ISBN: 9789875001534

Formato: 176 págs. 14 x 21 cm.

Fecha Publicación: 2011

Precio: $ 180,00 (U$S 10,59)

En la pendiente

Capítulo I

Todo gira. Y todo gira en torno a él. Hasta me tienta imaginar que en este instante está rondando sigilosamente la casa. Con puñal o sin él. Pero partió, dicen, y no oigo más que grillos y a lo lejos los ladridos de la noche.

Uno viene a pasar los días de Pentecostés al Tesino pensando que podrá sumergirse con toda tranquilidad en la historia de la ley del divorcio, y de pronto este desconocido, este Loos, se cruza y logra inquietarme tanto que acaba con cualquier intento de recogimiento. La gota que faltaba la puso Eva, en Cademario. Hoy regresé bastante confundido, llamé a la revista, mejor dicho, como es domingo de Pentecostés, al número particular del redactor en jefe, y le comuniqué que no estaba en condiciones de entregar el artículo a tiempo. Imposible, tengo una sinusitis aguda y fiebre, dije tapándome la nariz con el pulgar y el índice. Sí, se oye lo mal que está, dijo el redactor.

Sí, bastante mal. Las fosas nasales están intactas, tampoco tengo temperatura y, sin embargo, parecería que me aquejara una especie de fiebre frontal. La sien la mantengo presionada para apagar el tumulto que hierve detrás, pero está tan caliente que es como si las ideas que dan vueltas, frenéticas una y otra vez alrededor de lo mismo, estuviesen en plena combustión.

Sería fantástico poder dormir, sacarme de encima el peso de Loos, las frases de Loos, desollarlas y expulsarlas de mi cerebro, del que quedaron prendidas como pelusas. El propio Loos me dijo: No olvide el olvido, si no se volverá loco. Él sabrá qué quiso decir. Pero también dijo, aunque en otro contexto: de todas las pestes de estos tiempos, el olvido es la que se abre paso con más sigilo, y por eso es la peor.

Bueno, sea como fuere, no puedo deshacerme de él con sólo ordenarme dejar de pensar. Eso haría que se expandiera aun más y me oprimiera la conciencia de una manera todavía más exasperante. Conozco el fenómeno desde que Andrea, ya hace quince años (yo por entonces tenía veinte), me dejó como a un perro. Con el tiempo en realidad aprendí a destrabar esos mecanismos y a acercarme con cierto método a lo que parece ser una maraña de hebras desflecadas. Hay que buscar el principio, desenredar la madeja con cuidado, tomar la hebra, desenrollarla sin apuro y enrollarla en el carrete con esmero, tirante.

Muy fácil decirlo, ¿no es así, mi querido Loos? Lo cierto es que en ese punto tú fracasaste rotundamente, si es que alguna vez lo intentaste. ¿Lo hiciste? ¿O siempre te manejaste de manera, cómo decirlo, tan extravagante con tu madeja, con tu hebra, como en la terraza del Bellevue?

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