ISBN: 9789875000902

Formato: 296 págs. 15 x 23 cm.

Fecha Publicación: 2005

Precio: $ 300,00 (U$S 17,65)

Agotado

Un momento historiográfico

Trece ensayos de historia social

Presentación

Los textos reunidos en este volumen fueron escritos y publicados durante un lapso bastante largo, desde fines de los años setenta. Incluso para un historiador, un cuarto de siglo es suficiente para provocar la sensación de que, en ese lapso, sus interrogantes, sus expectativas (y a veces las condiciones) acerca de su oficio cambiaron, porque la disciplina evoluciona, pero también porque el mundo se ha transformado a su alrededor. A todas luces, el tiempo de la disciplina histórica es más lento que el de la historia. Y también menos dramático, mejor protegido contra las violencias de lo cotidiano. Sin embargo, para quien tiene la posibilidad de observarlo con cierta distancia, se impone la sensación de una evolución profunda en nuestras maneras de pensar y de hacer. Este libro querría dar cuenta precisamente de eso. Los textos fueron elegidos por el autor y el editor, entre muchos posibles, con la intención de ilustrar una gama de interrogantes que fueron los míos, pero también, más ampliamente, los de una generación de historiadores, y en los que la generación siguiente pueda acaso también reconocerse, por lo menos en parte. Entendámonos bien: no se trata de describir un itinerario intelectual que no tiene ningún motivo para reivindicar cualquier ejemplariedad, y que por lo demás correría el riesgo de sólo tener interés para mí. A través de esta selección de textos, tampoco pretendo ilustrar una posición teórica unificada, cuya necesidad imperativa, como muchos historiadores, no experimento en mi trabajo de todos los días. Para bien y para mal (a menudo para bien y en ocasiones para mal), la historia depende fundamentalmente del género de las “artes de hacer”, vale decir, de una gama de prácticas en las cuales la teoría difícilmente se emancipa de las formas concretas de la investigación y la escritura; lo que por supuesto no significa que esté ausente ni que podamos permanecer desatentos a las implicaciones teóricas de nuestras actitudes. El objetivo de esta recopilación es más simple y modesto a la vez. Precisamente, querría ilustrar algunas prácticas de investigación reubicándolas en los marcos de referencia en los que adquirieron su sentido; mostrar cómo tales prácticas se transformaron en función del desplazamiento y la renovación (por lo menos parcial) de los cuestionarios que orientaban esas prácticas.
Así se explica mi decisión, la de incluir aquí textos que, en apariencia, se inscriben en dos registros que la mayoría de las veces se distinguen, y que por el contrario creo necesario confrontar de manera permanente. El primero es historiográfico. Detrás de esta palabra, que hoy conoce una nueva preferencia tras haber estado muy desacreditada, pongo algo realmente distinto –y algo más, espero– que la clásica historia de la historia. La reflexión historiográfica se dedica a comprender la escritura de la historia como una operación, para retomar la bella expresión de Michel de Certeau, vale decir, como un conjunto de procedimientos inseparablemente escriturarios y cognitivos que son movilizados al servicio de esta actividad extraña, paradójica y sin embargo familiar: producir un discurso verdadero sobre aquello con lo que ya no podemos tener una relación directa, y que ya no existe para nosotros sino en el modo de la ausencia. Porque desde que existe, por lo menos en su versión occidental, la actividad histórica mezcla dos repertorios diferentes, y los mezcla inextricablemente. Por un lado, pretende ser una práctica de conocimiento, cuyos instrumentos se renovaron y que no es exagerado pensar que no dejó de progresar. Por el otro, está investida de una función social –la construcción de una relación específica con el presente y el pasado, con el pasado a partir del presente– que engloba la actividad de conocimiento y que además no es la única que se ocupa de esto en nuestras sociedades. De ser necesario, bastaría como recordatorio la tensión entre historia y memoria, que desde hace una generación empezó a ponerse en marcha una vez más y que hoy adopta en ocasiones formas exasperadas. Hacer historia, articular un discurso de verdad sobre el tiempo a partir de un tiempo particular, nunca es separable de una exigencia y una producción de inteligibilidad de las huellas subsistentes de un pasado que tratamos de reapropiarnos en función de las expectativas de nuestro presente. Conviene tomar en serio esta ambivalencia, que a menudo adoptó la forma de una ambigüedad, durante mucho tiempo mal experimentada por los historiadores. Ello es la condición misma de su oficio, cualquiera sea o haya sido, de manera recurrente, su ambición de sustraer de la historia la aprehensión histórica del pasado. Es más conveniente no ceder ni un ápice en la exigencia de conocimiento que sigue siendo inseparable de la actividad historiadora desde que ella existe. Esta evocación puede parecer inútil. Sin duda lo sería si la historia, y más ampliamente las ciencias sociales, no hubieran sido sometidas, desde hace unos veinte años, a una ofensiva relativista y escéptica que en ocasiones cuestionó hasta la posibilidad de un conocimiento de lo social. Así como creo indispensable –y a decir verdad ineludible– interrogar sin descanso nuestras prácticas, nuestras convicciones y hasta nuestras interrogaciones, igualmente creo que esa duda heurística, a riesgo de ser estéril, debe saber resistir a su propio vértigo y definir los dominios sobre los cuales pretende ejercer su derecho de observación.
Esto es lo que tal vez permita circunscribir mejor la intención de los ensayos historiográficos que figuran en este libro. Escritos en un período de más de veinte años, fueron concebidos para acompañar la reflexión de la disciplina sobre sí misma, a partir del punto de vista particular de un historiador francés cercano a los Annales, pero consciente –por lo menos eso espera– de cómo cambiaba el mundo a su alrededor, y por supuesto también el mundo historiográfico. Volveré sobre este punto dentro de un momento. No desconozco ni la existencia ni la importancia de las modas: ellas afectan a nuestro oficio como a cualquier sector de la actividad social. Pero no bastan para dar cuenta del cambio y la innovación en nuestras disciplinas. No son recibidas, ni son interesantes, sino en la medida en que son pertinentes, vale decir, que nos ayudan a plantear preguntas nuevas, dibujar configuraciones y lecturas inéditas, sugerir desarrollos originales. Entonces pueden transformarse en proposiciones operatorias, por lo menos durante un tiempo. Para tomar un ejemplo sobre el cual vuelvo más largamente en este volumen, tal fue el caso de la micro-historia en los años 1980-1990. Para historiadores formados, como era mi propio caso, en la historia social clásica tal y como la había poderosamente ilustrado la tradición francesa en particular, las interrogaciones y proposiciones formuladas por los microhistoriadores italianos fueron primero el medio de un retorno crítico sobre nuestras convicciones. Nos impusieron reflexionar sobre las expectativas, a menudo implícitas y por eso mismo demasiado evidentes, de la concepción de lo social que habíamos recibido y que nos inclinábamos a reproducir como si fuera evidente; en ocasiones nos llevaron a elaborar estrategias de investigaciones alternativas, pero más frecuentemente a evaluar mejor nuestros instrumentos más familiares.
Los ensayos que aquí se conservaron tienen que ver con esos retornos críticos que son inseparables de la reflexión histórica, como de cualquier otro desarrollo científico. Pero en este punto es preciso reconocer que la generación de historiadores a la que pertenezco tuvo la sensación de atravesar un período tormentoso, donde esos cuestionamientos fueron numerosos y vigorosos a la vez. Como muchos historiadores franceses –y no solamente franceses–, fui formado en la tradición de los Annales, los de Marc Bloch y de Lucien Febvre, pero también en la de sus continuadores, Fernand Braudel, Ernest Labrousse, Pierre Vilar, y luego la siguiente generación, Georges Duby, Jacques Le Goff, Emmanuel Le Roy Ladurie, Maurice Agulhon y muchos otros. Yo fui el editor de la revista y en la actualidad sigo formando parte del equipo que la respalda. Pasé lo esencial de mi vida profesional en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, es decir, en la institución que nació, inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, del programa de los Annales, el de una confrontación abierta y decidida entre la historia y las ciencias sociales. Sin ningún problema, me sigo sintiendo cercano a ese movimiento de pensamiento e investigación. Más cuando reconozco que, como cualquier organismo vivo, cambió y se redefinió parcialmente. A decir verdad, lo hizo desde sus orígenes. Así, el texto que abre esta recopilación (y que fue una de mis primeras incursiones en el campo de la historiografía), propone leer detrás de lo que se llama, impropiamente en mi opinión,
la “escuela de los Annales”, una serie de tentativas sucesivas para reformular el diálogo inestable entre las disciplinas sociales y la historia. Cuando se la propuso, en ocasión del cincuentenario de la revista, en 1979, esta interpretación sorprendió y en ocasiones impactó, a tal punto podía ser considerada como iconoclasta. Para algunos parecía cuestionar hasta la identidad de esta empresa colectiva, en el mismo momento de su mayor reconocimiento público. Sin embargo, a mi manera de ver, no se trataba sino de reemplazar el trabajo histórico en el contexto intelectual que le da sentido y que nos permite comprenderlo, sin ceder a las fáciles tentaciones de la identificación. Esta actitud, que podía ser un poco inaudita hace veinticinco años, hoy ya no sorprendería a nadie. Ocurre que, junto con la mayoría de las ciencias sociales, la historia entró desde entonces en una zona de marcadas turbulencias de la que todavía no salió. Puede jugarse con las palabras; puede hablarse de “crisis”, entre comillas o no, de dudas, de inquietudes. Pero en todos los casos se reconocerá que el soporte de nuestras certezas no es tan firme como solía ser. Es cierto que en su famoso artículo sobre “La longue durée” (1958), Fernand Braudel estimaba que había que comprender la historia de las ciencias sociales, en su totalidad, como un encadenamiento de crisis recurrentes que era necesario aceptar como una condición normal de nuestro ejercicio; pero eso no impedía que el gran historiador construyera instituciones, lanzara programas, definiera una política de la investigación que la duda no parecía menoscabar. El momento que se abrió durante los años setenta, a mi juicio, es de una naturaleza diferente, y sus efectos fueron mucho más profundos.

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