ISBN: 9789875001367

Formato: 192 págs. 14 x 22 cm.

Fecha Publicación: 2010

Precio: $ 200,00 (U$S 11,76)

La arrogancia del presente

Miradas sobre una década: 1965-1975

Introducción

Quisiera hablar del izquierdismo al que adherí entre el invierno de 1968 y el verano de 1971. Dado este propósito, es ineludible para mí hablar de Mayo del 68. Debo evocar también los períodos que antecedieron y siguieron. De 1965 a 1975, imprecisos mojones que sólo sirven para fijar la atención.

Una recapitulación no explica nada. En este caso, a lo sumo permitirá señalizar un itinerario; no el mío, estrictamente hablando –¿quién lo conoce?–, sino un itinerario no muy diferente del que imagino haber recorrido. En el transcurso, habré examinado algunos aspectos de lo que pensó la pequeña burguesía intelectual, en Francia, cuando se dejó ganar por el afán de aventura.

La pequeña burguesía intelectual merece que nos interesemos en ella. Conozco bien este conjunto social, puesto que pertenezco a él. Pese a ello, no lo tengo a menos. Muy por el contrario, considero que su papel fue, es y será decisivo. Aunque elija hablar de acontecimientos y discursos que le conciernen, no desconozco las dificultades. La pequeña burguesía intelectual tiene la particularidad de querer ser mediocre, especialmente cuando ha dado pruebas, una vez por azar, de no serlo. Esta preferencia por representaciones que la degradan forma parte de sus cualidades esenciales. No me siento obligado a tomarla en cuenta.

Afirmo que Mayo del 68 y el izquierdismo concernieron a la pequeña burguesía intelectual y a nadie más. Ni a las periferias urbanas, ni a los pobres, ni a los sindicatos, ni a los obreros, etc., etc.; estos vinieron a continuación, como suplemento. ¿Por una vez, o como de costumbre? La cuestión se plantea; se plantea en todo caso para Francia. Afirmo que, entre los episodios por los que Mayo del 68 y el izquierdismo fueron posibles, los más importantes conciernen a la pequeña burguesía intelectual. En esto, adhiero a una postura generalmente aceptada. Afirmo también que no es una razón para despreciar ni a Mayo ni al izquierdismo. En esto, me aparto de cierto consenso. Tanto entre los amigos de Mayo como entre los adversarios de Mayo, tanto entre los amigos del izquierdismo como entre los adversarios del izquierdismo, el sempiterno reproche resuena, modulado unas veces como lamento, otras en broma: “Jamás se unieron a los obreros.” ¿Y entonces? Sin embargo, habrá que hacerse a la idea; durante un tiempo, la pequeña burguesía intelectual dijo e hizo, por sí sola, cosas interesantes. Efímeras quizá, absurdas, criminales a veces, limitadas seguramente, pero interesantes.

Hablo de Mayo del 68 a propósito del izquierdismo. No por creer que tienen mucho en común. A decir verdad, los considero dos secuencias absolutamente diversas. El caso es que se cruzaron en el tiempo y en el espacio. Si me examino, no quedan dudas: sin Mayo, jamás hubiera sido izquierdista. No creo ser el único en esta situación.

Es mi turno, pues, de hablar de Mayo; sé que no soy ni el primero ni el único en hacerlo. Los libros sobreabundan. Todo se ha dicho desde que hay ancianos y que descubrieron serlo de un modo definitivo. Esto me sirve.

Puesto que se ha dicho todo, me dispensaré de volver sobre fechas y lugares; me limitaré a lo que me importa: enunciar de la manera más clara posible lo que comprendo ahora de cuanto vi, oí e hice entonces. Ni más ni menos, aunque es mucho porque, en su momento, no comprendí nada. Nada especialmente de lo que veía con mis propios ojos. En cuanto a las jornadas del 15 y el 16 de mayo en el Odeón y la Sorbona, puedo decir que estuve; ahora bien, en ese momento bastaba con estar presente para ser actor. Había cesado la división que separa en general a los actores de los visitantes ocasionales; por su sola presencia, el visitante se implicaba en la escena. En las barricadas de las primeras semanas no estuve, pero vi sus huellas inmediatas. Actor o no, testigo o no, todo fue para mí igualmente opaco. No obtengo de ello ninguna honra ni siento ninguna vergüenza.

La oscuridad y la confusión reinaban igualmente en todos, gobernantes y manifestantes, políticos de la gestión prosaica y políticos de la radicalidad revolucionaria, amantes del orden y enamorados del desorden; basta releer, para convencerse, las declaraciones de los actores-testigos, sean antiguas o recientes. Nadie comprendía lo que pasaba ante su vista. Nadie sabía lo que estaba haciendo allí. Nadie sabía lo que decía. Ninguno de los que encarnaban el movimiento y ninguno de los que encarnaban su rechazo. Cuando leo lo que unos y otros publicaron después, no me parece que las cosas hayan avanzado mucho con los años.

Por mi parte, no disfrazaré la verdad. Al comienzo estaba atontado y, en consecuencia, mudo. Después del 16 de mayo, a medida que los acontecimientos –utilizo el término a propósito– se encadenaban, poco a poco me fui persuadiendo de que empezaba a entender; siendo como soy, esto significaba que empezaba a poder construir frases, a encadenarlas en párrafos y a redondear el conjunto en una interpretación teorizada. Pero, para ser francos, yo comprendía en la exacta medida en que empezaban a volver, una por una, las formas interpretativas de la víspera o incluso de la antevíspera. Los intelectuales, los obreros, los sindicatos, la policía, los aparatos de Estado, las huelgas, la represión y todo el séquito de ese cifrado que se suponía, y se supone aún, deletrea lo serio en política. Puesto que yo había dejado París para reunirme con Jacques-Alain Miller en Besançon. Allí, las fábricas estaban al alcance de la vista. Entre ellas, la Rhodiaceta, donde la huelga de marzo de 1967 había dejado su sello en los espíritus. Y esto participaba de lo serio.

Lector de periódicos y lector de Marx, yo practicaba al menos dos lenguajes políticos, el del juego parlamentario y el de la lucha de clases. Sabía manejar, tanto como cualquiera, su alfabeto, su sintaxis, su léxico, su estilística; sabía, en particular, que había que insistir fuertemente sobre su radical diferencia a fin de interpretarlos mejor el uno por el otro; al ritmo pendular de las traducciones, había aprendido también que era preciso determinar cuál de los dos lenguajes iba a tener la última palabra. A esto se le llamaba “elegir el propio bando”. De aquí pueden resultar acciones no exentas de consecuencias ni de riesgos. La guerra de Argelia, todavía muy próxima, bastaba para recordarlo. Pero, cualquiera que fuese el desenlace, elegir a qué bando se pertenecía era primeramente, para los intelectuales de esa época, elegir un lenguaje.

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