ISBN: 9789875001053

Formato: 288 págs. 14 x 22 cm.

Fecha Publicación: 2007

Precio: $ 330,00 (U$S 19,41)

Roland Barthes, el oficio de escribir

Prólogo

¿Por qué Roland Barthes? Este libro intenta, acaso, responder a este interrogante. Más de veinticinco años después de la muerte de Barthes, pero también tras la desaparición, en los años siguientes, de toda una generación que dio un nuevo sentido al acto de pensar, una pregunta semejante no es indecente. Más que una necesidad, hay cierto encanto, cierto sabor en el hecho de plantearla.

Vista desde esa perspectiva, la indagación puede llegar a ser un proceder positivo. Al no servir para justificar la supervivencia de un pensamiento, una doctrina o un sistema, se convierte en una nueva forma de mediación, lectura, escucha, mirada, presencia, percepción.

Por lo demás, lo que sin duda distingue a Barthes de sus camaradas es que su obra, aunque atravesada de manera constante por la “teoría”, se caracteriza por la presencia de respuestas en que el papel más importante corresponde a la escritura. En ella no hay nada de esos vastos sistemas conceptuales cuyas conclusiones son, por desdicha, siempre las mismas, contenidas y encerradas en el imperturbable protocolo, el eterno ritual discursivo de la filosofía.

Privilegiar la escritura es, de algún modo, la mejor manera de pensar: la escritura es la decisión, es la responsabilidad incesantemente reactivada de elegir una posición que también sea un acto, es pasar de una posición frente al mundo a un acto en el mundo. En ese concepto, podría decirse que no hay doctrina barthesiana porque de Barthes sólo hay libros: es decir, actos, cada uno de ellos con su propia configuración, su aspecto, su tonalidad, su timbre, su materia, su perfume. De El grado cero de la escritura a La cámara lúcida, de El imperio de los signos a los Fragmentos de un discurso amoroso, de las Mitologías a El placer del texto, Barthes decide el sentido de la literatura, el sentido de la muerte, de la fotografía, del otro país, del país de los signos, el amor y su discurso, de la Francia contemporánea y sus imágenes, de la literatura otra vez y de la literatura siempre, con la certeza de la invalidez de toda respuesta que no esté fundada, de parte a parte, por el ser mismo del libro que, sólo él, puede desplegar como verdad viviente, activa, diseminante.

Por lo tanto, la única cuestión que se plantea a quien, por mil y una razones, se mantiene atado a esta época –la modernidad–, de la que podría decirse que quien no la ha conocido no sabe lo que es la dicha de pensar y de escribir, la única cuestión, entonces, es la de la mediación. Y esa cuestión sólo puede pensarse hasta el final una vez que se tiene la certeza de que no hay mediación, la certeza de que toda transmisión es un fracaso. La mediación es el hecho de que no hay mediación: sólo hay rupturas, saltos, discontinuidades, fidelidades, muertes y nacimientos. El “pasador” tal vez sea, siempre, un impostor. En ese sentido, entonces, la respuesta a la pregunta “¿por qué Roland Barthes?” no podría ser, en efecto, el alegato para una doctrina, es decir, la defensa de los prejuicios que constituyen el cemento artificial de toda obra.

La comprobación de la imposibilidad de cualquier mediación puede producir dos formas antagónicas de respuestas. La primera es dialéctica: consiste en ver en la obra una refutación de sí misma y poner de relieve esa autorrefutación. Es lo que intenté hacer, por ejemplo, con respecto a Louis Althusser o Jean Genet. Pero es también porque la obra misma de ambos contenía esa autorrefutación. En el caso del primero, debido a la locura, el asesinato de su esposa y la constitución, por fuera de la obra filosófica, de un corpus autobiográfico que interrumpía de  manera deslumbrante la posibilidad misma de la filosofía y, de un modo casi tauromáquico, procedía a dar muerte al concepto. El segundo, porque el antisemitismo profundamente confundido con su propia literatura obligaba a un acto feroz de lectura, leerla como enemigo, es decir, a refutarla, en efecto, y fracturarla con violencias, única empatía a la que su obra puede abrirse.

Con Barthes las cosas son muy distintas, porque su obra, a mi juicio, está íntegramente marcada por la positividad, incluyendo en ello la actividad desmitificadora de la crítica (como las Mitologías) y hasta el canto fúnebre (como en La cámara lúcida). Barthes hizo suya la fórmula de Kafka que menciona ya en un texto de 1960, y de la que hará su talismán en el último curso dictado en el Collège de France, en 1979: “En el combate entre tú y el mundo, apoya al mundo”.

Barthes comenta así este aforismo: “La certeza de lo singular se sitúa frente a esta otra certeza: ‘La verdad no se encuentra en el individuo sino en el coro’; en cierto sentido, el mundo, cualquiera sea, está en lo cierto, pues la verdad radica en la indisoluble unidad del mundo humano”. Esta positividad por la cual el mundo es salvado en el acto mismo del cuerpo a cuerpo con el afuera, y que se asimila entonces al combate de Jacob con el ángel, está en el núcleo de la ética que, en lo más profundo, sirve de base a la actividad de Barthes, y yo diría que incluso a lo que podríamos llamar su estilo. De tal modo, sería vano pensar que el fracaso de la mediación pudiese ser compensado o confirmado por una vuelta de la obra sobre sí misma o contra sí misma: en la obra de Barthes no hay espacio para la negación.

Si toda mediación es un fracaso, ¿cómo puede entonces hablarse de manera positiva de una obra? Tal es el interrogante planteado por la segunda posibilidad de la alternativa. La obra ya no se refuta: afirma, se afirma, no hace sino afirmarse. ¿Qué hacer con esta afirmación? Eso fue siempre lo que me molestó con respecto a la obra de Barthes luego de su muerte, y a menudo me llevó a suspender mi proyecto de escribir sobre él. No estoy seguro de haber suprimido ese obstáculo al preparar este libro.

Como quiera que sea, al dar tres formas diferentes a mis palabras –el testimonio, la síntesis, la investigación–, estoy tentado de multiplicar las respuestas y quizás evitar así la pesadez de la monumentalización, esto es, sin duda, el lugar donde el fracaso de la transmisión adquiere su evidencia más caricaturesca.

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