ISBN: 9789875001510

Formato: 136 págs. 14 x 21 cm.

Fecha Publicación: 2011

Precio: $ 150,00 (U$S 8,82)

Ciento dieciséis chinos y algunos más

1942

Habría que imaginar una bolita de plomo, lo bastante oscura como para concentrar toda la luz del día, densa por el peso y el calor mezclados, confundidos. Habría que imaginarla inmóvil. Tendría como base una montaña. Una montaña en el centro de Italia, una de las más altas, aunque no la más impresionante, que se le presentaría como una barrera natural al que viniera de la costa poco distante. Habría que aproximarse a ella como a algo prohibido, a través de pequeños valles despejados. Las formas curvas de las colinas ocultarían su rigidez durante un buen rato. Y luego quedaría al descubierto, se estaría delante de ella, frontera obvia, señal de detención forzosa para quien quisiera continuar obstinadamente, en línea recta, hacia el oeste. Pero esto ya significaría encontrarse al pie de la montaña, y es todavía demasiado pronto; por el momento, la bolita de plomo se encuentra en la cumbre;

nadie lograría llegar a verla. Habría viento, pájaros que se arremolinan. La bolita sería el pequeño suplemento de altitud, ínfimo y provisorio, de aquella montaña. Permanecería ahí; se haría de día. Después, todo cambiaría. Un soplo, un vaivén, un golpe. Incluso, tal vez, algo sordo y telúrico. Una ruptura del equilibrio, algo violento. Y la bolita terminaría por caer: primero de su montículo, con modestia, adquiriendo un impulso frágil, desplazando sin cesar su materia y calor por el espacio, presta a detenerse en un rellano; pero no, atraída por el vacío, reclamada por la nada, seguiría, adquiriría velocidad, ardiente y aislada en el frescor de esas alturas. Iría cayendo. Pronto alcanzaría el límite, casi una línea de nivel, entre la cima rocallosa de pendiente vertiginosa y la amplia base arbolada, que parece hacer de apoyo. Llegaría hasta allí con rapidez tras una cantidad precisa de rebotes contra las piedras, efímeros contactos para salir mejor en dirección a otras rocas, rocas que habrían sido colocadas en su trayectoria por la propia historia de cada una de ellas. Una vez alcanzado el bosque, allí donde la pendiente se atenúa, allí donde el aire es más húmedo, la bolita tal vez aminoraría su marcha, de manera imperceptible en todo caso, todavía embebida en la velocidad que alcanzó a través de los abetos blancos. Cada punto de su exigua superficie se vería sometido a la súbita e irregular alternancia de luces y sombras, aunque esa irregularidad habría resultado perfectamente inapreciable para quien hubiera estado prestando atención a la bolita de plomo, algo que, desde el momento que la bolita no existe, nadie podría hacer. Frenada apenas por sus golpes, tal vez pasaría cerca de un refugio, tal vez cerca de un hombre que se dirige corriendo hacia ese refugio. Agotado, con la boca abierta, las sienes a punto de explotar, la frente perlada por un sudor ácido que le caería sobre los ojos. Pero ¿se llega a ver esa clase de peligros, se ven esas amenazas, existe ese hombre? Entonces, con su inercia como única guía, continuaría su curso, dejaría aquella aparición en su condición de primicia. Sus golpes contra la tierra blanda se amortiguarían mucho más que aquellos contra la rocalla de la cima, ya lejana, ya parte de la historia y por lo tanto parte del olvido. Siempre distante de los hombres, terminaría, sin embargo, por aproximarse y pronto comenzaría la historia, una elección arbitraria de comienzo y de fin, una vela tendida hacia adelante, una fuga hacia el después. En la sombra, en esos golpes apenas más prolongados, la bolita sentiría de lejos el latido de los corazones humanos, que se transmiten a los pechos y recorren los cuerpos, para después dejarlos y diseminarse por el bosque silencioso.

La bolita atravesaría corriendo esa locura de verdes: el verde suave de las hojas nuevas, atravesado por el sol, que revela las nervaduras y perforaciones; el verde oscuro e impenetrable de las hojas espesas, donde la luz entrega las armas y dibuja apenas los contornos en un contraste cegador; mil matices de verde, por no hablar del ruido de los arroyos, de la tierra en polvo, del roce de las hierbas, y de esa procesión de detalles que la velocidad absorbe, y la brecha clara que anunciaría las lindes del bosque, la abertura hacia el pueblo, los hombres, sus carnes, sus dudas. Pronto llegaría entonces el pueblo, asentado en la confluencia de dos ríos, que también arrastran el enigma de su propia corriente. La pendiente menos pronunciada, los musgos, los golpes contra los árboles darían cuenta de su velocidad, muy pronto se presentaría la perspectiva de un fin a esa trayectoria, todavía algunos hectómetros, pero es algo que estaría cada vez más cerca, ya no sería una especulación. La bolita se atestaría de lentitud en ese extremo del valle, entre los hombres, más hombres, una aparición de hombres presentes a su alrededor, hombres bajo el sol, hombres al pie de la montaña, que se dirigen al pueblo, hombres sobre puentes, hombres que están en vida, como la bolita estaba en movimiento; pero todo tiene un fin, y la bolita, a escala humana, aminoraría el impulso entonces, haciendo que su próxima detención, antes de que explote el mundo, resulte ineluctable. La bolita imaginaria, la bolita que habríamos inventado para aproximarnos progresivamente, la bolita, a paso de hombre, terminaría su recorrido al fondo de ese camino, entre los campos de olivos, donde se encontraría el santuario de San Gabriele, imponente, inesperado, sitio de peregrinación célebre en todo el país. Con su pátina de polvo, se detendría aquí.

Serían las seis de la tarde en ese mundo al margen del mundo. Estaríamos en el 16 de mayo de 1942, en los Abruzos; el pueblo se llamaría Isola del Gran Sasso, algunos kilómetros al sur de Teramo; haría veinte grados. Aquella bolita habría rozado un mundo tentativo y su furia contenida, porque en esa campiña aislada el furor adopta con frecuencia los hábitos del silencio. A su alrededor, los rasgos borrosos de la velocidad habrían sido sustituidos por un universo de precisiones: las hojas temblorosas, las arrugas de un hombre de mirada vacua, la pintura de un banco público que se descascara, olores a tierra seca y tantas otras cosas que contribuirían a esa aparente quietud, y, por lo tanto, a esa furia que no decía su nombre. Estaría, ahora, inmóvil.

Su fin sería un comienzo, frente a San Gabriele, delante de cuyo umbral tres curas aguardan, con las mandíbulas tensas, de pie por la angustia, que algo se detenga. Lo que habría parado no sería la imaginaria bolita de plomo exactamente, sino un convoy de camiones entoldados, precedido por un imponente coche. Se lo habría escuchado llegar por el camino que provenía de Tossicia. Ya por el rechinar de las gomas contra la ruta hubiera podido deducirse que estaba a punto de sobrevenir un hecho poco habitual. Por esa ruta de vez en cuando llegaban autos, pero un oído familiarizado con esa pequeña región, con sus equilibrios sonoros, rápidamente habría captado que se aproximaba algo inédito, y eso, muy pronto, se iba a verificar. El convoy, su lentitud y su nerviosismo, habría descripto un amplio giro delante del santuario. En primer lugar, habrían bajado los carabineros, a los que los tres curas les eran indiferentes; habrían levantado mecánicamente los postigos traseros de los camiones; con energía, le habrían indicado a lo que había vivo ahí dentro que saliera por las suyas y entonces se habría podido ver descender a ciento dieciséis chinos. De aquí en más, la pequeña esfera de metal queda olvidada.

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