ISBN: 9789875001329

Formato: 128 págs. 12 x 17 cm.

Fecha Publicación: 2009

Precio: $ 125,00 (U$S 7,35)

La economía, ciencia de los intereses apasionados

Introducción a la antropología económica de Gabriel Tarde

Prólogo

Supongamos que Karl Marx hubiera publicado El capital y que nadie le hubiera prestado atención. Un siglo después se redescubría ese libro y entonces causaba estupefacción la amplitud y la audacia de una obra aislada, incomprendida, sin consecuencias científicas, políticas ni sociales, una obra no desarrollada por discípulos ni exégesis, una obra a la que no había llegado a transformar ningún ensayo de aplicación más o menos afortunado. ¡Qué diferente habría sido la historia del siglo XX si el breviario de los hombres de acción hubiera sido el libro de Tarde, Psychologie économique, publicado en 1902, en vez del de Marx! Pero tal vez no sea demasiado tarde para reinventar, mediante un pequeño ensayo de historia-ficción, una teoría de la economía política en la que Tarde habría desempeñado el papel reservado en la historia, la verdadera, a los argumentos de Marx. 
A primera vista parece en verdad difícil tomar en serio las descabelladas manifestaciones de ese sociólogo sin descendencia que habla de conversaciones entre papanatas como de un verdadero “factor de producción”; que niega el papel central que se le otorga al triste trabajo; que distingue en la noción de capital el “germen” (el software) del “cotiledón” (el hardware) en beneficio del primero; que sigue con la misma seriedad las variaciones del precio del pan y las del prestigio de los funcionarios políticos electos con instrumentos a los que denomina “gloriómetros”; que toma como ejemplo típico de producción no, como hacen todos, una buena fábrica de agujas, sino la industria del libro, interesándose tanto en la difusión de las ideas contenidas en las páginas como en la de las propias obras; que trata la cuestión del biopoder como si la economía y la ecología ya estuvieran mezcladas; que pasa sin esfuerzo alguno de Darwin a Marx y de Adam Smith a Cournot, sin por ello creer ni por un momento en las divisiones usuales de la ciencia económica; que se interesa en el lujo, en las modas, en el consumo, en la calidad, en los desarrollos de las marcas, en el ocio tanto como en la industria militar y en la colonización; que no deja de extraer sus ejemplos del mercado del arte, de la difusión de las ideas filosóficas, de la moral, del derecho, como si todos contaran por igual en la producción de riquezas; que hace de la ciencia, de la innovación, de los innovadores, incluso del ocio, el fondo de la actividad económica; que dedica un tiempo considerable en seguir los rieles de los ferrocarriles, el hilo de los telégrafos, las publicidades de la prensa, el auge del turismo; que, sobre todo, no cree en la existencia del capitalismo, que no ve en el siglo XIX el aumento terrorífico del frío cálculo y del reino de la mercadería, sino que, por el contrario, define la ampliación de los mercados como el de las pasiones; que felicita a los socialistas por haber inventado nuevos fervores de asociación y organización. ¿A ese viejo reaccionario es al que de nuevo queremos volver interesante? ¿A ese trozo de arqueología económica es al que de nuevo queremos darle brillo?
Muy bien. Tengamos la honestidad de reconocer que la lectura de El capital nos parecería bien perturbadora si no contáramos con más de un siglo de comentarios. Todo parecerá extraño en la economía de Tarde, quizá porque allí todo resulta nuevo: eso, por lo menos, es lo que queremos tratar de demostrar. Obra escrita en el centro mismo de la primera gran globalización, en contacto con todas las innovaciones técnicas de la época, involucrada por el problema moral y político de la lucha de clases, profundamente comprometida con la biosociología, basada en métodos cuantitativos con los que entonces sólo se podía soñar, pero que en la actualidad están disponibles gracias a la ampliación de las técnicas de digitalización, porque parece recién salida de las prensas la presentamos, un siglo después, en medio de otra globalización, en plena crisis moral, social, política y ecológica. No ofrecemos este testimonio aislado como una simple curiosidad para interesar a los historiadores de la economía, sino como un documento esencial para recuperar de otra manera nuestro pasado y, en consecuencia, para definir de otra manera nuestro futuro.
Al principio pensamos en volver a publicar los dos gruesos tomos de Psychologie économique, pero fuimos superados por la fulgurante evolución del mercado del libro, evolución en sí misma totalmente tardiana. Dado que la obra original se encuentra accesible como imagen en el sitio de Gallica y como texto (Word o PDF) en el excelente sitio canadiense “Les classiques des sciences sociales”, no tendría mayor sentido publicarlo in extenso y a un costo prohibitivo. Por lo tanto, decidimos publicar la introducción aparte, con suficientes y extensas citas, para estimular a los lectores a sumergirse en las versiones digitales. Asimismo, para los lectores reacios a la lectura en la pantalla, y sin voluntad de arruinar su impresora imprimiendo los dos enormes volúmenes, hemos agregado en la Web la selección de textos que, a nuestro parecer, mejor dan cuenta de la importancia del libro.
La pregunta que se plantea Tarde es muy simple: ¿a qué corresponde la sorprendente noción de economía política que surgió en el siglo XVIII y que no dejó de ganar amplitud en el siglo siguiente? Para él, las ideas conducen el mundo y, más particularmente, las ideas que los economistas se hacen de la materia propia de su disciplina… ¿A qué extraña idea de la ciencia y de la política corresponde? Pues son, por cierto, ideas, opiniones, argumentos lo que ante todo se trata de invertir, para captar la mutación que Tarde le hace experimentar a la teoría de la economía política: ¡sí!, para él la superestructura determina “en primera y última instancia” las infraestructuras, las que, por otra parte, como veremos, no existen…
Se podrá decir que es un extraño revolucionario ese materialista ateo que, cien años antes de la antropología de los mercados, detecta en el materialismo ateo de los economistas de su tiempo, tanto de izquierda como de derecha, una forma particularmente perversa de Dios oculto. En efecto, Tarde critica a todos aquellos para quienes sólo una milagrosa Providencia parece capaz de producir automáticamente, mediante su mano invisible, la armonía preestablecida, la del Mercado o del Estado, poco le importa, pues a su juicio los inventores de la economía política están de acuerdo sobre casi todo, y ante todo sobre la existencia de la economía como dominio propio. Pues bien, eso es justamente lo que Tarde cuestiona.
Ese revolucionario sin organización, sin partido, sin sucesor y casi sin predecesor se pregunta qué pasaría si fuéramos en verdad incrédulos, agnósticos en materia económica. “¿Y si no hubiera en absoluto divinidad soberana en economía?”, se pregunta en el fondo. Si de verdad se aceptara desplegar esta inmanencia sin trascendencia alguna, ¿no se podría hacer política de nuevo? Esta política que los sectarios de Mammon, dios de la Providencia y la Armonía automática, como los del Estado, nos prohíben practicar desde hace tanto tiempo, sí, esta política de la libertad. ¿Liberalismo entonces? Por qué tenerle miedo a esa palabra, siempre y cuando recordemos que su contrario sólo puede ser el término “providencialismo”. ¿Y si la opción nunca hubiera sido entre las organizaciones del mercado y la del Estado, entre liberales y socialistas, sino entre los que creen en los milagros de una armonización preestablecida y los que se niegan a creer en los milagros? ¿No se podría releer retrospectivamente todo lo que nos ha sucedido desde hace dos siglos y que se ha resumido demasiado, muy rápidamente, con el nombre de “capitalismo”?

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