ISBN: 9789875001657

Formato: 272 págs. 14 x 22 cm.

Fecha Publicación: 2012

Precio: $ 300,00 (U$S 17,65)

Tigre Lunar

Capítulo 1

–Estoy escribiendo una historia del mundo –dice–. Y las manos de la enfermera se detienen un momento; mira a esta anciana, esta anciana enferma.

–Ay, Dios –responde la enfermera–. Vaya trabajo para hacer, ¿no? –y luego vuelve a sus tareas, estira, acomoda, alisa las sábanas–. Incorpórese un poquito, querida, así, muy bien. Después le traeremos una taza de té.

 

*

 

Una historia del mundo. Para redondear las cosas. También podría… Basta de detalles insignificantes sobre Napoleón, Tito, la batalla de Edgehill, Hernán Cortés... Esta vez, los hechos. El vertedero completo, triunfal, asesino, imparable: del barro a las estrellas, universal y particular, la historia de ustedes y la mía. Me considero bien preparada; el eclecticismo siempre ha sido mi sello distintivo. Así me han dicho, aunque le hayan dado otros nombres. El proyecto de Claudia Hampton es ambicioso, y hay quienes dirían imprudente: mis enemigos. La audaz amplitud conceptual de Claudia Hampton: mis amigos.

Una historia del mundo, sí. Y, al mismo tiempo, también la mía. La Vida y la Época de Claudia H. Ese pedacito del siglo XX al que me encadenaron, me gustara o no. Permítanme contemplarme dentro de mi contexto: todo y nada. La historia del mundo según Claudia: hechos y ficción, mito y evidencia, imágenes y documentos.

 

*

 

–¿Ella era alguien? –pregunta la enfermera. Sus zapatos chirrían sobre el piso lustroso; los del médico crujen–. Digo, ¡se sale con cada cosa!

Y el médico mira sus notas y dice que sí, que al parecer la anciana ha sido alguien, ha escrito libros y artículos periodísticos y... eh... en algún momento estuvo en Medio Oriente... tifoidea, malaria... soltera (un aborto espontáneo, una hija a la que ve pero no menciona)... Sí, en efecto, los registros dan a entender que fue alguien, tal vez.

 

*

 

Hay muchos que señalarían como un atrevimiento muy propio de mí equiparar mi propia vida con la historia del mundo. Que digan lo que quieran. Aunque siempre he tenido mis seguidores. Mis lectores conocen la historia, desde luego. Conocen la tendencia general. Saben de qué se trata. Omitiré la narrativa. En cambio, le daré cuerpo, le aportaré vida y color, sumaré los alaridos y la retórica. No voy a escatimarles nada. El asunto es: ¿será o no un relato lineal? Siempre he pensado que una visión caleidoscópica podría constituir una herejía interesante. Sacudimos el tubo y vemos qué sale. La cronología me irrita. En mi cabeza no existe la cronología. Estoy compuesta por miles de Claudias que giran, se mezclan, se separan como chispas de luz en el agua. El mazo de naipes que llevo conmigo es de continuo barajado y vuelto a barajar; no hay secuencia, todo sucede al mismo tiempo. Las máquinas de la nueva tecnología, según entiendo, funcionan de modo muy parecido: no hay conocimiento que no se almacene, para traerlo a la luz con solo oprimir una tecla. En teoría, parecen más eficientes. Algunas de mis teclas no funcionan; otras exigen contraseñas, códigos, aleatorias secuencias de desbloqueo. Qué curioso: es el pasado colectivo lo que las suministra. Es de propiedad pública, pero también profundamente privado. Cada uno lo ve de manera diferente. Mis victorianos no son los victorianos de ustedes. Mi siglo XVII no es el de ustedes. La voz de John Aubrey, de Darwin, de quien quieran, me habla en un tono, y a ustedes en otro. Las señales de mi pasado vienen del pasado recibido. Las vidas de los demás se ensamblan en la mía: Yo, mí, Claudia H.

¿Egocéntrica? Es probable. ¿Acaso no lo somos todos? ¿Por qué es un término de acusación? Eso era en mi infancia. Me consideraban difícil. Imposible, en realidad, era la palabra que usaban a veces. No creo haber sido imposible en absoluto; imposibles eran mi madre y la niñera, con sus órdenes y sus advertencias, sus obsesiones con los flanes y el pelo rizado, y su terror a cualquier cosa atrayente del mundo exterior: los árboles altos, las aguas profundas, la textura de la hierba mojada contra los pies descalzos, el encanto del barro, la nieve, el fuego. Yo siempre ansiaba, me moría por ir más alto, más rápido y más lejos. Ellas amonestaban, yo desobedecía.

Gordon también. Mi hermano Gordon. Éramos tal para cual.

Mis comienzos; el comienzo universal. Del barro a las estrellas, dije. Ergo, el caldo primordial. Ahora bien, puesto que nunca he sido una historiadora convencional, nunca la cronista arquetípica de esperar, nunca como aquella mujer seca como un hueso que me enseñó sobre el papado en Oxford hace una eternidad, puesto que he enfurecido a más colegas que platos calientes han comido ustedes, optaremos por escandalizar. ¿Narrar desde el punto de vista del caldo, quizá? Que el relator sea uno de esos errantes, flotantes crustáceos plumosos. ¿O un amonites? Sí, un amonites, creo. Un amonites con sentido del destino. Un vocero de los fluyentes mares jurásicos, para que les diga cómo era.

Pero aquí se sacude el caleidoscopio. El Paleolítico, para mí, no se encuentra muy distante del siglo XIX: basta con menear el tubo una sola vez y cambiar el dibujo. El siglo XIX fue el primero en reparar en ese período, en reparar sobre qué caminaban. ¿A quién no atraerían esas figuras majestuosas que andaban a zancadas por playas y laderas, demasiado elegantes y barbudos, cavilando sobre inmensidades? Los pobres descaminados de Philip Goose, Hugh Miller y Lyell, y el mismísimo Darwin. Parece haber una afinidad natural entre levitas y barbas, y las resonancias de las rocas; Mesozoico y Triásico, oolitos y lías, Cornbrash y Greensand.

Pero Gordon y yo, de once y diez años, jamás habíamos oído hablar de Darwin; nuestro concepto del tiempo y sus divisiones era personal y semántico (hora del té, hora de la cena, última vez, perder el tiempo...); nuestro interés en Asteroceras y Primocroceras era codicioso y competitivo. Con tal de llegar antes que Gordon a un prometedor filón de fango jurásico yo estaba dispuesta a reducir a añicos ciento cincuenta millones de años con mi reluciente martillo nuevo y, de ser necesario, romperme un brazo o una pierna en una caída desde una sección vertical del Blue Lias en la playa de Charmouth en 1920.

 

*

 

Ella sube un poco más, a la siguiente y resbaladiza meseta del acantilado, y se acuclilla para registrar frenética los fragmentos de roca azul grisácea que la rodean en busca de esas tentadoras espirales estriadas, da un salto con una expresión de triunfo: un amonites, casi entero. La playa, ahora, está lejos, más abajo; sus gritos estridentes, sus ladridos, sus llamadas son claros y fuertes, pero de otro mundo, carentes de importancia.

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