ISBN: 9789875000070

Formato: 238 págs. 16 x 23 cm.

Fecha Publicación: 1997

Precio: $ 245,00 (U$S 14,41)

Agotado

La nueva era de las desigualdades

Introducción. El malestar francés

Está claro que hoy existe un malestar francés. Violencia creciente tanto en los suburbios como en la escuela, manifestaciones contra la reforma de la Seguridad Social, huelgas de los servicios públicos, descontento de los estudiantes, desgaste acelerado de los gobiernos, instalación duradera del Frente Nacional en el paisaje político: estos múltiples síntomas, de orden muy diferente, son testimonio de ello. Pero, ¿cómo ir más allá de la mera constatación? No basta con enunciar una detrás de la otra algunas fórmulas generales sobre el crecimiento del incivismo, el hundimiento de los valores morales, la ingobernabilidad de la sociedad francesa o la crisis económica para hacer progresar el diagnóstico. Eso no ayuda ni a evaluar, ni a comprender ni a encontrar las soluciones posibles.
El nuevo malestar francés, sin lugar a dudas, está vinculado a la existencia de un desempleo masivo cuya persistencia alimenta la doble sensación de una pérdida de identidad y una incertidumbre creciente sobre el futuro. Pero al mismo tiempo se percibe claramente que el fenómeno es más profundo y más complejo. Lo que se quiebra secretamente es tanto la misma organización social como las representaciones colectivas. Los franceses ya no saben muy bien quiénes son, a qué conjunto pertenecen, qué es lo que los liga unos a otros. Ya no saben adónde van exactamente y temen vivir mañana peor que hoy. El plebiscito de cada instante que es una nación toma día tras día, y confusamente, el cariz de una desaprobación plebiscitaria. Ésta se expresa tanto por la transgresión individual del contrato social y cívico como por el desafío generalizado hacia los dirigentes políticos, económicos o mediáticos, por los accesos febriles o gozosos de revuelta popular, y también mediante el voto de protesta.
Como los datos de este malestar no se pueden comprender bien, el porvenir tiende a aprehenderse en la doble modalidad de la resignación y el rechazo ciego. Dos visiones del mundo, igualmente negativas, comienzan a enfrentarse al mismo tiempo en nuestro país. Por un lado, una especie de fatalismo fundado en una fachada de optimismo sobre el carácter ineluctable de las transformaciones económicas. Por el otro, el regreso vigoroso de una actitud de repliegue y rechazo, que imputa todos los males de la época a la globalización y a las perspectivas de la unidad monetaria europea, y que conduce al resurgimiento de un proteccionismo primario.
Las dos actitudes coinciden en un común abandono a los facilismos y las ideas aceptadas. Hay en ambos casos una misma manera de conjurar el enfrentamiento con las dificultades del porvenir mediante un retorno a viejos reflejos. Atrapada entre su reciente conversión al realismo económico y su tentación de resucitar antiguos fantasmas para recuperar una identidad que hoy le cuesta formular, la izquierda está allí particularmente fragmentada e involucrada.
Para salir de esta impasse, en primer lugar hay que intentar renovar nuestros análisis. Vivimos ciertamente una mutación económica decisiva (la de la globalización) y vemos con claridad el agotamiento de cierto tipo de regulación de la economía. Pero al mismo tiempo sentimos que el problema es más amplio. Todos comprueban que, con el desarrollo de la globalización, surgen relaciones inéditas entre economía, política y sociedad. Vivimos a la vez el agotamiento de un modelo y el final de un antiguo marco de inteligibilidad del mundo. Nos encontramos por eso ante un gran punto de inflexión de la modernidad. Ya conocimos tres de ellos. El primero, a partir del siglo XVII, condujo a la introducción del Estado moderno para dar forma y consistencia al territorio y la nación. En un segundo momento, en el siglo XVIII, la sociedad civil se emancipó, permitiendo el auge de la economía de mercado y el desarrollo de cierta autonomía individual. En el siglo XIX, el gran punto de inflexión consistió en una “invención de lo social” que posibilitó la reorganización de las condiciones de la vida común y el ejercicio de la solidaridad que ni el Estado clásico ni el mercado eran capaces de tomar a su cargo. El siglo XX creyó por un tiempo haber consolidado definitivamente este edificio con la instauración de los regímenes de protección social. Pero fue sacudido por la internacionalización económica y la crisis del Estado providencia. Así, pues, lo que hay que enfrentar hoy es verdaderamente un cuarto punto de inflexión, para reformular las condiciones del vínculo social y cívico en la era de Europa y la globalización.
Esta “nueva gran transformación” está en marcha desde los años setenta, pero sólo se hizo completamente perceptible después del hundimiento del comunismo. En efecto, desde la caída del muro de Berlín, las democracias occidentales, durante mucho tiempo preocupadas sobre todo por protegerse de la amenaza totalitaria, se vuelven más hacia sí mismas. Se descubren frágiles, minadas desde adentro por la prosecución misma de su propio proyecto. Es cierto que el ideal de una sociedad abierta al exterior y fundada sobre la libre asociación de individuos soberanos se afirma de manera excluyente. Pero ese triunfo es al mismo tiempo el principal peligro que acecha a una sociedad semejante, porque parece amenazar la existencia de la obra nacional, erosionar el vínculo social y disolver la comunidad cívica. El sentimiento de inseguridad e incertidumbre es así, sin duda, el fruto de la globalización económica y de la individualización sociológica, nacidas del cumplimiento mismo del programa moderno.
Toda la dificultad está allí. El triunfo del individualismo aporta consigo un formidable potencial de progreso y, al mismo tiempo, de padecimientos. El mercado mundial impulsa el crecimiento y destruye puestos de trabajo; permite financiar la economía pero limita los márgenes de maniobra presupuestarios; multiplica las riquezas pero aumenta las desigualdades hasta lo intolerable. Del mismo modo, el movimiento de la democracia libera a los individuos pero atomiza el cuerpo social y deshace las solidaridades. Salvo que se niegue la vivencia cotidiana de los ciudadanos y su angustia ante el porvenir, no es posible entonces contentarse con saludar esta consumación de la sociedad individualista como si realizara los fines últimos de la humanidad. La apología del mercado y de la defensa de los derechos del hombre no bastan para construir una representación de la sociedad que permita que ésta se reconcilie consigo misma y rechace las amenazas.
La gran transformación que vivimos no puede reducirse, sin embargo, a los meros fenómenos de extensión e internacionalización de los mercados. Si la globalización produce todos los efectos desestructurantes que verificamos, es también porque tiene lugar en el marco de una transformación a largo plazo de nuestras sociedades, de orden interno. Éstas son particularmente vulnerables al impacto de la globalización porque están atravesadas por nuevas fragilidades y marcadas por formas igualmente nuevas de desigualdad.
Dos padecimientos se superponen en primer lugar en el malestar contemporáneo. El más visible es el procedente de las conmociones económicas. Pero hay también otro, más subterráneo, que remite a los efectos destructores del individualismo moderno. La crisis que atravesamos es entonces indisociablemente económica y antropológica; es, a la vez, crisis de civilización y crisis del individuo. Fallan simultáneamente las instituciones de la puesta en vigor del vínculo social y la solidaridad (la crisis del Estado providencia), las formas de la relación entre la economía y la sociedad (la crisis del trabajo) y los modos de constitución de las identidades individuales y colectivas (la crisis del sujeto).
Pero, por su lado, también las desigualdades cambiaron de naturaleza, aguzando de un modo hasta aquí inédito la sensibilidad a las diferencias. De hecho, la sociedad francesa se enfrenta ahora a dos tipos de desigualdades, que se expresan en términos diferentes. Las desigualdades “persistentes”, en primer lugar, que ponen en evidencia las estadísticas sobre la distribución de los ingresos, la vivienda, etcétera. Corresponden a la visión clásica que se tenía de la desigualdad cuando se construyeron esos sistemas estadísticos. Es decir, en un momento en que, debido a que el riesgo de desocupación era menor, la desigualdad en las probabilidades de encontrar un empleo no llegaba a perturbar la interpretación que podía hacerse de los datos sobre la distribución de los ingresos o las riquezas. Sin duda, esas desigualdades persisten y hasta se profundizan. Pero en lo sucesivo se agregan a ellas nuevas formas, tanto más individualmente experimentadas por encontrar poco eco en los medios de comunicación: desigualdades ante el trabajo y la condición asalariada, incluso ante el endeudamiento, las molestias urbanas, las conductas inciviles, las consecuencias de la implosión del modelo familiar, las nuevas formas de violencia. Movilizadas por la dinámica de la desocupación o la de la evolución de las condiciones de vida, son vividas dolorosamente, aunque sea de manera silenciosa. Es necesario que la toma en consideración de estas nuevas disparidades ensanche el marco de la lucha contra las desigualdades y a la vez vuelva a dar un sentido más fuerte al imperativo de igualdad.
Nuestros conciudadanos perciben con claridad estas mutaciones subterráneas, que nuestras elites y nuestros expertos no siempre comprenden desde las alturas del confort protegido en que viven. Esas nuevas desigualdades, como esas nuevas formas de padecimiento, no se toman verdaderamente en cuenta en el discurso público. Casi ninguna palabra colectiva se hace eco de ellas para darles consistencia y visibilidad. Así, un número creciente de personas comprueban que el discurso y la acción política están cada vez más desconectados de los problemas que viven cotidianamente, como si la política y la sociedad avanzaran por caminos diferentes. Resulta de ello una decepción en aumento y un sentimiento reforzado de injusticia que alimenta un populismo perverso.

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