ISBN: 9789875001091

Formato: 160 págs. 14 x 22 cm.

Fecha Publicación: 2008

Precio: $ 190,00 (U$S 11,18)

El judío de saber

Introducción

El nombre de judío y el nombre del saber dieron en anudarse el uno al otro. Hasta se llegó a pensar que ambos nombres estaban unidos por una especie de solidaridad. Esto despertó en los antisemitas de antaño cierto recelo contra el saber; sus adversarios, en cambio, creían poder refutar sus razones evocando gloriosas figuras de sabios judíos. La argumentación padeció, en su momento, merecidos fracasos. Frente al antijudaísmo actual sería, lisa y llanamente, risible.
Sin embargo, el anudamiento tuvo relevancia. Aún hoy, pese a lo poco que subsiste de él, su recuerdo permanece. Comprender lo que su aparición puso en juego, comprender también por qué lo que parecía tan íntimamente enlazado acabó por desanudarse, importa conjuntamente al nombre judío y al saber. Ahora bien, estos dos nombres, tomados por separado, importan. Cada cual a su manera. Pero entonces, dirá la buena gente, ¿no habría que responder a dos preguntas?: ¿qué es ser judío y qué es el saber? Vasta empresa. Mi desarrollo será mucho más limitado.
No por modestia, sino por decisión de método. Aspiro a examinar cada uno de los dos nombres a la luz del otro. Algo en el saber es instado de manera singular por los portadores del nombre judío; algo del nombre judío está afectado de manera singular por el saber. No interrogo el saber en general, sino el saber en su relación con el nombre judío. No interrogo el nombre judío en general, sino aquello que, en el nombre judío, se sacude ante la llamada del saber. De los dos nombres tomados juntos, sólo retengo la intersección. A esto le llamo judío de saber.
Limitación lógica, por lo tanto. Se le añade una limitación en el espacio y en el tiempo. La intersección adoptó una forma particular durante el período en que las sociedades europeas coincidieron en reflexionar en términos de asimilación: después de 1815 hasta 1933. Y esto, dentro de cierto espacio histórico. Se trata del espacio de la lengua alemana: Alemania propiamente dicha, Austria y, en términos amplios, el conjunto de regiones donde la lengua alemana funcionó a la vez como lengua de la cultura y como lengua del saber. Más allá de las fronteras entre Estados, el nombre de Mitteleuropa da al respecto una idea aproximada.
En el conjunto de la Europa central y oriental, los portadores del nombre judío creían mantener una particular relación de proximidad con la cultura y el saber alemanes; lo cierto es que, durante el paso del siglo XIX al XX, se entendía que esa cultura y ese saber habían alcanzado cúspides inigualadas. Los portadores del nombre judío sacaban de esto la convicción de una responsabilidad específica. Hubo judíos de saber alemanes y austríacos, pero también húngaros, polacos, rusos, baltos; no hay más que mirar un mapa. Cualquiera que fuese su pasaporte –cuando tenían derecho a uno– el saber que los movilizaba se enunciaba en el horizonte de la lengua alemana. Digámoslo de una vez por todas: cuando hable del judaísmo de lengua alemana, hablaré del conjunto de los judaísmos de la Mitteleuropa, todos los cuales habían situado la lengua alemana en posición de lengua supuesta al saber.
Los historiadores admiten que, después de 1815, la problemática de la asimilación es, en Europa, general. Admiten también que, dentro de esta generalidad, subsisten diferencias según los Estados y los tipos de organización social. En Francia, el acceso de los judíos a los derechos políticos se plantea en términos muy distintos que en los demás países continentales; a la inversa, dentro del espacio de lengua alemana, el saber ocupa una posición que no se observa en otros lugares. Por una razón doble: independientemente del nombre judío, el saber disfrutó de un prestigio particular en el espacio de lengua alemana; pero también el nombre judío va a utilizar el saber de una manera propia.
Se construye así, entre las diversas figuras del judío asimilado –el judío de riqueza, el judío de influencia, el judío de talento–, esa figura aislable que yo llamo judío de saber. Algunos nombres indicarán a qué me refiero: Hermann Cohen, Husserl, Aby Warburg, Panofsky. Añadiremos a Freud, ciertamente, pero de un modo singular; no hay ninguna duda de que se pretendió judío de saber, y luego, por obra de las circunstancias, pero también por un movimiento propio, dejó de lado esta pretensión. De todas formas, no se trata de confeccionar listas exhaustivas y cada cual es libre de agregar los nombres que prefiera.
Fuera de la lengua alemana, judíos célebres se inscribieron en el saber; en cuanto a Francia, podría recordar a Arsène y James Darmesteter, a Salomon y Théodore Reinach, a Marc Bloch, Emile Benveniste y muchos otros. Sin olvidar a Marcel Schwob, quien soñó con salvar la literatura a través de la erudición y de la ciencia lingüística. Hay, sin embargo, dos restricciones: en primer lugar, la idea del saber que inspira a estos judíos franceses tiene por horizonte consciente a Alemania, incluso cuando su proyecto es separarse de ella; en segundo lugar, no representan una figura autónoma en el plano de la asimilación francesa. Son franceses israelitas entre los otros franceses y, como tales, en el puesto de mando figura, para ellos, su acceso libre e igualitario a los derechos políticos. El saber cumple siempre un rol secundario respecto de este punto esencial, aun cuando el sujeto individual ordene su vida entera en función de él. No hay más que tomar a Marc Bloch, quien escribe después de 1940. En su “Testamento” y en sus textos clandestinos, se destacan, al hilo de la lectura, tres afirmaciones en primera persona: “nací judío”, “soy republicano”, “muero según he vivido, como buen francés”. En su encadenamiento casi sinonímico, estas tres afirmaciones componen algo así como la divisa del francés israelita. Un sujeto que se define de este modo no fue nunca un judío de saber en el sentido en que yo lo entiendo, aun si con su práctica intelectual se le acercó al máximo. Es y sigue siendo un judío de los derechos políticos que eligió, entre varias actividades posibles, una actividad de saber. El mismo análisis vale, con los imprescindibles matices, para la asimilación italiana o británica.

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