplica “No me toques” a María Magdalena; una lectura que anexa, a modo de epílogo, una “indicación de las principales obras pictóricas que representan la escena” (otra vez aparece el envío ligado a la divulgación que, además, aporta más datos en un claro gesto pedagógico) y un ensayo sobre la figuraciones de esta mujer, una de las figuras más inquietantes de los evangelios también retratada de modo sorprendente por ese eterno estudiante de teología (esa práctica también se integra a las experiencias de Nancy) que metamorfoseó su deseo primero por el sacerdocio en militancia política y, finalmente, en una escritura a la que no le es ajena la pregunta por lo sagrado; El intruso (2006) que parte del relato autobiográfico sobre el transplante de corazón que había atravesado diez años atrás para abrir una reflexión sobre la extranjería, sobre la marcha de la ciencia y de la técnica y sus derivas en las vidas de las personas, sobre lo conocido y lo extraño, sobre las variaciones que las diferentes circunstancias culturales imponen respecto de lo que se considera “un tiempo justo para morir”, sobre la ausencia de preparación para la muerte. Casi sobre el final talla un concepto de sufrimiento a partir de la relación que establece entre cáncer y quimioterapia (“Al mismo tiempo que el linfoma corroe el cuerpo y lo agota, los tratamientos lo atacan, lo hacen sufrir de diversas maneras, y el sufrimiento es la relación entre una intrusión y su rechazo”). Otra experiencia a la que también le pone el cuerpo y que, como los viajes en La ciudad a lo lejos, hacen lugar a una escritura en la que presenta categorías, tesis, reflexiones filosóficas: sobre la relación entre vida, enfermedad, lengua y dolor, sobre la fragilidad y la contingencia y la fragilidad de toda vida, en el primer texto; sobre los temas que mencionaré a continuación, en el segundo.

En todos los casos son objetos puntuales, circunstancias, pasajes, fragmentos (literarios, pictóricos, filosóficos, musicales, etc.) los que habilitan una escritura. También siempre  des-sujetada de las matrices convencionales y cada vez más despojada de metalenguaje.


El segundo eje de lectura se imbrica con el primero pero envía a un conjunto diferente, inescindible de nuestras circunstancias de recepción: inevitablemente en nuestro corpus se cuelan nuestras representaciones, nuestro gusto y tal vez, nuestra ideología. La ciudad a lo lejos hace serie, para empezar, no sólo con el tal vez más conocido Walter Benjamin de los Pasajes sino también con el de los ensayos sueltos sobre viajes y ciudades (“Nápoles”, escrito junto a uno de sus amores, Asia Lacis; “París, la ciudad en espejo”, “Marsella”, “San Gimignano”, “Mar del Norte”, “Comer”, “Las novelas policiales en los viajes”, “Serie de Ibiza”) recogidos en Cuadros de un pensamiento (edición a cargo de Adriana Mancini); con el Borges de Fervor de Buenos Aires; con el ya clásico Las ciudades invisibles de Ítalo Calvino; con La ciudad vista. Mercancías y cultura urbana y Una modernidad periférica: Buenos Aires 1920-1930 de Beatriz Sarlo y luego, con La Viena de fin de siglo de Carl Schorske; con Non-Lieux. Introduction à une anthropologie de la surmodernité de Marc Augé pero en particular con Éloge de la bicyclette (donde se propone una reconsideración de las formas de mensurar tiempo y espacio a partir de la experiencia de circular por la ciudad en este vehículo); con Lo infraordinario de Georges Perec y también con “Instantáneas” de Fito Páez; con “Construcción” de Chico Buarque y con Pizza, birra y faso de Israel Caetano y Bruno Stagnaro; con Las alas del deseo de Win Wenders y con Mala época de Eduardo Mignogna. Este listado incompleto, se sabe, podría continuar más o menos caprichosamente.

No obstante para nuestros fines alcanza esta selección para sugerir que Nancy genera en La ciudad a lo lejos al menos un doble sistema de envíos: uno, de tipo general, a los “grandes textos” sobre las ciudades (se abre aquí una discusión para desarrollar en otra oportunidad respecto de los criterios poco convencionales que he seguido para seleccionar los “grandes textos” citados en el párrafo anterior). Otro, de carácter más bien íntimo, mucho más indeterminado: bosquejo aquí la conjetura de que este libro impacta en la constitución de primeras representaciones de ciudades que aún no hemos visitado y altera las que teníamos sobre ciudades transitadas. Si admitimos que hay textos que inevitablemente modifican las imágenes de ciudades conocidas así como generan el deseo de descubrir muchas otras, podremos aceptar que La ciudad a lo lejos provoca estos movimientos. Necesariamente aquí las evocaciones son autobiográficas, aunque no en todos los casos. Por ejemplo, se podría esgrimir que la invención de un mítico Colastiné por Juan José Saer ha motivado a muchos de sus lectores a olvidar, al menos momentáneamente, sus postulados teóricos cada vez que han emprendido un viaje hasta Santa Fe para encontrar(se) con algunos de los lugares y objetos figurados en sus novelas y cuentos. También se podría precisar la forma en que la circulación por Santa Fe y también por Rincón y la zona de la costa es, para los que vivimos allí, notablemente perturbada por muchas de sus invenciones. En esa misma línea, creo atisbar en las rutilantes fotografías de Raúl Cotonne así como en Las alas del deseo de Win Wenders algunos de los estímulos visuales que han generado mi deseo por conocer Venecia, Nueva York y Berlín. La lista sería demasiado personal (y por lo tanto gratuita), como para que este punteo continúe. Y para lo que queremos mostrar, ya es suficiente.

Merece subrayarse que a través de sus descripciones de Los Ángeles, San Francisco, Nueva York, Roma, Jerusalén, Granada, Estambul, El Cairo, Pekín, San Petersburgo, Sevilla, Río de Janeiro, París o Buenos Aires, Nancy va desprendiendo conceptos que a su vez interroga desde dos de sus preguntas más iteradas: las relativas al sentido (planteadas en uno de sus clásicos, El sentido del mundo [1993]) y a la técnica y su alteración de la “naturaleza” y con ello, de las condiciones de vida (despuntadas en El intruso, entre otros textos). Aparece aquí su también reiterada explicitación respecto de lo que la literatura y la filosofía pueden: “La ciudad no tiene rostro, pero sin embargo cuenta con rasgos. No tiene mirada, pero sí un aspecto, o varios. No se capta bajo una identidad; se deja tocar por trayectos, huellas, bosquejos. Entre la tarjeta postal chillona y la descripción sociométrica -ambas olvidan la ciudad-, hay lugar para este acercamiento que tiene por nombre literatura: una escritura de la ciudad, su crónica, su novela, su poema, una identidad reluciente y escurridiza, huidiza como agenciamientos de frases. No es azaroso que la ciudad haya aparecido en tantos relatos, obsesiva, invasora y monstruosa, quimera de paisaje y personaje, o marco tramado él mismo en la tela del cuadro, Balzac, Dickens, Baudelaire, Zola, Dos Passos, Miller, Apollinaire, Claudel, Döblin, y tantos otros...”.  En otro pasaje, en clara deuda con las formulaciones derrideanas sobre ese “animal que luego estoy si(gui)endo” (según la brillante e inteligente traducción de Cristina de Peretti y de Cristina Rodríguez Marciel), afirma: “La ciudad es una erotización del cuerpo social. (...) Es una fricción de todos contra todos, como arañazos y caricias mezclados (...). La ciudad se extralimita y con ella se extralimita la gente, las singulares raleas polimorfas y proliferantes, ruidosas, populacheras y populosas, los animales urbanos en soberbias manadas levantan el polvo infinito de un nuevo comienzo del mundo”.

Desde esta franja inestable configurada entre la filosofía y la literatura, entre Platón y Joyce, entre Hegel y Valéry, Nancy arriesga una marca, un rasgo común a todas las ciudades: “Siempre es también un haz de trazos dividido, una composición partida. Única constante, tal vez, de ciudad en ciudad: la división entre ricos y pobres, sus distanciamientos, sus retrocesos, al Este o al Oeste, en cinturones urbanos o mansardas, en suburbios y en signos. (...) La ciudad es cara y lo muestra con indecencia e insolencia. La ciudad es pobre y hierve de carencias y triquiñuelas”.  

Su pregunta por la función pero también por el arte de la ciudad lo llevan a distinguir “ciudad” de “megalópolis” y también a interrogar la relación entre “nombre” y “figura”: “‘Florencia’, ‘Viena’, ‘Londres, ‘Salamanca’, ‘Ámsterdam’, tantos nombres que, como los nombres de las personas, han designado mucho más que un lugar, una identidad manifiesta y secreta, un perfume, un sabor”. A partir de la tensión entre el deseo de figura que experimenta toda ciudad y el “com[enzar] a padecerse a sí misma, [a] inquieta[r]se por su tamaño, por su embotellamiento, por los costos de su administración”, Nancy halla que “a la ciudad le es difícil saber cuál es su función ya que acumula demasiadas o bien no posee realmente ninguna: es ante todo coexistencia, copresencia y comercio. Es paso, transferencia, comercio, concurrencia, competencia”.

Con la densidad de un epígrafe y con el ritmo armonioso de la prosa poética, Nancy condensa sus preguntas más iteradas en este texto en un pasaje que, como en muchos libros de Derrida, funcionan como una suerte de núcleo teórico de su ensayo: “La ciudad se dibuja a lo lejos, contorno de techos, de torres, de flechas y de cúpulas, red de luces, vapor en el cielo: la idea de un lugar, de un nombre, de una manera de habitar y de pasar. La ciudad se abre a la lejanía de los puertos y las pistas de despegue, los ríos, las rutas, las vías férreas, y a la de los suburbios, los terrenos baldíos, las salientes de las arterias y los estratos intransitables. La ciudad se aleja de nosotros, deviene otra ciudad, otra cosa que una ciudad: aún buscamos su medida, y el saber que hace falta para pasar por ella y alejarse con ella”.

Un ensayo que vuelve a exponer su amor por el juego. En este caso, el juego con los protocolos de la escritura que sigue la incursión filosófica que prefiere: esa que se desborda hacia el teatro, hacia la poesía, hacia la literatura. En sintonía con sus autores preferidos (Philippe Lacoue-Labarthe, Derrida pero también Nietzsche) y con su atención al sentido que se expresa en formas fragmentarias o elípticas, Nancy cierra su escritura en el libro (le sigue un postfacio de Jean-Christophe Bailly) con el poema “Instantes de ciudad”: “(…) ni sustancia ni sujeto / encuentro pasaje cruce / de cuerpos llamados indicios gestos / marcas desmarcas contramarcas / banco tribunal mercado / hotel parking catedral / quiosco de tabaco drugstore droguería / fastfood comida rápida / kebab hotdog quiche pizza / sin duración toda en momentos / apariciones desapariciones / balcón café plátano / vereda peluquero florista / empalizada pastelería / callejuela puerta timbre / antenas albergue porta-insignias / carteles películas saldos conciertos / gente cruzada topada apresurada / gente apretada gente absorbida”.

En la estela de Benjamin, Nancy desenmascara la barbarie oculta en el corazón mismo de la civilización, en sus idealizados centros neurálgicos. Mientras se plantea el “esfuerzo que cuesta vivir” en Los Ángeles, una de las tantas ciudades que han perdido escala humana, repasa la relación entre pesadez y angustia sufrida especialmente por ciertas clases: “Querría saber dónde y cuándo la vida de la ciudad, la vida en la ciudad, no fue penosa, despiadada para los pobres, angustiosa para los aislados, agotadora para los trabajadores. Los cafés, los salones, los teatros de París, Viena o Berlín en la Belle Époque no me alcanzan para desestimar la insalubridad, la explotación mercantil de las viviendas, la criminalidad, los problemas policiales, los vertederos humanos, las poluciones de toda clase (...). Es difícil olvidar las consideraciones de artillería que dictaban el urbanismo del barón Haussmann (...). Es difícil olvidar un salvajismo de la ciudad sin duda tan viejo como las ciudades, imperial y administrativo antes de ser burgués y traficante, pero siempre salvaje, siempre profundamente bárbaro a la medida misma de su espíritu de empresa y de su actividad”.

Un ensayo fuera de campo para inquietos urbanistas sin credenciales que saben reconocer en su experiencia de la ciudad, un saber: “¿Cómo salvar la ciudad? ¿Cómo desembarazarse de ella? ¿Cómo dominar o bien arrasar con la ultraciudad monstruosa? ¿Se trata siempre del mismo problema? ¿Del problema que las intenciones y las voluntades arquitectónicas y urbanistas desde mediados de siglo no logran no sólo resolver, sino plantear? No estoy siendo irónico. Somos todos urbanistas sin empleo, todos poseemos urbanidades sin perfil”.

Como bien nos ha enseñado a observar Mónica Cragnolini en su prólogo a La desconstrucción del cristianismo, una de las claves de entrada a Nancy se enuncia en Le toucher, Jean-Luc Nancy: "Jacques Derrida propone allí pensar la obra de este filósofo a partir de ese hilo conductor: el tocar”. Pero Cragnolini no se detiene  en este punto sino que hilvana dicha tesis con los interrogantes radicales de El sentido del mundo: si “sentido” es “tender hacia”, “en la ausencia de sentido del mundo, en el desencantamiento, la filosofía, sin ningún propósito de fundación de nuevos sentidos, se deja tocar en su posibilidad de encontrarse en el límite de esa posibilidad”. Y nosotros continuamos la idea para arriesgar que ante esa situación, el arte abre otras preguntas. Y la filosofía que se deja tocar por el arte participa, entonces, de un juego de refundación, de reinvención, de expansión de fronteras y, para decirlo en términos de Derrida, de una diseminatoria y fértil manera de heredar, fiel porque infiel.

Curioso, infatigable, Nancy desmonta el “noli me tangere” para dejarse tocar en La ciudad a lo lejos por lo que lo alcanza de esas construcciones que, a falta de un nombre mejor, seguimos llamando “ciudades”. Nancy se deja sacudir por la sensualidad y la violencia imbricadas en los territorios que transita y a los que envía desde la elegancia austera de su palabra remedando la operación practicada también en Ser singular plural cuando insistía en nombrar, en datar, en reiterar el momento de la enunciación, en remarcar que escribía durante el “verano de 1995”. Una insistencia amarrada a la obsesión por dejar huellas de un tiempo en el que ciertos nombres (Sarajevo pero también Chiapas, Bosnia-Herzegovina, Haití, Irak, entre otros) operan como “nombres-testigo”: “Tal es hoy la ‘tierra’ que suponemos ‘habitar’ (...). Tales somos nosotros, nosotros que suponemos decir nosotros como si supiésemos lo que decimos y de quiénes hablamos. Esta tierra lo es todo menos un legado de humanidad. Es un mundo que no logra hacer mundo, un mundo enfermo de mundo y de sentido del mundo. (...) Es una letanía ... que sale a diario de la boca de millones de refugiados, de deportados, de asilados, de mutilados, de hambrientos, de violados, de ejecutados, de excluidos, de exiliados y de deportados. Hablo de compasión: pero no se trata de una piedad que se conmoviera a sí misma y que se nutriese de sí. Con-pasión: es el contagio, el contacto de ser con los otros en este tumulto. Ni altruismo ni identificación: la salida de la brutal contigüidad”.

Hoy, casi veinte años más tarde, en un tiempo de reconceptualización de la ciudad moderna y de sus definiciones asociadas, parece repetir la idea, aunque bajo otras circunstancias: “Para que el sentido ... derive, liberado tanto de la carrera atareada como de la vuelta que daban donjuán y dandi, es necesario que la ciudad le abra ampliamente su posibilidad más propia, su arte de hacer posible el conjunto y el con sin referirlos a una captación pero tampoco abandonándolos a la pura exterioridad de partes indiferentes apiñadas y agitadas en un espacio que ya no sería de movimiento, sino de conexión instantánea, desafiando toda rapidez de carrera como toda displicencia de vuelta. (...) La ciudad tal vez ya pasó a la historia, la ciudad franca liberada de toda subordinación, soberana de sí misma y de su infinito sentido de encuentro. (...) La ciudad nos ha conducido hasta sus límites... Nos queda por inventar, ya sea fuera de la ciudad, por medio de una ciudad nueva o de otro cuerpo urbano, un arte para prolongar el suyo”.

Un arte por-venir para un espacio, también por-venir. Dos deseos deslizados desde una enunciación fuera-de-campo que captura, con clara reminiscencia de Perec pero también de Kiarostami, contactos infra-leves (otra marca de su obra): “Todo en la ciudad se juega en los bordes, las franjas, los márgenes de todas esas entidades definibles: un abogado cruza la calle cuyo tráfico controla un policía, tráfico que viene a interrumpir la señal imperiosa de un camión de bomberos; el abogado, bruscamente inmovilizado, es embestido por una aprendiz de panadería que corre porque llega tarde al trabajo, ella pide perdón, es simpática, él está tentado pero también apurado, lo esperan en el Palacio, jamás se volverán a ver, no habrán sido abogado, ni panadera, ni uno para el otro, ni para el policía o los bomberos, y sin embargo es un verdadero relato que se esbozó, es tal vez incluso un mito en formación -¿o más bien en fusión?-, es una escena que quizás alguien más descubrió, un estudiante de cine, por ejemplo, o un profesor de francés, que habrán pensado en el encuentro, en la casualidad, en la suerte o la aventura, no sin que en el mismo instante un scooter los roce arrancándoles un grito de indignación en el que se habrá perdido toda la imaginación apenas bosquejada. Tal es el arte de la ciudad: incoativo por esencia y por excelencia. Arte de acercamientos furtivos, arte de pasajes pasajeros, de paseantes insignificantes, de significancias infraleves, expedidas tan pronto como bosquejadas”.

Desde esa sensibilidad, ajena a la ortodoxia y atenta a aquello que permite “hacer sentido”, Nancy escribe, enseña, conversa, interpela, (se) (nos) interroga.

Fuente: www.bazaramericano.com/resenas.php?cod=380&pdf=si

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