ISBN: 9789875000148

Formato: 120 págs. 14 x 20 cm.

Fecha Publicación: 1997

Precio: $ 150,00 (U$S 8,82)

El monolingüismo del otro

O la prótesis de origen

1

—Imagínalo, figúrate alguien que cultivara el francés.
Lo que se llama francés.
Y al que el francés cultivara.
Y quien, ciudadano francés por añadidura, fuera por lo tanto un sujeto, como suele decirse, de cultura francesa.
Ahora bien, supón que un día ese sujeto de cultura francesa viniera a decirte, por ejemplo, en buen francés:
“No tengo más que una lengua, no es la mía.”
Y aun, o además:
“Soy monolingüe.” Mi monolingüismo mora en mí y lo llamo mi morada; lo siento como tal, permanezco en él y lo habito. Me habita. El monolingüismo en el que respiro, incluso, es para mí el elemento. No un elemento natural, no la transparencia del éter, sino un medio absoluto. Insuperable, indiscutible: no puedo recusarlo más que al atestiguar su omnipresencia en mí. Me habrá precedido desde siempre. Soy yo. Ese monolingüismo, para mí, soy yo. Eso no quiere decir, sobre todo no quiere decir –no vayas a creerlo–, que soy una figura alegórica de este animal o esta verdad, el monolingüismo. Pero fuera de él yo no sería yo mismo. Me constituye, me dicta hasta la ipsidad de todo, me prescribe, también, una soledad monacal, como si estuviera comprometido por unos votos anteriores incluso a que aprendiese a hablar. Ese solipsismo inagotable soy yo antes que yo. Permanentemente.
Ahora bien, nunca esta lengua, la única que estoy condenado así a hablar, en tanto me sea posible hablar, en la vida, en la muerte, esta única lengua, ves, nunca será la mía. Nunca lo fue, en verdad.
Adviertes de golpe el origen de mis sufrimientos, porque esta lengua los atraviesa de lado a lado, y el lugar de mis pasiones, mis deseos, mis plegarias, la vocación de mis esperanzas. Pero hago mal, hago mal al hablar de atravesamiento y lugar. Puesto que es en el borde del francés, únicamente, ni en él ni fuera de él, sobre la línea inhallable de su ribera, donde, desde siempre, permanentemente, me pregunto si se puede amar, gozar, orar, reventar de dolor o reventar a secas en otra lengua o sin decir nada de ello a nadie, sin siquiera hablar.
Pero ante todo y por añadidura, he aquí el doble filo de una hoja aguda que quería confiarte casi sin decir palabra, sufro y gozo con esto que te digo en nuestra lengua llamada común:
“Sí, no tengo más que una lengua; ahora bien, no es la mía.

—Dices lo imposible. Tu discurso no se sostiene. Siempre será incoherente, “inconsistent”, se diría en inglés. Aparentemente inconsistente, en todo caso, gratuito en su elocuencia fenoménica, porque su retórica hace lo imposible con el sentido. Tu frase no tiene sentido, no tiene sentido común, puedes ver cómo se desarma por sí misma. ¿Cómo podría uno tener una lengua que no fuera la suya? Y sobre todo si se pretende, como tú insistes, que no se tiene más que una, una sola, absolutamente sola. Formulas una especie de testimonio solemne neciamente traído de los pelos en una contradicción lógica. Peor, diagnosticaría tal vez el sabio ante un caso tan grave y que se da a sí mismo por incurable, tu frase se extirpa de sí misma en una contradicción lógica a la que se suma una contradicción pragmática o performativa. Es un caso desesperado. En efecto, el gesto performativo de la enunciación vendría a probar, en acto, lo contrario de lo que pretende declarar el testimonio, a saber, una cierta verdad. “Nunca lo fue [mía], en verdad”, te atrevías a decir. Quien habla, el sujeto de la enunciación, tú, claro que sí, el sujeto de la lengua francesa: lo vemos hacer lo contrario de lo que dice. Es como si mintieras y, en el mismo aliento, confesaras la mentira. Una mentira increíble, en consecuencia, que arruina el crédito de tu retórica. La mentira queda desmentida por el hecho de lo que hace, por el acto de lenguaje. Prueba así, prácticamente, lo contrario de lo que tu discurso pretende afirmar, probar, dar a verificar. Nunca se terminaría de denunciar tu absurdo.

—¡Ah, bien! Pero entonces, ¿por qué no se terminaría de hacerlo? ¿Por qué persiste? Tú mismo pareces no lograr convencerte, y multiplicas tu objeción, siempre la misma, te agotas en la redundancia.

—Desde el momento en que dijeras que ella, la lengua francesa –la que hablas así, aquí mismo, y que hace inteligibles nuestras palabras, poco más o menos (por otra parte, ¿a quién hablamos?, ¿para quién? ¿Nos traducirán alguna vez?)–, pues bien, que no es tu lengua, cuando en realidad no tienes otra, no sólo te encontrarás preso en esta “contradicción performativa” de la enunciación, sino que agravarás el absurdo lógico, a decir verdad la mentira, incluso el perjurio, dentro del enunciado. ¿Cómo podríamos no tener más que una lengua sin tenerla, sin tenerla y que sea nuestra? ¿La nuestra propia? ¿Y cómo saberlo, cómo pretender tener conocimiento de ello? ¿Cómo decirlo? ¿Por qué querer compartir ese conocimiento, desde el momento en que se alega igualmente, y en el mismo impulso del mismo idioma, no conocer o no practicar ninguna otra lengua?

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