ISBN: 9789875000148

Formato: 120 págs. 14 x 20 cm.

Fecha Publicación: 1997

Precio: $ 150,00 (U$S 8,82)

El monolingüismo del otro

O la prótesis de origen

Reseña sobre 'El monolingüismo del otro [o la prótesis de origen]', de Jacques Derrida

Roxana Páez, Orbis Tertius, 01/01/2000

Como en otros escritos de la última década, Derrida se involucra en una cuestión teórica, a partir de una cuestión personal pendiente. Y la finalidad no deja de ser el “estilo” de poner en escena: el cruce entre vida y filosofía, a la manera platónica, que acá se insinúa apenas, como un diálogo con el otro, y luego se abandona. Esa cuestión queda formulada inicialmente como una paradoja, asociada a otras paradojas implícitas. Que el diálogo iniciado se esfume, manifiesta de otra manera cómo Derrida se desvía de cualquier atisbo dialéctico, para inscribir su discurso en la figura de la paradoja (en un segundo plano, otra figura: la hipérbole). Una apariencia de absurdo, de algo irreductible que, no obstante, en el movimiento de su différence, muestra su sentido. Característico de la paradoja es el absoluto extrañamiento. Por eso también la extraña forma de “polemizar”, que no es tal vez, etimológicamente, polémica en el caso de Derrida. Ya que no hay enfrentamiento, sino ese consentir y diferir, permanentemente.
Paradoja inicial (ya puesta en práctica anteriormente), primer extrañamiento: el discurso filosófico y la escritura autobiográfica, de lo que no obstante hay tantos ejemplos con otros nombres propios. Como si uno cayera en la tentación otra vez, dicotómica, de pensar, lo frío y lo caliente, lo abstracto y lo concreto, la teoría y la vida. Un proceso aparta de las oposiciones para ponernos en el camino de la deconstrucción de la lengua materna, de aquello que se entiende por lengua materna, como indudable, como incuestionable. De eso se trata El monolingüismo del otro. Y a la paradoja apuntada se le añade otra: si en definitiva todo discurso resulta autobiográfico, no obstante esos discursos jamás podrían suscribir una identidad, sino simplemente un ejercicio de identificación (para quien lo escribe y lo firma, para quien lo lee).
En Circonfession el mito de origen, la “escena originaria”, es la circuncisión. Derrida le agrega a la puesta de la pasión, el suplemento de su propia voz, en un susurro de una modulación perfecta, de una pronunciación exacta, de un tono en la justa medida. Su perfección es resultado de un ejercicio, de una contención, acaso de un sometimiento que se vuelve liberador. La contención de la algarabía, etimológicamente “lengua árabe”, y de allí, vocerío confuso, bullicio, griterío:

"Es la única impura 'pureza' cuyo gusto me atrevo a confesar. Es un gusto pronunciado por cierta pronunciación. No dejé de aprender, sobre todo al enseñar, a hablar bajo, lo que fue difícil para un 'pied noir' y en especial en mi familia, pero a hacer que ese hablar bajo dejara traslucir la retención de lo que así se retiene..." (El monolingüismo del otro, p. 69).

Esto no sería el centro, pero sí el “punctum” de una disquisición que antes apuntó (acaso contradicción en el pensamiento derridiano que él intenta inmediatamente convertir en una nueva paradoja):

"No creo que en la lectura, y si yo mismo no lo declaro, pueda descubrirse que soy un 'francés de Argelia'. De la necesidad de esta transformación vigilante conservo sin duda una especie de reflejo adquirido. No estoy orgulloso de ello, no hago de ello una doctrina, pero es así: el acento, cualquier acento francés, y ante todo el fuerte acento meridional, me parece incompatible con la dignidad intelectual de una palabra pública. (Inadmisible, ¿no es cierto? Lo confieso.)" (op. cit. p.67)

Pero en verdad no se trata de un purismo, aunque el lector se ría y no pueda creerlo -se anticipa-. Es el deseo de que no se escape esa lengua a la que se entrega. Esa lengua que supuestamente materna, el francés, en realidad no es tal. Es la lengua del otro. Y allí la preposición “de” no indica pertenencia, sino más bien procedencia. Y si el otro, es el “mismo”, el francés es la lengua que él se da a sí mismo.
Se puede remontar la paradoja inicial: Es posible ser monolingüe y hablar una lengua que no es la propia. “Es la ley misma como traducción”, dice el texto antes de explicar la paradoja.
La versión inicial de este texto fue presentada en un coloquio sobre la francofonía fuera de Francia en la Universidad de Lousiana, en 1992. Derrida luego lo desarrolla y le hace algunos “injertos”. La inédita situación que vivió en Argelia, durante la Francia de Vichy, es tanto el acontecimiento disparador, la escena originaria, como la parábola de una fe, de una filosofía. Como pied noir, Derrida tenía hasta entonces la ciudadanía francesa y concurría al Liceo Francés, donde el árabe era una lengua optativa como el alemán o el inglés -¡en Argelia!-. Aunque nació en el Maghreb, el árabe no es su lengua materna. Tampoco el hebreo que sólo es utilizado en las ceremonias religiosas. Ni se habla allí ninguna suerte de ladino. Del judaísmo tiene la marca de un ritual vacío (vuelto vacío, ceremonial). La Francia de Vichy aprovecha -parece decir Derrida- la ocupación y -sin nazis a la vista en Argel-, no obstante, quita la ciudadanía francesa a los judíos franco-maghrebíes. Todo lo cual implica que quede privado institucionalmente de la lengua del amo. Lo cual delataría “un trastorno de la identidad”. Pero, atención, esa lengua que no es la suya, no es para un franco-maghrebí una lengua extranjera. De algún modo, un francés de ultramar, diferente, “inferior” al metropolitano funciona como lengua materna. El razonamiento hiperbólico exaspera la falta de aquélla.

"¿En qué lengua escribir memorias cuando no hubo lengua materna autorizada? ¡Cómo decir un 'yo me acuerdo', cuando hay que inventar la lengua y el yo?" (op.cit., pp. 48-49)

Pero además,

"¿Qué es la identidad, ese concepto cuya transparente identidad consigo misma siempre se presupone dogmáticamente en tantos debates sobre el monoculturalismo o el multiculturalismo, sobre la nacionalidad, la ciudadanía, la pertenencia en general?" (op. cit., p. 27)

Derrida injerta su debate en el seno de “los” debates à la page, para diferirlos. A tal efecto, entre la realidad y la ficción, su evanescente interlocutor es Abdelkebir Khatibi, autor de Amour bilingüe, amigo participante del coloquio y maghrebí francófono.
El subtítulo siniestro actúa como sinónimo de una palabra recurrente: suplemento. Aquella que caracteriza el lugar otorgado a la escritura desde el “inicio” de la civilización hasta el mismísimo estructuralismo, incluido. Y si la lengua materna de algún modo es la huella, la incisión inicial, El monolingüismo del otro pone en escena cómo el origen no es, no está. El poderío y el prestigio de la lengua colonial aumenta la carencia, el no dominio del lenguaje apropiado. Se entiende la paradoja de la conjunción en este libro de deconstrucción y “purismo”. Es el lenguaje apropiado como “revisión crítica”. Revisión crítica de las maniobras “humanistas”. Todo cierra en un escrito de algún modo tangencial, de algún modo menor, respecto de los grandes ensayos del franco-maghrebí. Pero lo pequeño contiene lo grande. Es un pensador no sistemático, aunque sus “marcas”, sus conceptos, persisten con cierta “identidad’ en los diversos escritos que firma (lo cual permite la Derridabase de Bennington). Es a partir de Glas o de La carte postale, para Rorty, que sus neologismos ya no pueden ser utilizados (de lo contrario se volvería a una suerte de metafísica de la presencia, a conceptos originarios y utilizables por otros filósofos, etc, que fue lo que pasó con Heidegger). El pequeño libro es la autobiografía de “un gusto inmoderado por lo que se llama la deconstrucción” y completa el cruce confesado en Circonfession: entre el suplemento y la carencia, huyendo “de todas las lenguas -decía allí-, la sagrada en que querían encerrarme sin abrirme a ella [el hebreo], la secular de la que decían que nunca sería mía [el francés], por judío maghrebí, o el árabe por la primera ciudadanía francesa, pero esta ignorancia siguió siendo la posibilidad tanto de mi fe como de mi esperanza, incluso de mi gusto por la “palabra”, el gusto por las letras...”.

Fuente: www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/art_revistas/pr.2857/pr.2857.pdf