ISBN: 9789875001503

Formato: 344 págs. 14 x 22 cm.

Fecha Publicación: 2011

Precio: $ 290,00 (U$S 17,06)

Consecuencias

Parte 1

Se conocieron en un banco de Saint James Park el 6 de junio de 1935. Lorna estaba llorando porque había tenido una violenta discusión con su madre; Matt alimentaba a los patos para atraerlos hacia él. Sentado con un bloc de dibujo sobre las rodillas, tenía una mano en constante movimiento, mientras con la otra arrojaba ocasionalmente algún bocado para tener pendientes a las aves. Él dibujaba; los patos se agolpaban y parecían comentar entre sí; Lorna dejó de llorar y observó la escena con creciente interés, como en trance. Cuando Matt finalmente advirtió su presencia, la miró de reojo, y con eso bastó.

Un rato después, fueron a un salón de té cercano. A esa altura, Lorna ya sabía que los bocetos de patos estaban destinados a ilustrar  un libro sobre estuarios y canales, un encargo que Matt había recibido. Matt era artista; básicamente, hacía grabado en madera. Él entendió –o más bien creyó entender, ya que ella no dijo nada al respecto– que Lorna era una chica contrariada de algún modo con sus circunstancias. Se quedaron sentados durante horas frente a la tetera y la bandeja de pasteles, y después deambularon por las calles, ajenos al paso del tiempo. Al final del día, los dos sabían que el rumbo de sus vidas había cambiado. Lorna volvió a  Brunswick Gardens para enfrentar un nuevo estallido de desaprobación de su madre. Matt sólo sabía que tenía que estar con ella otra vez, y para siempre.

A su debido tiempo, Lorna lo llevó a su casa y se lo presentó a sus padres, quienes al principio se mostraron amables, aunque un poco distantes. Acto seguido, cuando el padre de Lorna descubrió que el grabado en madera no era un hobby sino el modo como Matt se ganaba el sustento, el condescendiente interés mutó en froideur. Le dijo a Lorna que Matt era un artistucho bastante agradable, pero que no valía la pena dejar que las cosas pasaran a mayores, ¿no te parece? Lorna le respondió que las cosas ya habían pasado a mayores: ella y Matt estaban comprometidos. Lucía en su dedo un anillito victoriano que habían comprado por media guinea en el mercado de Portobello la semana anterior. Para pagarlo, Matt había empeñado un atril.

Gerald Bradley gritó; Lorna se quedó sentada, amotinada en su silencio. Marian Bradley entró en la habitación retorciéndose las manos y se sumó al griterío, sin exceder el volumen admisible en una dama. Cuando la escena llegó a su fin, Lorna se subió en el autobús 73 rumbo a Islington, donde encontró a Matt con las primeras pruebas de impresión del grabado de los patos. En primer plano, un remolino de aves con plumaje de intrincada textura; más atrás, el centelleo del agua y la llovida trama de los sauces, que por alguna razón arrastraban el ojo hacia el fondo de la imagen y la volvían tridimensional, una versión intencional y abigarrada del telón de fondo de su primer encuentro; ella vio el lugar, pero ahora también veía el artefacto, esa brillante manifestación de la mirada y de la mano de Matt. Y a un costado, enmarcada por los patos, una pequeña figura distante sentada en un banco, una chica de cabello oscuro, la curva blanca de su vestido. “Eres tú”, dijo Matt.

Se casaron en el registro civil de Finsbury. Los testigos fueron Lucas Talbot, amigo de Matt, y una antigua compañera de escuela de Lorna, Elaine, que nerviosa y sobrexcitada no paraba de repetir “No sé qué irán a decir tus padres”. Una vez hecho lo que habían ido a hacer, los cuatro compartieron un almuerzo incómodo en Lyons Corner House; Elaine seguía cotorreando con nerviosismo y era evidente que el larguirucho y desgarbado Lucas, dueño de una pequeña editorial en Fulham, no la fascinaba para nada. Después, Lorna y Matt se dirigieron a Brunswick Gardens para enfrentar a los Bradley.

En años venideros, relatarían que el padre de Lorna había dicho textualmente: “Que ni sus sombras vuelvan a pisar esta casa”. Era una licencia poética, pero en la metáfora venía el mensaje. Mantuvieron un breve y frío intercambio de palabras en la sala: dos parejas sentadas frente a frente en sendos sofás, separadas solamente por un grandioso búcaro de azucenas cuyo perfume inundaba la habitación. Desde algún lugar de la casa llegaba el vozarrón de los dos hermanos mayores de Lorna, tomándose el pelo. En un momento, la criada llamó a la puerta para preguntar si debía servir el té. La madre de Lorna le respondió que no haría falta. En esta oportunidad no hubo gritos. Marian Bradley se mostró ofendida y petulante; el disgusto de su marido se traducía en un lacónico rechazo. En medio de ese abismo abierto entre ellos, la dulce eclosión de las azucenas. En el aire quedó flotando todo lo que podrían haberse dicho, hasta que ninguno de ellos pudo tolerarlo más y Lorna subió a su dormitorio a llenar una maleta con su ropa, mientras Matt la esperaba en el vestíbulo. En el piso de arriba, Gerald se tomó un whisky puro y Marian llamó a la criada: una taza de té no le vendría nada mal, después de todo.

¿Por qué era tan terrible que fuera artista?, se preguntaría Lorna mucho tiempo después. Ellos tenían obras de arte en las paredes. Compraban cuadros. Incluso Papá le había encargado a William Nicholson un retrato de Mamá.

Y Matt se reía.

–Precisamente. Cuentapropistas, no la clase de persona que uno espera que se case con su hija. Hábitos irregulares, ingresos erráticos. Tu padre tenía bastante razón.

Las relaciones, por así llamarlas, se reanudaron a los pocos meses. Un intercambio de cartas y tarjetas navideñas. Para entonces, Lorna ya era otra persona, quizá la persona que siempre había estado destinada a ser. Su madre le escribía misivas breves y triviales sobre los eventos sociales y los logros deportivos de los muchachos; para el cumpleaños de Lorna, le hizo llegar un monedero de seda de Harrod’s. Cuando abrió el paquete, sobre la mesa de su cocina en Somerset, Lorna tuvo la sensación de estar frente a un objeto de otro planeta; ahora, su vida anterior le parecía casi un mito, algo que en algún momento había soñado.

Matt sólo sabía que su felicidad era plena, que estaba totalmente enamorado, y que los años que se extendían frente a él le deparaban más de lo mismo.

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