ISBN: 9789875001671

Formato: 284 págs. 14 x 22 cm.

Fecha Publicación: Mayo 2013

Precio: $ 300,00 (U$S 17,65)

Sin amor

1. El comienzo de algo

Alto y cargado de torres, a solas en la cima de la colina, el castillo parecía haber salido directamente de la Edad Media, intacto. La gente que lo veía desde cierta distancia rara vez notaba que en parte estaba en ruinas, lo que sólo tenía el efecto de hacerlo encajar más perfectamente en su entorno, inevitable como otro afloramiento de la roca ocre que coronaba la mayor parte de las colinas circundantes. Tanto en la tormenta como a la luz del Sol presentaba ese aspecto de eternidad rocosa indestructible. Sólo al atardecer, cuando la marea de la noche ya cubría el mar y las tierras bajas, podía parecer etéreo como una visión, flotando por encima, aún radiante en el Sol del ocaso, insustancial como una nube.

El joven médico, que ahora conducía hacia él en su coche gastado, tenía más imaginación que la común entre los de su profesión, y para él el castillo simbolizaba toda la magia de aquella tierra sureña. Al ser él mismo del norte, cuando llegó por primera vez a trabajar aquí quedó fascinado por las colinas, las rocas y las terrazas de esta región más cálida, por sus olivos plateados y sus viñedos. Lo emocionaba descubrir esa belleza salvaje, desconocida en el norte industrializado y superpoblado. Lo excitaba sentir el agreste terreno de colinas, bosques, peñascos y densos arbustos espinosos abriéndose paso tan cerca de las aldeas y los campos rocosos, haciendo que la civilización pareciera levemente precaria. Era como retroceder al tiempo al que pertenecía el castillo; una época más aventurera, más misteriosa, junto a la cual el momento actual parecía mediocre y gris.

Además, le había caído muy bien la gente; al principio parecían haberlo aceptado. Pero ahora no estaba seguro ni de los sentimientos de ellos, ni de los propios. Aunque aun seguía sintiendo el encanto del sur y de los sureños, poco a poco, desde que empezó el clima cálido, su actitud se había modificado; no era tan entusiasta de corazón como antes, tanto de uno como de los otros.

Ya era agosto, y experimentaba un rechazo contra el calor, el cielo tórrido se le había vuelto algo tedioso. A veces echaba de menos el clima húmedo y fresco de su hogar, aquí se sentía fuera de su elemento, un extraño en tierra extraña. Probablemente por este motivo parecía estar separado por una barrera de la gente que lo rodeaba, y a veces le daba la impresión de quedar afuera. Probablemente estuviera excluido sólo en su imaginación. Pero en cualquier caso, el joven -aunque demasiado ocupado para cavilar sobre sus sentimientos de no pertenencia– ya no se sentía tan feliz, y, ligeramente desilusionado por la realidad, retrocedió inconscientemente a su mundo onírico.

En eso se sentía alentado porque, al ser el más joven de la sociedad médica, le dejaban la mayoría de las visitas, su trabajo incluía conducir mucho por la zona escasamente poblada de las aldeas dispersas y las solitarias granjas de las colinas. Como había poco tráfico en los desparejos caminos del interior, había caído con facilidad en la costumbre de soñar mientras conducía; y el castillo, casi siempre a la vista donde quiera que estuviese, ofrecía un punto focal natural para sus sueños.

¿Qué tipo de gente vivía allí? ¿A qué especie extraña pertenecía? No podía pensar en ellos como en seres comunes; como la pareja que su colega le describió; como el conde que él mismo había conocido, y su desconocida esposa. Le parecía que, por vivir dentro de aquellos antiguos muros, tenían que ser distintos; parte de la magia del mundo joven debía de haber nacido en ellos, una cierta belleza perdida o la sabiduría de tiempos pasados.

Pronto un nacimiento iba a tener lugar allí: o más bien, se suponía que iba a tener lugar en el hospital local, donde el socio principal había reservado el mejor cuarto para la condesa, antes de asistir a una conferencia en un país vecino. Ahora, mientras él seguía ausente, había llegado un mensaje a su joven ayudante, y parecía que el niño nacería en el castillo, después de todo.

El joven médico nunca había estado en ese lugar. Sentía una excitación que era en parte aprensión cuando su viejo coche en serie se abrió camino hirviendo y resoplando hasta la cima de la empinada cuesta, y, apagando el motor, salió y se paró al pie de las erguidas murallas, pálido, limpio, tostado por el Sol, barrido por el viento, como una concha marina seca. De inmediato tuvo conciencia del silencio, de estar muy por encima del mundo, con precipicios rodeándolo por todas partes. Extraño, estar allí arriba, en la quietud remota bajo el cielo, con unos jirones de nubes que pasaban, al alcance de la mano. Ya podía sentir el hechizo del lugar alcanzándolo, arrastrándolo.

Se dio a sí mismo una especie de sacudida mental mientras tocaba el timbre. Le gustaba pensar que era un joven muy normal. La mayor parte de su ensoñación se realizaba de modo extraoficial, sin la autorización de su ser consciente, con su mente funcionando en dos niveles distintos. Así que ahora, mientras conscientemente atribuía un leve nerviosismo al disgusto por tomar el lugar de su colega, su inconsciente estaba preocupado por su sueño, que según temía podía ser dañado, o hasta destruido, por la realidad del castillo. En su vida ocupada pero bastante solitaria, con muchos conocidos pero ningún amigo verdadero, su sueño familiar parecía algo que debía ser resguardado… aunque, desde luego, sólo en secreto.

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