ISBN: 9789875001510

Formato: 136 págs. 14 x 21 cm.

Fecha Publicación: 2011

Precio: $ 150,00 (U$S 8,82)

Ciento dieciséis chinos y algunos más

Héroes sin nombre

Felipe Fernández, La Nación - ADN, 21/10/2011

En Ciento dieciséis chinos y algunos más, Thomas Heams-Ogus aborda con originalidad un episodio desconocido de la Segunda Guerra Mundial.

En 1942, por el solo hecho de ser originarios de una potencia enemiga, el régimen de Benito Mussolini confinó a un centenar de chinos residentes en Italia en la región de los Abruzos. El sitio fue un gran dormitorio común originalmente destinado a albergar a los peregrinos del Santuario de San Gabriele, en las inmediaciones del pueblo de Isola. Este episodio poco conocido de la Segunda Guerra Mundial sirve de base para Ciento dieciséis chinos y algunos más, primera novela de Thomas Heams-Ogus, un biólogo francés nacido en 1976.

Una característica especial define el tono narrativo del libro: su protagonista es un personaje colectivo. En lugar de singularizar su relato, el autor elige darle un punto de vista grupal por intermedio de la tercera persona del plural: "Eran puntos dispersos sobre el mapa de Italia que, pronto, quedarían agrupados en uno solo, como en un puño que se cierra". Este procedimiento, que busca remarcar la pérdida de individualidad de los confinados, además opera como un eficaz instrumento expresivo para mostrar uno de los principales objetivos de los populismos totalitarios: la conversión de una comunidad de ciudadanos con diversidad de pensamientos en una obediente masa homogénea.

El fascismo italiano -sin llegar al horror de los campos de exterminio nazis- también aplicó la reclusión obligatoria a judíos, gitanos y disidentes políticos como Carlo Levi, que transformó su experiencia en la novela autobiográfica Cristo se detuvo en Éboli.

Heams-Ogus analiza la humillación que este proceso de deshumanización produce en los chinos: "Se los quería signos de una presencia compacta. Ya no se trataba de ser amante, comerciante, padre, viajero, cómplice de juego [?]. No eran más que los Chinos". La pérdida de identidad y de libertad, el sentirse "vidas con permiso" termina por erosionar en ellos un sentido existencial: "Esas vidas calmadas a la fuerza parecían estratificadas, eran simples apilamientos, capas cuyas formas se fundían entre sí para borrarse mutuamente".

La rigurosa condensación del texto intensifica la resonancia de cada concepto. No hay distracciones ni adornos en este ejercicio de austeridad siempre orientado hacia lo esencial. La traducción consigue trasladar al español, con elegante claridad, la violencia contenida y la áspera sensualidad de un lenguaje poético que abunda en imágenes geológicas, como si intentara mimetizarse con la geografía montañosa donde transcurre la historia. El uso frecuente del modo potencial -ya empleado en la misteriosa y extensa metáfora que abre la novela- desdibuja la frontera entre la ficción y el documento histórico. Esta impronta dubitativa refuerza la monótona sensación de absurdo que va carcomiendo las percepciones de los confinados, que caminan "hacia destinos inútiles" y sufren "la tortura inaudita" de aceptar con naturalidad el "delirio impasible" al cual han sido condenados.

La segunda parte de la novela refiere el bautismo de cuarenta chinos de Tossicia, pueblo vecino a Isola. No puede hablarse de una trama propiamente dicha. Esta crónica de personajes anónimos con amagos de pesadilla -descripta en un pasaje como "una renovada permanencia de los matices de la nada"- desarrolla algunos incidentes individuales.

En uno, la simple fabricación de un tosco instrumento musical del que brota una melodía nostálgica brinda un fugaz alivio en medio de tanta opresión. En otro, una lugareña le da de beber a un chino insolado. Ese contacto mínimo significa una especie de transfiguración liberadora para ambos, que les permite recobrar por un momento el sentido del universo. Aunque hay un acercamiento a las psicologías de esa mujer y de ese hombre, la posibilidad de que se profundice el vínculo entre los dos queda interrumpida.

La guerra irrumpe en el último tramo del libro con la llegada de los alemanes. Un grupo de chinos escapa del Santuario de San Gabriele, se une a los partisanos y juntos combaten contra las tropas nazis. Las escenas bélicas cambian la atmósfera narrativa: de la inercia se pasa a la acción. Los confinados salen de su encierro atemporal y son devueltos a la historia con mayúsculas. Aquí finalmente la dimensión colectiva del personaje se desprende de su carga negativa y adquiere los rasgos de una heroicidad unánime cuyo enfoque podría compararse, en un plano visual, con el utilizado por el director ruso Sergei Eisenstein en la célebre película El acorazado Potemkin.

Fuente: www.lanacion.com.ar/m1/1415742-heroes-sin-nombre

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