ISBN: 9789875001039

Formato: 288 págs. 14 x 22 cm.

Fecha Publicación: 2007

Precio: $ 320,00 (U$S 18,82)

Michel Foucault, la inquietud de la historia

Prefacio

"Un pez de las profundidades que se ha vuelto loco nada ansiosamente hacia los peces de su familia; a seiscientos metros del fondo se topa con ellos, los despierta, los aborda uno tras otro: “¿No escuchas, tú, el agua que corre?”.
Henri Michaux, La noche se agita

"Al tratar de sacar a la luz este profundo desnivel de la cultura occidental, restituimos a nuestro suelo silencioso e ingenuamente inmóvil sus rupturas, su inestabilidad, sus fallas; y es él el que se inquieta de nuevo bajo nuestros pasos."
Michel Foucault, Las palabras y las cosas

La pregunta que enfrenta un pensador de manera novedosa es a menudo la que suscita mayor incomprensión. Así, la obra de Michel Foucault fue, y aún lo es, objeto de dos reproches: ser pesimista e inconsecuente. Por una parte, Foucault esbozaría el cuadro de un mundo en donde la búsqueda de lo verdadero y la voluntad de reforma estarían de entrada destinadas al fracaso, o a volverse contra la intención de sus iniciadores. Por otra parte, no habría cesado de dejar de lado, o evitar, los requisitos epistemológicos y éticos implicados tanto por su propia posición de pensador como por sus compromisos políticos, condenándose al relativismo, o rehusando tomar en cuenta lo que él mismo debe a los ideales humanistas de emancipación.
“¿Qué quiere usted, desde dónde habla?” Estas preguntas proceden, de hecho, de una misma sospecha. Ambas contradicen el hecho de que Foucault se haya preocupado por establecer, a lo largo de sus escritos, un vínculo satisfactorio entre el sujeto y las normas, vínculo sin el cual la elaboración de una postura crítica y de una alternativa fecunda sería imposible. Reprochar a Foucault su pesimismo equivale a decir que sus descripciones históricas impiden a cualquiera (individuo o grupo) erigirse como sujeto de una transformación de las normas que organizan, según él, el saber y el poder. Acusarlo de inconsecuencia es afirmar que Foucault, aunque convoca implícitamente ciertas normas de verdad o de derecho, habría negado su propia posición de sujeto, vedándose por ese motivo producir una verdadera crítica o decir al fin en nombre de qué juzga los saberes relativos, o los poderes intolerables. Se trata entonces, en verdad, de dos versiones del mismo reproche, dirigido, en un caso, a la vertiente objetiva del trabajo de Foucault (a sus “contenidos”, a la visión que ofrece de la historia), en el otro, a su vertiente subjetiva (al “punto de vista”, a la postura analítica del arqueólogo o del genealogista).
Al seguir esta pista, se advierte de inmediato que, en efecto, dos tensiones recorren la obra, y la hacen vivir. La primera se relaciona con la manera en que Foucault piensa las normas históricas. Ya sea que las nombre “estructuras”, “epistemas”, “dispositivos”, en cada caso, en sus escritos, se mezclan el gusto por lo positivo y la atención que confiere a los peligros. Pocos autores se han preocupado, como Foucault, por denunciar los mitos, los prestigios o el pathos de la negatividad: mito de una historia que debería ser leída con el patrón de las esencias que encubre, expresándolas imperfectamente o ejerciendo sobre ellas una censura violenta; prestigio de una negación que vendría a empalmar una con otra las etapas de un mismo devenir, en contrando su necesidad interior en la contradicción del momento precedente, y dando a luz su sentido en la figura acabada que hace nacer; pathos de una crisis de la cultura que amenazaría al humanismo e inquietaría el orden del derecho. A los mitos esencialistas, Foucault opone el orden de las positividades; a los prestigios de la dialéctica, la distribución de las discontinuidades; al lamento humanista, finalmente, la risa que, en Las palabras y las cosas, recibe la muerte del hombre como una buena noticia. De esta manera, podría ser leído como el pensador de la rica fecundidad de las estructuras, de la inventividad de las tecnologías, de una diversidad de lo real que, al no tener la medida de ningún trasmundo, no requiere de nada ni de nadie. A ese motivo, sin embargo, se asocia constantemente otro, más oscuro, y que complica esta imagen de “positivismo alegre”. Porque pocos autores, en el mismo período, se interesaron tanto por la locura, la enfermedad, el crimen, la infamia, la corrección, no en calidad de figuras para una filosofía que busca metáforas, sino como desastres singulares, derrotas íntimas, preguntas sin respuesta, cristalizadas en el orden de los saberes a los que dieron lugar. Pocos autores, además, responderían con un “todo es peligroso” al mandato que reciben de proponer programas para el futuro. Así aparece el primer enigma: si siempre se trata, en Foucault, de pensar lo positivo, en el doble sentido de lo efectivo y de lo fecundo, también se trata de hacer surgir allí, como problema central, las discontinuidades, fallas, en pocas palabras, los elementos de negatividad que, al volver al saber y al discurso inadecuados para sus propios principios, dan por resultado algunas hiancias peligrosas.
La segunda tensión concierne al lugar que este pensamiento le confiere a la instancia subjetiva. Foucault no deja de afirmar a cada momento que es necesario retirarle la posibilidad de cambiar el discurso al mero sujeto hablante; que se debe, para recuperar la formación efectiva de los saberes, poner entre paréntesis la conciencia; que el hombre mismo procede de una disposición contingente y transitoria del lenguaje; que, finalmente, no se puede asignar un estratega a las estrategias en las que se ordenan las técnicas de poder. Al sujeto consciente fundador de la ciencia, lo sustituye por una multiplicidad de modalidades enunciativas; a la espontaneidad innata de los sujetos políticos, opone el análisis de las formas de sometimiento, la fábrica social de la individualidad. Y, sin embargo, las subjetividades son insistentes en los textos. En primer lugar, una serie de nombres propios escande el examen del archivo; algunos famosos (Nietzsche, Artaud, Nerval en Historia de la locura, y también Platón en El uso de los placeres), otros desconocidos: Thorin, lacayo analfabeto, Mathurin Milan, usurero lunático, de quienes solamente los archivos del encierro guardan memoria. Esos fantasmas de biblioteca hallan su eco en otro nombre, el del mismo Foucault: extrañamente, a lo largo de la obra, esta filosofía de las reglas anónimas se enuncia en primera persona y en una escritura de entrada reconocible por sus metamorfosis. Finalmente, parece que uno de los efectos políticamente esperados de esta arqueología no ha sido hacer de los actores los escribas del sistema, sino, al contrario, restituir la posibilidad de una palabra liberada de cualquier mediación representativa. Debemos recordar en este punto el elogio de Gilles Deleuze, y pensar seriamente en su carácter misterioso: “A mi juicio, usted ha sido el primero que nos ha enseñado algo fundamental, en sus libros y, a la vez, en un terreno práctico: la indignidad de hablar en nombre de los otros”. Así aparece el segundo enigma: que una crítica árida de la subjetividad no disipe la necesidad de los nombres bajo la generalidad de las clases; que una escritura que apunta a la dispersión del lenguaje se dé, sin embargo, como estilo; que un libro donde los prisioneros parecen fundirse en los muros, desaparecer en la arquitectura panóptica de las disciplinas, haya podido escribirse, en primer lugar, para los detenidos, más que para sus guardianes.
¿Qué límites existen en una normatividad que no supone ninguno? ¿Qué sujetos, en una filosofía que, aparentemente, los recusa? Quisiéramos mostrar que estas preguntas ofrecen una apertura preciosa sobre la manera en que Foucault procede y se organiza. Pero también que permiten la aproximación a un problema más general, con el cual el autor de Las palabras y las cosas parece haberse enfrentado constantemente: el de inventar una crítica que no suponga una base normativa, a partir de la cual los progresos del saber o las formas de lo político podrían verse evaluados, ni un sujeto trascendente, es decir, pasible de considerarse universal, de exceptuarse de la sociedad que cuestiona para recuperar en él el poder de juzgarla y la resolución de transformarla. Aquello que Foucault llama diagnóstico es un esfuerzo diferencial que ya no exigiría recurrir a un cuerpo de principios que sobrevuelan la singularidad del caso: una crítica, pero separada de la figura del juicio. Además, lo que él llama el [le soi] es el movimiento de una subjetividad haciéndose, es la emergencia de una singularidad irreductible tanto a una simple particularización de las normas sociales en vigencia como a la actualización de formas universales y de estructuras constantes: una insistencia más que una instancia. De esta manera, señalar que Foucault intenta establecer la posibilidad de una evaluación sin criterio exterior a las positividades mismas, de una localización de sus límites que no se apoye sobre ningún horizonte ideal, o bien observar que trata de pensar, sin reducciones, los sujetos en la historia más que en su fundamento o en su fin, es admitir que toma en cuenta dos de los interrogantes constitutivos de la modernidad.
Ligados por sus problemáticas lejanas, los siguientes estudios lo están también por otros más subterráneos: la continuidad de un motivo, lo que podría llamarse una “inquietud de los suelos”. La fórmula es de Foucault; el suelo “se inquieta bajo nuestros pasos” (Las palabras y las cosas), el discurso “se esquiva” (La arqueología del saber). El curso de 1976 se abre con la constatación de una “especie de desmenuzamiento general de los suelos”, y ya en Raymond Roussel evocaba “una inquietud del lenguaje mismo”. Como si el filósofo no pudiera inquietarse por los suelos si estos no fueran primero inquietos, o inquietantes. Sin embargo, no se cuentan a favor las positividades históricas de una voluntad, de una intención, de un alma. Pero la recurrencia de esta figura sugiere un vínculo estrecho entre el hecho de que los sistemas de pensamiento siempre tienen fisuras y el hecho de que un sujeto deviene en ellos quizá posible: no como esa instancia plena que daría sentido a la historia, sino como la asunción de los espacios que ésta abre, como la estilización de los problemas que plantea, como la confrontación con lo impensable que suscita y conlleva. Por ejemplo, Foucault escribe sobre la locura y sobre las obras a las que remite, inseparablemente, el nombre de Artaud: “Perfil contra el vacío”. Pero lo que vacía la densa malla de la psiquiatría moderna es tal vez, al mismo tiempo, lo que dibuja un perfil, y la hipótesis de un rostro.
Digamos las cosas de otro modo. El esfuerzo para pensar, en términos de una descripción positiva, los puntos problemáticos donde discursos y prácticas escapan a ellos mismos; el esfuerzo por concebir, en el interior de dispositivos que ninguna conciencia inaugura, la emergencia de sujetos, nos parecen vinculados de dos maneras: por su común preocupación de dar otro destino a la actividad crítica; por la importancia que ambos confieren a los momentos críticos, a aquello que los últimos textos llamarán “puntos de problematización”. En una entrevista, Gilles Deleuze dice, a propósito de Foucault: “La lógica de un pensamiento es el conjunto de las crisis que atraviesa; eso se parece más a una cadena volcánica que a un sistema tranquilo y próximo al equilibrio”. Este comentario merece ser desarrollado. Mostrar, a partir del archivo, que la subjetividad procede de las crisis y permanece vinculada a ellas; pero pensar, para ello, las normas y sus crisis desde una posición de subjetividad resquebrajada en sí misma, recorrida por los sacudimientos del presente: ésta puede ser la extraña torsión del círculo hermenéutico que nos queda por aprender de Foucault.

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