ISBN: 9789875001565

Formato: 304 págs. 14 x 20 cm.

Fecha Publicación: 2012

Precio: $ 300,00 (U$S 17,65)

Álbum de familia

Allersmead

Gina desvió el auto del camino y se metió por la entrada de Allersmead. En ese punto, le pareció ver toda su vida en un relámpago, como dicen que les pasa a los que se ahogan. Pensó en eso, y también pensó que los que se ahogan de verdad nunca han podido expedirse sobre el tema.

Desde el asiento del acompañante, Philip vio una sólida casa eduardiana, la puerta principal cubierta de vitrales después de un ancho tramo de escalones, en el frente, una explanada de grava sin desmalezar. Todo rodeado de una enfática arboleda. Matas de arbustos. Al pie de la escalera, urnas de piedra desbordadas de geranios escuálidos. Philip había conocido a Gina seis meses atrás, y desde hacía cinco eran pareja.

Gina vio a Alison parada en el escalón más alto, que con los brazos levantados les daba una bienvenida bastante teatral. Vio a Charles que emergía del vestíbulo y los miraba fijamente desde arriba con un dejo de sorpresa.

Philip vio a una anciana rellenita y sonriente de rodete desmañado, a quien se le sumó un hombre alto, encorvado, con una chaqueta de tweed que en la década de 1970 uno hubiese creído ya desaparecidas. Un perro grande y desgarbado lo seguía de cerca, y después se desplomó en el escalón más alto.

Gina vio unos cuantos espectros y los ignoró. Mucha gente hablando, diciendo las mismas cosas que decían desde hacía años. A esos también los borró. Detuvo el auto y se bajó, igual que Philip.

–¡Hola! Les presento a Philip –dijo Gina.

Alison descendió los escalones, abrazó a Gina y le dedicó una sonrisa a Philip.

–Yo soy Alison. Qué gusto conocerte.

Charles no se movió de donde estaba. El perro azotaba la cola contra el piso.

Philip sacó el equipaje del baúl del auto. Él y Gina subieron los escalones.

–Philip, él es Charles… mi padre –dijo Gina.

Charles pareció evaluar a Philip, como preguntándose si no lo tenía visto de otra parte.

–Y ella es Ingrid –continuó Gina.

Philip vio entonces a otra mujer, allí parada sobre el damero blanco y negro de un amplio vestíbulo con paragüero, hilera de ganchos cargados de impermeables y mesa de roble atiborrada de correo basura. Esa mujer estatuaria y algo más joven, rubia, de pelo lacio y piel rosada, sostenía una cesta de jardín llena de verduras.

–Ingrid tuvo una cosecha espléndida este año –dijo Alison–. Nos salen habas por las orejas.

En la casa había olor a comida en marcha. Era posible distinguir los ingredientes constitutivos: ajo, hierbas aromáticas, vino… algún guiso simple y sustancioso, un coq au vin quizás, o un estofado de carne.

Philip observó las balaustradas de roble de la escalera y el rellano a mitad del ascenso, donde había un banco junto a una ventana con más vitrales y la puerta abierta de una habitación aparentemente llena de libros. Una casa grande. Una casa de la época en que las personas –cierta clase de personas– adoptaban una casa grande.

Gina sintió nostalgia, exasperación y una ardiente necesidad de estar con Philip en el departamento de Camden, cuando él abría una botella de algo a la vuelta del trabajo.

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