ISBN: 9789875001695

Formato: 312 págs. 14 x 22 cm.

Fecha Publicación: Abril 2013

Precio: $ 400,00 (U$S 23,53)

Aisthesis

Escenas del régimen estético del arte

Rancière, el lector emancipado

Mariana Dimopulos, Clarín - Revista Ñ, 12/07/2013

Dos nuevos títulos amplían la obra del pensador y lo muestran como un ensayista imprescindible. En sus textos se funden crítica, literatura, arte y política.

Un artista plástico pinta las pancartas de una manifestación. Una artista se hace cajera de supermercado para restaurar los lazos sociales. Y para mostrar el horror del Holocausto, un documentalista filma bosques y campos llenos de sol. Pero eso, ¿es arte, o es política, o es historia?

Como otros herederos de Mayo del 68, Jacques Rancière se planteó desde un principio este tipo de preguntas. Y lo siguió haciendo más tarde también, aunque hubiera empezado a desligarse de esa herencia. Desde entonces no ha dejado de publicar artículos, conferencias y libros, que se cuentan en decenas. Es innegable: su obra se ha vuelto visible.

Se trata de un círculo virtuoso que viene repitiéndose desde hace unos años: hay un último libro de Rancière, hay una última traducción de Rancière. Pero esas preguntas que se exploran en la obra de este teórico francés no son simples ni pueden responderse, en verdad, por el cómodo medio de una definición más o menos argumentada. El camino para dar un auténtico, o al menos valioso, acercamiento a la pregunta por el arte, o por la historia, o por la política, debe hacer un rodeo, que es el de la pregunta por la percepción. Para Rancière, no hay un arte sin un modo de percibir el arte en un momento determinado de la historia, con un cierto, oculto o manifiesto, contenido político. Y lo mismo para la política. Y lo mismo para la historia. Los elementos de esta tríada reunida en la idea de una distribución de lo sensible funcionan siempre en límite con el otro, diferenciándose y al mismo tiempo valiéndose de esa cercanía.

En ese último Rancière que es Figuras de la historia (Eterna Cadencia), publicado en 2012 en Francia y este año en Argentina, se despliega una vez más, con otra vuelta de tuerca, la variación de una de esas preguntas: hay el cine, dice Rancière, ese objeto difícil de captar en los viejos términos de la estética, y hay la historia. Entonces, ¿cómo es que esto puede conjugarse? En el cine que busca representar la historia, la cámara debe mostrar algo que ya no está porque ese algo es parte del pasado y no habrá de repetirse. Y sin embargo, con los medios de la imagen o de la palabra, el cine lo muestra y lo repite. Para explorar entonces el problema del cine y la historia, se hará eco de varios casos paradigmáticos. Uno de ellos es el del documental Shoa de Claude Lanzmann. Allí, durante nueve horas, el documentalista se abstiene de usar toda imagen de archivo y hace hablar a los sobrevivientes del Holocausto, a los judíos, pero también a polacos colaboradores, y a los propios nazis, de eso que vieron y de eso que hicieron y de eso que padecieron. Mientras tanto la cámara muestra el espacio presente donde ocurrieron esas inhumanidades hechas por humanos: vemos largos planos de parques donde estuvo el campo de exterminio de Treblinka, grandes bosques, un tren, una vía muerta, mientras los hombres hablan de lo que hubo y ya no se puede ver. Esto, dice Rancière, es uno de los modos en que el cine es capaz de decir la historia, sin evitar ciertos dispositivos de la ficción pero evitando la representación clásica, el actor que haría de víctima y el actor que haría de victimario.

A la inversa, tampoco la historia está fuera de los mecanismos de la ficción. Esta idea ya había sido tratada en Los nombres de la historia (Nueva visión). Fiel a Foucault, Rancière nos recuerda que vivimos en la era de la historia, y no es casual que sus libros se construyan mayormente sobre la base de un texto narrativo, articulado sobre reflexiones teóricas y pasajes de descripción.

Esto es lo que ocurre especialmente en Aisthesis (Ed. Manantial), otra de las novedades de Rancière en castellano. Armado sobre catorce “escenas” del arte, partiendo de la tesis de que hay un tipo de concepción del arte que nació con el romanticismo alemán y de la que todavía no hemos salido, Rancière hace un notable recorrido por distintas “escenas” del teatro, la escultura, la danza, la literatura y el cine. Algunas muestran obras del canon, otras casos desconocidos u olvidados. Pero siempre introducidos y pensados por las críticas que los acompañaron en su momento, críticas demoledoras, críticas halagadoras, así como los casos de fracasos abiertos de eso que después ha sido percibido, más que reconocido, como arte. Whitman escribe Hojas de hierba; la bailarina Loïe Fuller revoluciona la danza y Mallarmé la celebra; la fotografía logra ser vista como arte; en la Unión Soviética, Vertov intenta sin demasiado éxito inventar la verdadera encarnación del comunismo en el cine. Se trata, en todos los casos, de la aparición de un objeto o una práctica nueva, que hay que ver de alguna manera u otra, y que a veces ni siquiera es vista. Porque el arte no puede separarse de esa distribución de lo sensible que lo hace visible, decible y posible. Entonces, estamos ante una historia del arte, pero también de la crítica de arte, de la mano de reflexiones que nos muestran cómo se piensa y cómo se siente el arte por sus contemporáneos.

Esta es una pregunta constante en Rancière: ¿cómo ser contemporáneo de algo? Ya en el agudo recorrido de La palabra muda (Eterna Cadencia), esta vez dedicado a la literatura, la obra tampoco podía ser pensada sin su contraparte que es la crítica. Los protagonistas ya no son los autores o las literaturas nacionales; Rancière piensa una vez más en las obras y en la idea de literatura que las hace posibles, o que ellas hacen posible. De ahí que estas nuevas historias del arte puedan no ser cronológicas; las ideas nunca lo son, ya lo había intuido Hannah Arendt.

El tercer pie de la tríada de Rancière es la política. En esto siguió siendo siempre fiel a su generación. También la política está dentro de esa distribución de lo sensible, sobre la base del disenso. A este problema, sin abandonar los cineastas y los artistas que lo ocupan, Rancière ya había vuelto en El espectador emancipado (Manantial). Qué decir frente al artista que pinta pancartas o a quien, no necesitándolo como medio de vida, se hace cajera de supermercado para restaurar a través del arte los lazos sociales. La paradoja del régimen estético del arte es precisamente ese querer hacer, pero renunciando a los efectos; querer salir del arte, pero quedándose.

Cabe preguntarse ahora, ¿cómo deberíamos ver nosotros al propio Rancière? Porque quizá la teoría del arte, de la historia y de la política tampoco estén fuera de la distribución de lo sensible. Y es perceptible: hay una cierta amabilidad en los libros de Rancière. Esto es lo que, en el plano de la política, ya en los 90 le recordaba Alain Badiou a propósito del problema de la democracia y de su idea de la igualdad. Esa falta de definición, destacan sus detractores, instala a los textos de Rancière en una cierta blandura teórica que resulta riesgosa. Quizá se trate de una respuesta democrática, en los propios términos del autor, a las otras concepciones del arte y de la política. El mundo, nos dice Rancière, ya no es la vieja totalidad de la filosofía europea. Ahora es difícil cerrar los círculos que hemos abierto; mejor será dejarlos así que obturarlos, a riesgo de quedar afuera o de decir simplemente que algo se ha visto.

Fuente: www.revistaenie.clarin.com/ideas/Ranciere-lector-emancipado_0_950904921.html

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