ISBN: 9789875001428

Formato: 416 págs. 16 x 23 cm.

Fecha Publicación: 2010

Precio: $ 500,00 (U$S 29,41)

Seminario La bestia y el soberano. Volumen I (2001-2002)

Reseña de 'La bestia y el soberano' de Jacques Derrida

Luis Aragón González, Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, 01/06/2011

La editorial Galilée, en la que Derrida publicó la mayor parte de sus libros, ha iniciado la ambiciosa tarea de editar las aproximadamente 14.000 pp. que dejó tras su muerte ocurrida en octubre de 2004. El origen de este vasto material, que dará lugar a 43 volúmenes, a razón de uno por año, son los cursos y seminarios que impartió en la Sorbona (1960-1964), en la École Normale Supérieure (1964-1984) y en la École des Hautes Études en Sciences Sociales (1984-2003). 
El plan que ha diseñado el equipo responsable de la edición, entre los que se cuentan Marguerite Derrida, Geoffrey Bennington, Michel Lisse y Marie-Louise Mallet, consiste en empezar por los seminarios que durante veinte años daba los miércoles en la École des Hautes Études en Sciences Sociales en París. La bestia y el soberano, cuyo primer tomo acaba de ser traducido por Delmiro Rocha y Cristina de Peretti, fue el título escogido para el último de sus cursos entre otoño de 2001 y primavera de 2003. 
Entre las razones para celebrar el proyecto de sacar a la luz los póstumos de Derrida está que con frecuencia la fuente de sus conferencias y de sus libros era el trabajo previo que como docente desarrollaba. Su conocimiento nos ayudará a continuar profundizando en la escritura singular de este filósofo, referencia imprescindible para entender la filosofía del último cuarto del siglo XX, siempre atento en sus lecturas al menor signo de puntuación, sensible a la más imperceptible variación textual, inadvertida al ojo presuroso, multiplicando sus objeciones hasta horadar la aparente solidez de discursos y problemáticas, matizando cada una de sus afirmaciones, abriendo la reflexión a nuevos territorios  dando un renovado impulso a las cuestiones heredadas. Un filósofo que no ha desatendido el cuerpo de la lengua en que se expresa, rompiendo así con la concepción clásica que juzga el idioma un simple medio accidental en la transmisión de las ideas. Este interés por un catálogo de materias marginales o insignificantes, como es el caso de la traducción, ha despertado innumerables recelos en la comunidad filosófica, percibiéndose su obra, cuando no es objeto de una enmienda a la totalidad por esotérica e ilegible, como la de un perspicaz comentarista de autores canónicos pero carente de la profundidad de los grandes pensadores que pueblan el olimpo filosófico.
Los temas que privilegia Derrida en este seminario son la soberanía en su dimensión ético-política y la cuestión del animal que, como señala en De quoi demain…, “es abordada, a menudo de forma directa y explícita, en prácticamente todos mis libros” (p. 107). A través de un microscópico análisis textual de autores heterogéneos, se detiene en la naturaleza política del ser humano, en la política del animal y en la animalización de la política que incluye la ferocidad  el soberano y la figuración animal de la política. El título original, cuya traducción siempre supondrá una traición, permaneciendo hasta cierto punto intraducible, recoge todos estos hilos con los que Derrida hilvana un texto imponente donde además de los filósofos Maquiavelo, Hobbes, Deleuze o Heidegger entre otros, encontramos convocados a los escritores Valéry, Celan o Lawrence. La bête et le souverain: La bestia y el soberano o La bestia es el soberano.
La intervención que lleva a cabo Derrida conmueve o solicita ciertos esquemas de pensamiento que organizan la tradición occidental. En este sentido, la oposición Hombre/Animal se enmarca en un universo conceptual más amplio en el que sobresalen las dualidades cultura/naturaleza, libertad/determinismo, razón/instinto o respuesta/reacción. A partir de este diagnóstico, Derrida despliega una doble estrategia. Por una parte, denuncia la violencia teórica que se ejerce sobre los animales -antesala de su maltrato físico- desde el momento en que olvidamos las diferencias entre ellos y subsumimos toda forma de vida no humana en la totalidad ficticia: El Animal. De la mano de los descubrimientos de la primatología, Derrida insiste en que en algunas sociedades de simios superiores existen formas de organización simbólica como estructuras familiares, trabajo de duelo o prohibición del incesto que desbaratan la pétrea frontera que se habría querido levantar entre el hombre y el animal. Por otra parte, el que desconfíe de esta lógica oposicional no anula toda diferencia entre los humanos y las restantes especies para terminar en una unidad indiferenciada sino que ello le conduce a afinar las diferencias, a profundizar en las desemejanzas. Además, aquellos atributos que se predican del hombre, de lo que testifican Descartes, Hobbes, Kant o Heidegger, como son la libertad, la responsabilidad, la decisión o la soberanía, están parasitados por la repetición, el automatismo o lo inconsciente, en definitiva, por lo otro que habita en cada uno. Si, como señala Lacan, el animal no puede borrar sus huellas, ¿quién podrá afirmar que la borradura de un afecto o sentimiento en el hombre no deje su impronta a un nivel más profundo, y no acabe por retornar a la superficie bajo formas camufladas? Hay que destacar que todo lo que Derrida ha escrito a lo largo de los años a propósito de la iterabilidad como condición de posibilidad de la idealidad, de la repetición de la firma, de un pensamiento del “sí, sí”, de la promesa, del testimonio -singular y universal- es el intento de pensar juntos, en una unión imposible, aporética, el acontecimiento y la repetición, la máquina o la técnica.
Derrida, sin embargo, no se limita a la deconstrucción del modelo cartesiano del animal-máquina imperante en la modernidad, que habría que completar con la herencia bíblica que bendice la dominación del hombre sobre las demás criaturas, sino que intenta establecer otra responsabilidad, otra ética. Para ello, Derrida articula un concepto de justicia que no se reduce al derecho aunque, por otra parte, lo necesite. La justicia, entendida como el respeto al otro, como la ley que dicta la aceptación incondicional de una alteridad no identificable en términos fraternales, que prescribe acoger al que llega, aquel que no tiene rostro, el arribante, quizás el animal, incognoscible en su absoluta extrañeza, reclama, no obstante, un cambio en las legislaciones para que esa insaciable sed de justicia, esa llamada intratable e insatisfecha en su exigencia de infinitud, no se quede en una simple retórica y se concrete en ordenamientos jurídicos, como sucede en los países que proscriben ciertas prácticas crueles a ciertos animales. Y en esta línea de actuación que está en curso, en esta deconstrucción de facto del tratamiento teórico y práctico del animal, Derrida contextualiza el debate, no exento de objeciones filosóficas, de las declaraciones de los derechos de los animales.
La animalización de la política es otra de las líneas directrices del libro y que Derrida interpreta desde una doble perspectiva. En primer lugar, repasa algunas de las figuras zoológicas que visten el discurso político como la paloma, símbolo de la paz, el lobo, metáfora del estado de guerra hobbesiano, la astucia del zorro y la fuerza del león del príncipe de Maquiavelo, el hombre-lobo en la descripción que Rousseau hace de sí, hasta el rasgo compartido por bestias y soberano al situarse ambos fuera-de-la-ley: las primeras porque desconocen el significado normativo que impone la prescripción y el segundo porque tiene el derecho de suspender el derecho, de declarar el estado de excepción, como señala el jurista Schmitt. En segundo lugar, Derrida se interesa por el comportamiento bestial del soberano. Hay que tener presente que en diciembre de 2001 se iniciaba la primera de las trece sesiones del seminario, tres meses después de los atentados terroristas contra las Torres Gemelas. A partir de ese terrible acontecimiento se generaliza el uso de la expresión “Estados canallas” para referirse a aquellos países que no respetan el orden establecido y se conducen como bestias salvajes, y que ya analizó profusamente en Voyous. Pero no tardaron los destinatarios de esta recriminación en volverla contra sus acusadores, apuntando a los Estados soberanos y democráticos, defensores de la paz y de la libertad, como los que practicaban la dentellada en política internacional, al no observar las leyes dimanantes de los organismos internacionales como la ONU, que con tanto celo exigían a los demás. Es importante subrayar, no obstante, que la deconstrucción de la soberanía es “lo que ocurre en el mundo” (p. 103). La independencia de los Estadosnación se ve afectada por las sacudidas y los golpes que recibe a causa de los seísmos económicos, las intervenciones militares, el derecho internacional que se inmiscuye en la política interior, el terrorismo trasnacional y las teletecnologías que asedian el espacio doméstico.
Las dos reflexiones que vertebran el libro, la soberanía ético-política y la vida animal, confluyen en la caracterización aristotélica del hombre como “animal político”. Entre los capítulos más interesantes del seminario se encuentra el penúltimo en el que Derrida discute la tesis que Agamben expone en Homo sacer I. El poder soberano y la nuda vida acerca del nacimiento de la biopolítica. La idea matriz del filósofo italiano es que la vida como objeto de cálculo político comienza con Foucault. Para asignarle esta paternidad, tiene que olvidarse de los textos de Heidegger de los años cuarenta en los que condenaba el biologismo de la definición aristotélica. En opinión de Derrida, en el pensador griego ya reconocemos un inaugural pensamiento zoopolítico y hacia allí deberíamos dirigirnos para comprender las complejas relaciones entre el animal y la soberanía.

Fuente: www.redalyc.org/pdf/2650/265020917026.pdf