ISBN: 9789875001619

Formato: 320 págs. 14 x 22 cm.

Fecha Publicación: 2012

Precio: $ 300,00 (U$S 17,65)

Última resaca

Capítulo uno

¡Clic!... ¡Ahí estaba de nuevo! Iba caminando a lo largo del acantilado, en Hunstanton, y le había vuelto a pasar… ¡Clic!
¿O lo describiría mejor crash o crac?

Era un ruido dentro de su cabeza, y así y todo no era un ruido. Era el sonido que queda cuando un ruido cesa de manera abrupta: el efecto temporario era ensordecedor. Como si alguien se sonara la nariz con demasiada fuerza y el mundo, afuera, se volviera de pronto lóbrego, sin vida. Y sin embargo no estaba sordo físicamente: sólo sucedía que no podía pensar más que en términos físicos sobre lo que había ocurrido dentro de su cabeza.
Era como si se hubiera venido abajo una persiana. Cayó sin hacer ruido, pero todo había ocurrido tan rápido que él sólo podía imaginárselo como un crac o un crash. Se había apoderado de su cerebro repentinamente como una película, una membrana que, inducida por un cuerpo extraño, le hubiera cubierto los ojos. Sentía que si sólo pudiera “hacer parpadear” el cerebro se disiparía de inmediato. Una película. Sí, también se parecía al otro tipo de “películas”… a las películas “habladas”, a las sonoras. Era como si hubiera estado viendo una película, y de improviso hubiera fallado el sonido. Las figuras sobre la pantalla no dejaban de moverse, se seguían comportando de manera más o menos lógica, pero formaban parte de un mundo diferente, silencioso, indescriptiblemente sobrecogedor. La vida, que hasta un instante antes había sido una película “hablada”, de pronto se le convertía en película muda. Y de fondo no había ninguna música.
No estaba asustado, porque a esas alturas ya estaba acostumbrado a que le pasara. Le había sucedido durante todo el último año, los dos últimos años; incluso podía remontarse hasta su más temprana infancia. Por aquel entonces no había sido nada tan nítido ni definido, pero recordaba muy bien lo que llamaba sus estados de ánimo “muertos”, cuando no podía hacer nada de manera normal, pensar nada común, cuando no podía prestar atención en las clases o jugar, ni siquiera escuchar el alboroto de sus compañeros. Solían incordiarlo con eso hasta que al final terminaron por aceptarlo. Se decía que el “viejo Bone” estaba pasando por uno de sus humores “idos”. El señor Thorne tenía la costumbre de ser sarcástico. “Bien, querido Bone, ¿es este uno de tus… eh… uno de tus maravillosamente convenientes períodos de amnesia?” Pero hasta el señor Thorne terminó por aceptarlo. “Qué muchacho extraordinario –le escuchó decir a Thorne en cierta oportunidad, que no sabía que, por casualidad, lo estaban escuchando–. Creo, lo digo de verdad, que es en serio.” Y con frecuencia, en vez de hacerlo quedar como un tonto delante de la clase, hacía una pausa, le lanzaba una mirada curiosa y comprensiva, y, después de pedirle que se sentara, sin el menor comentario irónico, le indicaba a algún otro chico que hiciera lo que no había podido hacer él.
Estados “muertos”… sí, toda su vida había pasado por esos estados “muertos”, pero en otras épocas había salido de ellos con lentitud, como deslizándose… no habían sido ni tan frecuentes, ni tan repentinos, ni tan letales, ni lo habían escindido de su otra vida de manera tan tajante. No se le aparecían con ese extraordinario crac; eso era algo que sólo venía pasándole el último tiempo. El asunto lo había trastornado un poco al principio; incluso, en algún momento, pensó en consultar a un profesional. Pero no consultó a nadie y ahora sabía que no iba a hacerlo nunca. Se sentía relativamente bien; la cosa no le producía inconvenientes serios; y había tantas otras cuestiones de las que preocuparse… ¡Por Dios, tantas cuestiones de las que preocuparse!
Y ahora iba caminando a lo largo del acantilado, en Hunstanton, durante la tarde de Navidad, y le había vuelto a ocurrir. Había almorzado con su tía en Navidad, y salió, como bien le dijo a ella, a “dar una vuelta”. Llevaba un piloto ligero. Tenía treinta y cuatro años y una figura alta, fuerte, fornida, desgarbada. El cutis colorado, fresco y un pequeño bigote. Los ojos eran grandes, celestes, tristes, inyectados en sangre por el humo y la cerveza. El aspecto era el de alguien que hubiera concurrido a una escuela paga de bajo nivel y estuviera buscando venderle a alguien un coche de segunda mano. Así como cierta gente tiene un aspecto inequívocamente “caballuno” y lleva el sello de Newmarket, él llevaba el sello de Great Portland Street. Te hacía pensar en “bares a la vera de la ruta”, hay miles de su tipo frecuentando las salas de los pubs a lo largo y ancho de toda Inglaterra. Su boca llena, no obstante, era, antes que cruel, débil. Se llamaba George Harvey Bone.

En realidad, fue sólo en los momentos inmediatamente posteriores a esa súbita transición –la desaparición de la banda sonora, el pase de la película hablada a la película muda– cuando pensó en el extraordinario cambio que tuvo lugar en su mente, o verdaderamente fue consciente de él. De pronto estaba mirando la película muda –la película muda sin música– como si nunca hubiera existido la película hablada, como si lo que veía siempre hubiera sido así.

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