ISBN: 9789875001039

Formato: 288 págs. 14 x 22 cm.

Fecha Publicación: 2007

Precio: $ 320,00 (U$S 18,82)

Michel Foucault, la inquietud de la historia

Reseña de 'Michel Foucault, la inquietud de la historia'

Laureano Martínez, Reseñas.Net, 01/06/2008

En Michel Foucault, la inquietud de la historia encontramos un singular recorrido entre los tantos que posibilita la obra de Foucault. Un recorrido que conjuga una comprensión rigurosa del trabajo que aborda, con una sutil multiplicación de sus variantes. Esto último es fundamental a la hora de trabajar sobre un pensador para quién el regreso a un texto no es un suplemento histórico que vendría a adherirse a la discursividad primaria y la redoblaría bajo la forma de un ornamento infecundo, sino más bien un medio efectivo y necesario para transformar la práctica discursiva, para generar nuevos discursos. Coherente con esta postura, el libro de Mathieu Potte-Bonneville plantea un conjunto de interrogantes focalizados endos momentos precisos – extremos en la serie – del trabajo de Michel Foucault. Al preguntarse por el problema de las normas, abordará Historia de la locura, primer gran libro de Foucault, y los vínculos que allí se establecen entre locura y sinrazón, concentrándose en el modo en que esas figuras se dibujan en el juego de la normalización moderna. Libro, en cierto sentido, “fuera de serie”, en la medida en que no deja arrastrarse hacia la sucesión tradicionalmente reconocida entre las obras llamadas “arqueológicas” (El nacimiento de la clínica, Las palabras y las cosas, La arqueología del saber) y que muestra ya cierta inflexión hacia una genealogía del poder, característica de los trabajos a partir de 1970. Por otra parte tratará el problema del sujeto, remitiéndose a los dos últimos tomos de Historia de la sexualidad y el esfuerzo por pensar conjuntamente la subjetivación y la problematización. Pero lejos de echar luz a toda su obra intentando reducirla a partir de su principio o su fin, apelará a dos tácticas que le permitirán conservar el sentido de dispersión, de rupturas, desplazamientos y bifurcaciones que la caracterizan. Así, en algún caso extraerá de algunas páginas de Historia de la locura conclusiones que valdrían para la obra en su totalidad, y otras veces propondrá revisar el recorrido de Foucault en torno a la cuestión del sujeto. 
En su análisis, el autor procura mantenerse fiel al estilo del mismo Foucault, a las reglas que gobiernan su propia escritura, quitando de la historia que contará una pieza que por lo general se juzga central, una parte que suele percibirse como equivalente al todo, para ver posteriormente cómo son recompuestas las rupturas, continuidades y resonancias. Si entonces cierta mirada habitual a la obra foucaultiana apunta hacia el centro de los textos llamados “políticos”, como Vigilar y castigar y La voluntad de saber, sin dejar de mencionarlos, no serán objeto de un estudio independiente. Esto de ningún modo implicará atribuir a Foucault un “escepticismo estático” sino que – nos propone – en la intersección de la cuestión de las normas y de las subjetividades encuentra su lugar una política, un análisis político de la individualización normativa, una práctica política de la subjetivación colectiva, por la cual es posible cuestionar un régimen de normas. 
Potte-Bonneville nos plantea una lectura en torno a dos tensiones que, a su entender, recorren el trabajo de Foucault y son la fuente de su vitalidad. Por un lado, la forma en que son pensadas las normas históricas. Ya sea en su versión de “estructuras”, “epistemes”, “dispositivos” o “estrategias”, apunta a una diversidad de lo real que, al no tener ninguna instancia de parámetro, “no requiere de nada ni nadie”. A partir de ellas despliega su maquinaria de denuncia de los mitos, de los prestigios o del pathos de la negatividad. Denuncia del mito de una historia que debería ser leída con el patrón de las esencias encubiertas, expresándolas imperfectamente o ejerciendo sobre ellas una censura violenta; a la cual opondrá el estudio del orden de las positividades, de la dispersión y exterioridad del discurso. Denuncia también del prestigio de una negación dialéctica que empalmaría una con otra las etapas de un mismo devenir, encontrando su necesidad interior en la contradicción del momento precedente, y dando a luz su sentido en la figura acabada que hace nacer; a lo cual opondrá la distribución de las continuidades, el análisis de la dispersión de los acontecimientos. Denuncia, por último, del pathos de una crisis de la cultura que amenazaría al humanismo e inquietaría el orden del derecho; lamento humanista al cual opondrá la risa que, como en Las palabras y las cosas, recibe la muerte del hombre como una buena noticia. Pero estas denuncias, propias de un “positivismo alegre” que intenta recuperar la formación de los discursos en su poder de afirmación, tienen como correlato interrogantes en torno a la locura, la enfermedad o al crimen en tanto “desastres singulares”, “derrotas íntimas”, “preguntas sin respuestas” que se cristalizan en el orden de los saberes a los que han dado lugar. He aquí entonces la primera tensión señalada: si siempre se trata de pensar lo positivo, en tanto lo efectivo y lo fecundo, también se trata de hacer surgir allí mismo las discontinuidades, las fallas, es decir, los elementos de negatividad que vuelven al saber y al discurso inadecuados para sus propios principios, dando lugar a fisuras que el mismo Foucault tratará de unir a través de un doble movimiento, en apariencia contradictorio, de análisis de una normalización que se presenta como ilimitada y un diagnóstico que identifica sus límites. 
La segunda tensión está dada por el lugar que es asignado a la instancia subjetiva. Foucault nos insiste en distintos momentos de sus trabajos sobre la necesidad de retirar la posibilidad de cambiar el discurso al mero sujeto hablante; insiste en que para recuperar la formación efectiva de los saberes es preciso poner entre paréntesis la conciencia; que el hombre mismo procede de una disposición contingente y transitoria del lenguaje; que, por último, no se puede asignar un estratega a las estrategias en las que se ordenan las técnicas de poder. Al sujeto consciente fundador de la ciencia, lo sustituye por una multiplicidad de modalidades enunciativas; a la espontaneidad innata de los sujetos políticos, opone el análisis de las formas de sometimiento, la fábrica social de individualidad. Aún así, las subjetividades son insistentes en sus textos. Tanto en la serie de nombres propios que seccionan el examen del archivo, famosos algunos de ellos como en el caso de Nietzsche, Artaud, Nerval, en Historia de la locura o bien Platón en El uso de los placeres; como otros desconocidos: Thorin, Mathurin Milan o Lagarron, de quienes sólo existe registro en los archivos del encierro. Sin olvidar la resonancia de esos nombres en otro: el del mismo Foucault. Aparece así la segunda tensión: el hecho de que una crítica aguda de la subjetividad no desvanezca la necesidad de los nombres bajo la generalidad de las clases; que una escritura avocada a la dispersión del lenguaje se dé, a pesar de ello, como estilo; que un libro dónde los prisioneros parecen fundirse en los muros, desaparecer en la arquitectura panóptica de las disciplinas, haya podido escribirse, principalmente, “para los detenidos, más que para sus guardianes”. 
A partir de esto, Potte-Bonneville nos sumerge en una serie de interrogantes: ¿qué límites existen en una normatividad que no supone ninguno? ¿Qué sujetos, en una filosofía que, aparentemente, los recusa? Y estos interrogantes nos aproximan a un problema más general, frecuentemente enfrentado por el pensador nacido en Poitiers: la invención de una crítica que no suponga una base normativa a partir de la cual evaluar los progresos del saber o las formas de lo político. Crítica, además, sin un sujeto trascendente, es decir, que pretenda universalidad, que se piense exceptuado de la sociedad que cuestiona. Una crítica que no deba recurrir a un cuerpo de principios que sobrevuelen la singularidad del caso. Sumado a esto, la figura de el sí [le soi] es el movimiento de una subjetividad haciéndose, es la emergencia de una singularidad irreductible tanto a una simple particularización de las normas sociales vigentes, como a la actualización de formas universales y de estructuras constantes. De este modo, se nos propone, tanto el intento de Foucault por establecer la posibilidad de una evaluación sin criterio exterior a las positividades mismas, de una localización de sus límites que no se apoye sobre ningún horizonte ideal, como el intento de observar que se trata de pensar los sujetos en su historia más que en su fundamento o su fin, nos introducen en dos de los interrogantes constitutivos de la modernidad.
Según el autor, la “inquietud de los suelos”, fórmula perteneciente al propio Foucault en distintos trabajos, sería otro motivo de encadenamiento de su obra. La recurrencia de esta figura sugiere un vínculo entre el hecho de que los sistemas de pensamiento siempre tienen fisuras y el hecho de que allí un sujeto deviene quizá posible, sin ser la emergencia de ninguna conciencia. De inquietud se trata, en efecto, a lo largo de toda la obra. La misma palabra se repite con fecunda insistencia y gran diversidad. La inquietud podría ser pensada como “el elemento prefilosófico del pensamiento”, el motivo de la inquietud permite una circulación a través de los diferentes niveles de la obra foucaultiana: desde el análisis de las normas hasta la recuperación del sujeto, y desde ésta a la renovación de la tarea crítica asignada a la filosofía. 
El libro se divide en dos partes, que responden a los dos ejes o tensiones mencionados anteriormente, y cada parte contiene tres capítulos. En la primera parte intentará comprender las relaciones que se establecen en la obra de Foucault entre el examen inmanente de las normas sociales y la asignación de sus límites en Historia de la locura. Potte-Bonneville insistirá aquí sobre un problema que será constante en los siguientes trabajos de Foucault: la experiencia descripta por éste muestra dos movimientos en apariencia contradictorios; por un lado un movimiento extensivo de la normatividad, en la cual los fenómenos son integrados por comparación con aquellos con los que difieren y por otro, un movimiento intensivo de construcción de una experiencia (por caso la locura) como fenómeno privado; extensión indefinida de las ciencias humanas, a condición de un desfase vertical del hombre consigo mismo. Así, en el primer capítulo intentará reconstruir la analítica de las normas a partir del estudio del asilo, mostrando cómo opera ya en este primer trabajo la unión del relato de una exclusión de la sinrazón con el de una integración de la locura cuyo impulso no es excluir. Posteriormente, en el segundo capítulo, se analiza la inscripción de un “doble registro” simultáneo y contradictorio, la hipótesis de una doble historia (locura y sinrazón), introducido por la referencia a la sinrazón. Para ello se ubica en el “espacio literario”, como eje que articula los dos registros. El arte tendrá aquí un triple valor: de expresión, de síntesis y de verificación. Este desdoblamiento será indagado por la visión que han tenido sobre la enfermedad mental aquellos que Foucault utiliza como guías: Nietzsche, Artaud, Roussel, Diderot, entre otros. A partir de esto, se comprenderá en el último capítulo de esta primera parte que Foucault asocie a su análisis una serie de diagnósticos que conforman su contrapunto crítico, aunque esta crítica sea profundamente nueva, ya que se despliega más que sobre las normas de la razón, sobre la experiencia de la locura como “punto de problematización”.
En la segunda parte, cuyo eje son los dos últimos tomos de Historia de la sexualidad, se intenta dar cuenta del desplazamiento de la cuestión de la subjetividad al primer plano del análisis (capítulo IV). Los dos últimos capítulos (V y VI) llevarán ese interrogante a los conceptos introducidos entonces por Foucault: subjetivación, por el cual el problema del sujeto se encuentra desplazado de su horizonte tradicional de fundamento y autonomía; y problematización, que designa el pivote de la producción del sujeto a la vez que caracteriza reflexivamente lo que se pone en juego y el estilo de procedimiento de Foucault, que describe el cuestionamiento del sujeto hacia sus propias prácticas, sin postular por ello una subjetividad fundadora y distanciada respecto del contexto de pertenencia que ella interroga. Es decir, frente a la alternativa de concebir un sujeto plenamente constituido por las prácticas históricas de subjetivación, como un efecto de las formas de objetivación discursivas o no discursivas, o bien reconocerlo en su papel fundador, en un afuera que trasciende la historia, la lectura propuesta nos sugiere que no es ni lo uno ni lo otro, sino que se debe rastrear una reflexión “sin sujeto y subjetivante”. Y aquí cobra todo su valor la noción de problematización. De este modo el segundo estudio remitirá al primero, ya que la crítica al asilo desplegada en Historia de la locura procedía de esa misma “problematización”, de un intento de llevar la filosofía lo más cerca posible de su límite: “Moral de la incomodidad”, condición misma del pensamiento foucaultiano.
Si atendemos a la forma en que Foucault aborda la tarea filosófica, como un análisis inmanente del material histórico sobre el que trabaja, nos veremos frente a la necesidad de leer, es decir, de “producir la diferencia del sentido en el redoblamiento de la palabra”. Es entonces la empresa de Potte-Bonneville efectivamente una tarea de lectura, una multiplicación del sentido, una re-dispersión del discurso de Foucault y un aporte a su inteligibilidad. A nuestro entender, el autor ha logrado satisfactoriamente “proseguir la frase”, sumarse a la “voz sin nombre” que lo precedía.

Fuente: www.revista-digital.ceemi-unr.com.ar/numero2/pdf/ReseniaMartinez.pdf

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