ISBN: 9789875001046

Formato: 160 págs. 14 x 22 cm.

Fecha Publicación: 2007

Precio: $ 190,00 (U$S 11,18)

Las inclinaciones criminales de la Europa democrática

Introducción

El problema judío, la cuestión judía. Estas expresiones dominaron hasta 1945 el pensamiento surgido de la Ilustración. Aunque a menudo parezcan empleadas en variación libre, son distintas.

El problema pide una solución. No se inscribe en el orden de la lengua, sino en el orden de la objetividad (conceptual, material, de gestión, etc.). Un problema existe aunque no haya nadie que lo plantee. En cambio, cualquiera que indique un problema da a entender, a la vez, que de nada sirve hacer silencio a su respecto y que se le debe buscar una solución. La solución será definitiva o transitoria. Si es definitiva, el problema subsiste sólo como recuerdo; a la larga, se convertirá en material para el historiador. Si es transitoria, el problema está condenado a resurgir; el comentador especializado –por lo general un periodista– no se priva de poner sobre aviso a sus lectores. Basta abrir los diarios para encontrar este lenguaje; problema de las jubilaciones, problema del desempleo, problema de la inseguridad, la lista es larga.

La cuestión pide una respuesta. No se plantea sino cuando algún ser hablante la plantea también a un ser hablante, que puede ser otro o él mismo. No recibe respuesta sino cuando algún ser hablante la da, a sí mismo o a otro. Estamos en el orden de la lengua. La Esfinge plantea una cuestión y la respuesta es el hombre, vale decir, aquel que habla y hace posible la articulación cuestión/respuesta. Una respuesta siempre puede ser pensada como la reiteración de la cuestión (la Esfinge, otra vez), de modo que nunca puede haber una respuesta suficiente que cierre la cuestión. Cabe sostener entonces que es propio de la cuestión el poder permanecer abierta para siempre, y que es propio de la respuesta el no atentar contra esta condición.

Así pues, mejor que los dos términos problema y cuestión, son pertinentes los dos pares de términos problema/solución y cuestión/respuesta. Sartre es revelador. Cuando habla de "la cuestión judía", se inscribe por cierto en una tradición, pero además desecha la expresión "problema judío". Si desecha el término problema es justamente porque, para él, el nombre judío no tiene nada de objetivo, y porque creer que este nombre tiene alguna objetividad es ya ser antisemita. Más aún, para él no se trata de cerrar una cuestión, sino de mantenerla abierta. Al fin y al cabo, la fuerza y el límite del libro residen en que invierte casi topológicamente la cuestión judía y en que, a cambio de una respuesta, deja aparecer la cuestión del antisemita mismo. Ahora bien, esta cuestión no tiene respuesta; siempre abierta, lo que existe es su reiteración indefinida: ¿cómo es posible el antisemita? En ningún momento hay lugar para una solución definitiva, ni siquiera transitoria. A la luz de Sartre, está claro que, cuando se habla de problema judío, ya se ha respondido a la cuestión, y de la peor manera.


Cuando se trata del nombre judío, la lengua alemana importa. Ahora bien, ella oculta la distinción. Aunque la expresión das Judenproblem exista, sobre todo en la terminología nazi, la fórmula más usual, de lejos, es die Judenfrage. El hecho es que Frage parece abarcar en este caso el problema objetivo y la cuestión subjetiva. Problema judío o cuestión judía, para ser más exactos, problema de los judíos o cuestión de los judíos, die Judenfrage puede orientar indistintamente hacia una respuesta o hacia una solución. Así sucede en el joven Marx, quien propone una respuesta –el judaísmo es el dinero–, y una solución: el judío se emancipará el día que la sociedad entera se haya emancipado del judaísmo, es decir, del dinero. La maravilla de la dialéctica permite que el nombre judaísmo (Judentum) designe el sometimiento, por el dinero, de todos los actores sociales, sean judíos o cristianos.

Más revelador resulta, justamente por no ser dialéctico, el título de una circular de la cancillería del partido nacional -socialista fechada el 9 de octubre de 1941: "Vorbereitende Massnahmen zur Endlösung der europäischen Judenfrage. Gerüchte über die Lage der Juden in Osten". En Sur la conférence de Wannsee (Liana Levi, 1999, traducción francesa de Julia Schmidt), muy documentado libro de Christian Gerlach, ese título se traduce así: "Medidas preparatorias para la solución final de la cuestión judía en Europa. Rumores sobre la situación de los judíos en el Este" (pág. 137). Funciona aquí el par Frage/Lösung, que orienta hacia el par problema/solución

Para ser más precisos, la presencia de la palabra Lösung in dica que la palabra Frage, que no distingue entre objetivo y sub jetivo, está partida como la manzana de Blancanieves y que de ella se retiene sólo la parte objetiva. El título alemán es esclarecedor, siempre y cuando se modifique la traducción propuesta: no "solución de la cuestión judía", sino "solución del problema judío". Sin embargo, no bien se ha tocado ese eslabón, otros eslabones saltan. Uno de ellos se lo lleva todo: Endlösung, ¿hay algo más lógico que traducirlo por "solución final"? Todo el mundo lo hace. Seguramente, pero de este modo se deja escapar un punto esencial. 

"Solución final" pasó a ser algo así como el nombre propio del exterminio de los judíos europeos, el único nombre adecuado para ese exterminio y el único nombre conveniente para él. Sabemos, sin embargo, que "genocidio", "exterminio", "holocausto" e incluso "Shoá" se emplean hoy con cualquier fin y en cualquier contexto. Pero la cancillería del partido nazi no utiliza nombres propios, ni siquiera apropiados; sólo utiliza nombres generales o paráfrasis edulcorantes. Endlösung es y debe ser una paráfrasis, y combina únicamente con conceptos acordes con la lengua de las cancillerías. El caso es que la lengua de las cancillerías no dirá solución final; si habla de solución, no puede decir más que solución definitiva.

Sólo entonces las palabras adquieren sentido. La cancillería del partido nazi aborda el problema judío tal como se le planteó siempre a Europa – "die europäische Judenfrage"; ante este problema, menciona la situación de los judíos en el Este (entendamos: los campos de exterminio, sobre los que empiezan a circular rumores por fuera del cerrado círculo de los dirigentes); la cancillería nazi pretende aportar por fin la solución definitiva de este problema que se le plantea a Europa desde siempre. Sobre el hecho de que tal solución pase por el exterminio sistemático, la cancillería no escribe nada y hace como si no supiera nada. Lo tiene sin duda por un simple detalle de ejecución; de poca importancia frente a la concepción de una solución que resulte efectivamente definitiva.

Al no traducir literalmente, se deja escapar el sentido real: "Medidas preparatorias para la solución definitiva del problema judío en Europa. Rumores sobre la situación de los judíos en el Este". Como si un honesto funcionario de Bruselas redactara hoy un informe titulado "Medidas preparatorias para la solución definitiva del problema de las jubilaciones en Europa. Rumores sobre la situación de los jubilados en Francia". Más horroroso que esto, imposible. Sólo que el balizado temporal importa al máximo; en 1942, las coordenadas del nombre judío están asignadas: problema, solución, definitivo, Europa.

Una de las tesis que presentaré es ésta: la Europa moderna es el lugar

a) donde el nombre de judío es pensado como un problema a resolver;

b) donde una solución sólo es válida cuando pretende ser definitiva.

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