ISBN: 9789875001350

Formato: 240 págs. 14 x 22 cm.

Fecha Publicación: 2009

Precio: $ 280,00 (U$S 16,47)

La vanguardia en el cine

Introducción

"La grulla más vieja, la que por sí sola forma la vanguardia, al ver esto mueve la cabeza como una persona razonable y, consecuentemente, también hace rechinar el pico; no está contenta (yo tampoco lo estaría en su lugar), mientras su viejo cuello desplumado, contemporáneo de tres generaciones de grullas, se menea en ondulaciones irritadas que presagian la tormenta, cada vez más cercana." (Lautréamont: Les chants de Maldoror (Los cantos de Maldoror), canto
primero)
 
En la historia y en la estética del cine, la cuestión de la “vanguardia” es al mismo tiempo tratada y descuidada en exceso. Muy tempranamente se consideró que había un cine de vanguardia y que los problemas por resolver eran de periodizaciones y caracterizaciones en términos de las corrientes y tendencias que se enumeraban. Luego se establecieron panoramas cada vez más vastos y detallados de “la vanguardia en el mundo” (Japón, Estados Unidos, Cataluña…), retrotrayendo regularmente su origen para hacer que se confundiera con el propio surgimiento del cinematógrafo. Se hizo, así, de la vanguardia una escuela, un género, incluso un estilo que, para ciertos prosélitos, expresa “la esencia” del cine y coincide con él, siempre y cuando se ignore la producción estándar o dominante.
Desde la década de 1920 la noción experimenta ese uso extensivo, tanto laudatorio como peyorativo. Luego, la expresión, disputada después de la Segunda Guerra Mundial a quienes perpetuaban el período anterior en nombre del cine “moderno” o “maldito” –pero ante todo por la reivindicación de una “nueva vanguardia”–, llega a confundirse con el cine “experimental”, incluso simplemente con el “no conformista” o a “contracorriente”, con el “marginal”, cuando no invoca sólo la novedad: un nuevo cineasta, nuevos temas. Después de su dimensión histórica, la noción adquiere así un significado ahistórico, designa todo lo que es “nuevo” y que, por lo general, sólo tiene una existencia efímera, pero que se inscribe en “otra historia” del cine, la verdadera.
No obstante, desearíamos volver a plantear aquí la cuestión “vanguardia/cine” sin prejuzgar acerca de la naturaleza del vínculo que los une o los opone, acerca de la cópula (inclusión, exclusión, intersección), a partir de otras exigencias, a los efectos de volver a considerar desde una nueva perspectiva las nociones en juego, lo que encubren y lo que implican.
En el plano teórico –el de la definición de la propia noción–, la cuestión de la vanguardia “por lo general” está sometida a controversias y definiciones contradictorias: ¿la palabra significa simplemente “pionero”, “roturador” de formas nuevas, “postillones”? ¿Acaso se debe, por el contrario, encontrarle condiciones de posibilidad y de ejercicio, rasgos definitorios, y el cine puede responder en ese sentido?
En el plano de la historia, nuestra premisa se basa en el hecho de que no se le pueden aplicar al cine, sin mayor precaución, los términos, recortes, etc., de esta cuestión tal como han sido elaborados en las “otras artes”, por razones sobre las que volveremos, pero que tienen que ver ante todo, por una parte, con las diferencias estructurales que afectan el campo cinematográfico –el que se constituye progresivamente varios años después de la aparición del cinematógrafo–, en relación con los campos intelectual, literario y artístico ya constituidos en momentos del surgimiento del cine; por otra parte, con la naturaleza del medio artístico y del medio de comunicación “cine” (está vinculado a la reproducción y tiene una pluralidad de códigos como medio artístico; es industrial y tiene un destino masivo como medio de comunicación).
En el plano de la estética, la inscripción del cine en el movimiento de la modernidad, su modernismo de hecho, es el que necesita distinguir “vanguardia” de modernidad, moderno, modernismo, innovación o experimentación, términos con los que a menudo se confunde esta noción en historia y tanto en la crítica de arte como en la de cine. Si bien es cierto que el cine nace moderno, la vanguardia no puede ser, como lo permite una “débil” definición en historia del arte, tan sólo la exacerbación de los valores modernistas tal como se los formalizó a partir de Clement Greenberg: autonomía de la obra de arte, desvinculación de cualquier tarea representativa y autorreflexividad. Esto equivaldría a encerrarlo en “una perpetua búsqueda de nuevas técnicas formales para definir una esencia del cine”.
 
Para tratar la vanguardia en el cine habrá que ir, pues, desde la vanguardia al cine. Y seremos llevados a preguntarnos qué es una vanguardia antes de preguntarnos sobre el sentido que esa palabra puede tener en el cine.
Esta pregunta nos llevará a definir la vanguardia como una posición en el campo artístico y encarar esta posición como perteneciente a una política interna del campo (lucha para conseguir una posición hegemónica en él) y externa (por estar vinculada a un proyecto de cuestionamiento de la sociedad).
Sin ninguna duda, esta política está sustentada, incluso determinada, por un deseo de comunidad o una “exigencia colectiva”, pero esta sola aspiración no basta para distinguir el comportamiento de vanguardia de numerosas prácticas o “poéticas” de grupos: la comunidad puede, en efecto, detenerse en el grupo que posee entonces el lugar de totalidad social “fantaseado”, así como la práctica artística puede ocupar el lugar de práctica social. La existencia o no de una política, desplegada en el campo artístico, pero determinada a salir de él, es, pues, un criterio de demarcación.
Por esta razón hemos convenido en referir ante todo nuestra reflexión y nuestra investigación al período llamado “de las vanguardias” –al que a veces también se denomina la vanguardia “histórica”–, que cubre el comienzo del siglo XX hasta fines de la década del veinte. Entonces se instala una problemática de conjunto que responde a un cierto número de rasgos distintivos que permite hablar de vanguardia en el sentido pleno de la expresión. Pero luego la noción es retomada, discutida y rechazada, y así hasta nuestros días. No es posible ignorar esas realidades, más aún dado que pertenecen a épocas en las que el conocimiento de la vanguardia “histórica” creció tanto en el plano histórico como en el teórico.

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