ISBN: 9789875001114

Formato: 672 págs. 16 x 23 cm.

Fecha Publicación: 2008

Precio: $ 750,00 (U$S 44,12)

Lógicas de los mundos

El ser y el acontecimiento, 2

Prefacio

“La agonía de Francia no nació del debilitamiento
de las razones para creer en ella: derrota, demografía,
industria, etc., sino de la impotencia para
creer en lo que fuere.”
André Malraux

1. Materialismo democrático y dialéctica materialista

¿Qué pensamos todos hoy en día? ¿Qué pienso yo mismo cuando estoy fuera de mi propia vigilancia? O más bien, ¿cuál es nuestra (mi) creencia natural? “Natural”, evidentemente, según la regla de una naturaleza inculcada. Una creencia es tanto más natural cuanto que su imposición, su inculcación son libremente buscadas –y sirven a nuestros designios inmediatos–. Hoy en día, la creencia natural se concentra en un solo enunciado, que es el siguiente:
No hay más que cuerpos y lenguajes.
Digamos que este enunciado es el axioma de la convicción contemporánea y propongamos llamar a esta convicción el materialismo democrático. ¿Por qué?
Materialismo democrático. El individuo, tal como ha sido forjado por el mundo contemporáneo, sólo reconoce la existencia objetiva de los cuerpos. ¿Quién hablaría hoy en día, más que para acordarse con una retórica, de la separabilidad de nuestra alma inmortal? ¿Quién no suscribe en los hechos, en la pragmática de los deseos, en la evidencia del comercio, al dogma de nuestra finitud, de nuestra exposición carnal al goce, al sufrimiento y a la muerte? Un síntoma entre otros: los artistas, los más inventivos, coreógrafos, pintores, realizadores de videos, persiguen la evidencia de los cuerpos, de la vida deseante y maquínica de los cuerpos, de su intimidad, de su desnudez, de sus relaciones carnales y de sus suplicios. Todos ajustan el cuerpo constreñido, despedazado, ensuciado, al fantasma y al sueño. Todos imponen a lo visible el recorte de cuerpos ametrallados por el estrépito del universo. La teoría estética no hace más que seguir esta tendencia. Un ejemplo tomado al azar: una carta de Toni Negri a Raúl Sánchez del 15 de diciembre de 1999. En ella se lee lo siguiente:

“Hoy en día, el cuerpo ya no es solamente un sujeto que produce y que –porque produce arte– nos muestra el paradigma de la producción en general, la potencia de la vida: el cuerpo es de aquí en más una máquina en la que se inscriben la producción y el arte. Esto es lo que nosotros, los posmodernos, sabemos.”

“Posmoderno” es uno de los nombres posibles del materialismo democrático contemporáneo. Negri tiene razón en cuanto a lo que saben los posmodernos: el cuerpo es la única instancia concreta de los individuos productivos que aspiran al goce. El hombre, en el régimen de la “potencia de la vida”, es un animal convencido de que la ley del cuerpo detenta el secreto de su esperanza.
Para validar la ecuación existencia = individuo = cuerpo, la doxa contemporánea debe reabsorber valientemente la humanidad en una visión sobreextendida de la animalidad. Los “derechos del hombre” y los derechos del viviente son una sola y misma cosa. Protección humanista de todos los cuerpos vivos: tal es la norma del materialismo contemporáneo. Esa norma recibe hoy en día su nombre erudito, “bioética”, cuyo reverso progresista toma su nombre de Foucault: “biopolítica”. Nuestro materialismo es así el de la vida. Un biomaterialismo.
Por otra parte, es de manera esencial un materialismo democrático, ya que el consenso contemporáneo, al reconocer la pluralidad de los lenguajes, supone su igualdad jurídica. De allí que la reabsorción de la humanidad en la animalidad se complete por la identificación del animal humano con la diversidad de sus subespecies y con los derechos democráticos inherentes a esa diversidad. Algo cuyo reverso progresista toma esta vez su nombre de Deleuze: “minoritarismo”. Comunidades y culturas, colores y pigmentos, religiones y sacerdocios, usos y costumbres, sexualidades dispares, intimidades públicas y publicidad de lo íntimo: todo, todas, todos merecen ser reconocidos y protegidos por la ley.
Sin embargo, el materialismo democrático admite un punto de detención global para su tolerancia multiforme. Un lenguaje que no reconoce la universal igualdad jurídica y normativa de los lenguajes no merece ser beneficiario de tal igualdad. De un lenguaje que pretende dar su norma a todos los otros y regir todos los cuerpos se dirá que es dictatorial y totalitario. Entonces, no es de la incumbencia de la tolerancia, sino del “deber de injerencia”, legal, internacional, militar si es necesario: se le hará pagar a los cuerpos sus desvíos de lenguaje.

Este libro despliega no poca ciencia al servicio –se lo habrá advertido– de un examen un poco puntilloso del materialismo democrático en trance de convertirse en la ideología que envuelve al siglo que comienza. ¿Cómo nombrar el ideal teórico bajo el cual se hace este examen? Predicar el idealismo aristocrático tienta a espíritus bienintencionados. Tal fue, a menudo al abrigo de un vocabulario comunista, la postura de los surrealistas, luego la de Guy Debord y la de sus herederos nihilistas: fundar la sociedad secreta de los creadores sobrevivientes. Es también el deseo especulativo de lo mejor que hay en la herencia heideggeriana: guardar prácticamente, en el conciliábulo de los escritos donde permanece la cuestión, la posibilidad de un Retorno. No obstante, dado que este mantenimiento, por el cual se espera que no sean abolidos los fastos intelectuales y existenciales del pasado, no tiene ninguna posibilidad de ser efectivo, no podría convenir para la creación de un concepto para el tiempo que viene. El combate de las nostalgias, a menudo dirigido como una guerra contra la decadencia, además de ofrecer una imagen –ya en Nietzsche– “marcial” y “crítica”, tiene algo de deliciosamente amargo. Pero ya está perdido desde siempre. Y si existe una poética de la derrota, no existe una de la filosofía. La filosofía, por esencia, elabora los recursos para decir “¡Sí!” a los pensamientos anteriormente desconocidos que vacilan en devenir las verdades que son.
Pero si nos rehusamos a oponer al “materialismo democrático” su contrario formal, que es el “idealismo aristocrático”, ¿cuál será nuestro (insuficiente) nombre? Después de muchas dudas decidí llamar a la atmósfera ideológica en la que mi empresa filosófica alienta su más extrema tensión una dialéctica materialista.
¡Es verdaderamente hacer volver un sintagma de entre los muertos! Mi maestro Althusser, ¿no fue uno de los últimos en servirse noblemente, no sin algunas reticencias, hace más de treinta años, del sintagma “materialismo dialéctico”? Stalin, que no es más el que fue, ni siquiera a título de criminal de Estado ejemplar, carrera en la cual, en estos últimos años, lo venció Hitler; Stalin, que sin embargo conserva siempre mala catadura, ¿no había codificado, bajo el título Materialismo histórico y materialismo dialéctico, las reglas más formalistas de una subjetividad comunista de la que nadie sabe ya de dónde provenía el paradójico resplandor? ¿Qué hacer de semejante sol negro? ¿Un “sol cuello cortado”? La inversión de los vocablos –dialéctica a la cabeza–, ¿basta para protegerme de la mortal acusación de arcaísmo?
Admitamos que haya que entender por “democrático” (u “occidental”, es lo mismo) el mantenimiento y a la vez la disolución de la multiplicidad simbólica o jurídica en la dualidad real. Por ejemplo: la guerra fría de las democracias contra los totalitarismos, la guerra semicaliente de los países libres contra el terrorismo o la guerra a la vez verborrágica y policial de los países civilizados contra el arcaísmo islámico. Admitamos que por “dialéctica”, en la línea directa de Hegel, se comprenda que la esencia de toda diferencia es el tercer término que marca la distancia entre los otros dos. Entonces, es legítimo contraponer al materialismo democrático, esa soberanía del Dos (cuerpos y lenguajes), una dialéctica materialista, si por “dialéctica materialista” se entiende el siguiente enunciado, en el que el Tres suplementa a la realidad del Dos:
No hay más que cuerpos y lenguajes, sino que hay verdades.
Se reconocerá aquí el estilo de mi maestro Mallarmé: nada tuvo lugar sino el lugar, excepto, en las alturas, tal vez, una Constelación. Tacho sin embargo “en las alturas” y “tal vez”. El “hay algunas verdades”, que objeta al axioma dualista del materialismo democrático –la ley protege todos los cuerpos, dispuestos bajo todos los lenguajes compatibles–, es para mí la evidencia empírica inicial. No hay ninguna duda en lo que concierne a la existencia de verdades, que no son ni cuerpos ni lenguajes, ni combinaciones entre ambos. Y esta evidencia es materialista, por el hecho de que no requiere ninguna escisión de los mundos, ningún lugar inteligible, ninguna “altura”. En nuestros mundos, tales como son, proceden verdades. Esas verdades son cuerpos incorpóreos, lenguajes desprovistos de sentido, infinitos genéricos, suplementos incondicionados. Devienen y permanecen suspendidas, como la conciencia del poeta, “entre el vacío y el acontecimiento puro”.

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