ISBN: 9789875001411

Formato: 160 págs. 12 x 17 cm.

Fecha Publicación: 2010

Precio: $ 160,00 (U$S 9,41)

Segundo manifiesto por la filosofía

0. Introducción

Escribir un Manifiesto, incluso por algo cuya pretensión intemporal es tan potente como la de la filosofía, es declarar que llegó el momento de hacer una declaración. Un Manifiesto contiene siempre un “es tiempo de decir…” que hace que no se pueda distinguir entre lo que proclama y su momento. ¿Qué me autoriza a juzgar que un Manifiesto por la filosofía está al orden del día y, lo que es más, un segundo Manifiesto? ¿En qué tiempo del pensamiento vivimos?
Sin vacilar, hay que acordarle a mi amigo Frédéric Worms que hubo en Francia, entre los años sesenta y ochenta –desde los últimos grandes trabajos de Sartre hasta las obras capitales de Althusser, Deleuze, Derrida, Foucault, Lacan, Lacoue-Labarthe o Lyotard, por citar solo a los muertos–, un fuerte “momento” filosófico. La prueba de este punto “por el ejemplo negativo”, como dicen los chinos, es el encarnizamiento puesto por la coalición entre algunas vedettes mediáticas y unos charlatanes entonados de la Sorbona en negar que haya pasado, en esos años lejanos, algo grande o aunque sea aceptable. Esta coalición mostró que todos los medios le resultaban buenos para imponerle a la opinión pública su vindicta estéril, que incluía el sacrificio sin miramientos de una generación entera de jóvenes arrinconados frente a una elección detestable: o bien el carrerismo salvaje condimentado con Ética, Democracia y –llegado el caso– Piedad, o bien el no menos salvaje nihilismo de los goces breves con salsa no future. El resultado de este encarnizamiento ha sido que, entre los esfuerzos heroicos de la juventud actual por encontrar una voz poderosa y la cuadrilla enflaquecida de los sobrevivientes y herederos de  la gran época, hay, en filosofía, un gran agujero que desconcierta a nuestros amigos extranjeros. En lo que concierne a Francia, solo la elección de Sarkozy llega a asombrarlos tanto como lo hace, desde hace veinte años, la merma de nuestros intelectuales. Es que nuestros “amigos norteamericanos” están siempre demasiado prestos a olvidar que, si bien Francia es el lugar de algunas histerias populares grandiosas escoltadas por potentes invenciones conceptuales, es también el lugar de una tenaz reacción versallesca y servil a la que nunca le faltó la adhesión propagandista de regimientos de intelectuales.
“¿Qué fue de ustedes, filósofos franceses a los que tanto hemos querido, durante esos sombríos años ochenta y, más aún, los noventa?”, se nos pregunta con insistencia. Pues bien: proseguíamos el trabajo en diversos lugares protegidos que habíamos construido con nuestras manos.
Pero he aquí que, a pesar o a causa de que la situación histórica, política e intelectual de Francia parece en extremo degradada, hay signos cada vez más numerosos que indican que nosotros, viejos sobrevivientes que dedicamos nuestra fiel labor a la apremiante demanda, descontenta e instruida, de nuevas generaciones, vamos a volver a encontrar un poco de aire libre, de espacio y de luz.
Publiqué mi primer Manifiesto por la filosofía en 1989. ¡Créanme, no eran tiempos felices! El entierro de los “años rojos” que siguieron a Mayo del 68 con interminables años Mitterrand, la petulancia de los “nuevos filósofos” y de sus paracaidistas humanitarios, los derechos del hombre combinados con derecho de injerencia como único sustento, la fortaleza occidental saciada que le daba lecciones de moral a los hambrientos de la tierra entera, el hundimiento sin gloria de la URSS que acarreaba la vacancia de la hipótesis comunista, los chinos que volvían a su genio del comercio, la “democracia” identificada por todas partes con la dictadura morosa de una estrecha oligarquía de financieros, políticos profesionales y locutores de tele, el culto de las identidades nacionales, raciales, sexuales, religiosas o culturales que intentaba aplastar los derechos de lo universal… Mantener en esas condiciones el optimismo del pensamiento, experimentar, en relación estrecha con los proletarios llegados de África, nuevas fórmulas políticas, reinventar la categoría de verdad, comprometerse en los senderos de lo Absoluto según una dialéctica enteramente reconstituida de la necesidad de las estructuras y de la contingencia de los acontecimientos, no ceder en nada… ¡Qué empeño! De esa labor daba testimonio, de modo a la vez sucinto y alegre, ese primer Manifiesto por la filosofía. Como memorias del pensamiento escritas en un subsuelo: eso era ese pequeño libro.
Veinte años después, vista la inercia de los fenómenos, es todavía peor, naturalmente, pero toda noche atesora al fin la promesa del alba. Difícilmente se pueda descender más bajo que: en el orden del poder de Estado, el gobierno de Sarkozy; en el orden de la situación planetaria, la forma bestial que tomó el militarismo norteamericano y sus sirvientes; en el orden de la policía, los innumerables controles, las leyes criminales, las brutalidades sistemáticas, los muros y los alambrados destinados únicamente a proteger a los ricos y a los satisfechos occidentales de sus enemigos tan naturales como innumerables, a saber, los miles de millones de desposeídos de todo el planeta, comenzando por los de África; en el orden de la ideología, la tentativa miserable de oponer a unos supuestos bárbaros islámicos un laicismo en jirones, una “democracia” de comedia y –para dar el tono trágico– una repugnante instrumentación del exterminio de los judíos de Europa por los nazis; en el orden de los saberes, finalmente, lo que se nos quiere hacer tragar: esa extraña mixtura entre un cientificismo tecnologizado, cuyo florón es la observación de los cerebros en relieve y en colores, y un legalismo burocrático cuya forma suprema es “la evaluación” que hacen de todas las cosas unos expertos salidos de ninguna parte que concluyen, invariablemente, que pensar es inútil y hasta perjudicial. No obstante, por más bajo que estemos, lo repito, aquí están los signos que alimentan la virtud principal del momento: el coraje y su apoyo más general, la certeza de que va a volver, de que ya ha vuelto la potencia afirmativa de la Idea. A este retorno está dedicado el presente libro, cuya construcción, precisamente, se ajusta a la pregunta: ¿qué es una Idea?
Desde un punto de vista estrechamente ceñido a mi propia obra, puedo decir, sin lugar a dudas, que este Segundo manifiesto por la filosofía mantiene con el segundo tomo de El ser y el acontecimiento, titulado Lógicas de los mundos y publicado en 2006, la misma relación que el primer Manifiesto mantenía con el primer tomo, publicado en 1988: dar una forma simple e inmediatamente movilizable a temas que la “gran obra” presenta en su forma acabada, formalizada, ejemplificada, minuciosa. Pero, desde un punto de vista más amplio, se puede decir también que la forma corta y clarificada apuntaba, en 1988, a testificar que el pensamiento continúa en su subsuelo y, en 2008, que tiene tal vez los medios para salir de él.
Por eso no es azaroso, sin duda, que la cuestión central de El ser y el acontecimiento, en 1988, haya sido el ser de las verdades, pensado en el concepto de multiplicidad genérica, ni que haya devenido en Lógicas de los mundos, en 2006, la de su aparecer, revelado en el concepto de cuerpo de verdad, o de cuerpo subjetivable.
Simplifiquemos, y esperemos: hace veinte años, escribir un Manifiesto equivalía a decir: “La filosofía es completamente diferente de lo que a usted le dicen que es. Intente ver entonces lo que no ve”. Hoy en día, escribir un segundo Manifiesto es decir, más bien: “¡Sí! La filosofía puede ser lo que usted desea que sea. Intente ver realmente lo que ve”.

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