ISBN: 9789875000742

Formato: 308 págs. 16 x 23 cm.

Fecha Publicación: 2002

Precio: $ 350,00 (U$S 20,59)

El lugar de la cultura

I. El compromiso con la teoría

Un supuesto dañino y autodestructivo pretende que la teoría sea necesariamente el lenguaje de elite de los privilegiados sociales y culturales. Se dice que el lugar del crítico académico inevitablemente queda dentro del área de los archivos eurocéntricos de un Occidente imperialista o neocolonial. Los campos olímpicos de lo que equivocadamente se caratula “teoría pura” se suponen eternamente aislados de las exigencias y tragedias históricas de los miserables de la tierra. ¿Siempre debemos polarizar para polemizar? ¿Estamos atrapados en una política de combate donde la representación de los antagonismos sociales y las contradicciones históricas no pueden tomar otra forma que un binarismo de teoría versus política? ¿El objetivo de la libertad de conocimiento puede ser la mera inversión de la relación de opresor y oprimido, centro y periferia, imagen negativa e imagen positiva? ¿El único camino que nos queda para salir de ese dualismo es la afiliación a una oposicionalidad implacable o la invención de un contramito originario de pureza radical? ¿El proyecto de nuestras estéticas liberacionistas debe ser por siempre parte de una visión totalizante utópica del Ser y la Historia que busca trascender las contradicciones y ambivalencias que constituyen la estructura misma de la subjetividad humana y sus sistemas de representación cultural?

Entre lo que se representa como “hurto” y distorsión de la “metateorización” europea, y la experiencia activista radical y comprometida de la creatividad del Tercer Mundo, podemos ver la imagen en espejo (aunque invertida en contenido e intención) de esa polaridad ahistórica del siglo XIX entre Oriente y Occidente que, en nombre del progreso, desencadenó las ideologías imperialistas exclusionistas del yo y el otro. Esta vez, el término “teoría crítica”, a menudo no teorizado ni argumentado, es definitivamente el Otro, una otredad que es insistentemente identificada con los desvaríos del crítico eurocéntrico despolitizado. ¿La causa del arte o la crítica radicales es mejor servida, por ejemplo, por un fulminante profesor de cine que anuncie, en un corto circuito de la argumentación: “No somos artistas, somos activistas políticos”? Al oscurecer el poder de su propia práctica en la retórica de la militancia, no logra llamar la atención sobre el valor específico de una política de la producción cultural; esta política, al hacer de la superficie de la significación cinemática el fundamento de la intervención política, le da profundidad al lenguaje de la crítica social y extiende el dominio de la “política” en una dirección que no quedará enteramente dominada por las fuerzas del control económico o social. Las formas de la rebelión popular o la movilización suelen ser más subversivas y transgresivas cuando son creadas mediante prácticas culturales oposicionales.

Antes de que se me acuse de voluntarismo burgués, pragmatismo liberal, pluralismo academicista y todos los demás “ismos” con los que atacan quienes ponen su más severa censura contra el teoricismo “eurocéntrico” (derrideanismo, lacanismo, postestructuralismo...), me gustaría clarificar los objetivos de mis preguntas iniciales. Estoy convencido de que, en el idioma de la economía política, es legítimo representar las relaciones de explotación y dominación en los términos de la división discursiva entre el Primer y el Tercer Mundo, el Norte y el Sur. Pese a los reclamos a una retórica espúrea de “internacionalismo” por parte de las multinacionales establecidas y las redes de las nuevas industrias tecnológicas de las comunicaciones, esas circulaciones de signos y bienes que existen son capturadas en los circuitos viciosos de la plusvalía que enlazan el capital del Primer Mundo con los mercados de trabajo del Tercer Mundo mediante las cadenas de la división internacional del trabajo y las clases compradoras nacionales. Gayatri Spivak tiene razón al concluir que va en el sentido del “interés del capital preservar el teatro comprador en un estado relativamente primitivo de legislación del trabajo y de regulación del medio ambiente”.

Estoy igualmente convencido de que, en el idioma de la diplomacia internacional, hay un súbito crecimiento de un nuevo nacionalismo anglonorteamericano que articula crecientemente su poder económico y militar en actos políticos que expresan una falta de respeto neoimperialista por la independencia y autonomía de pueblos y lugares en el Tercer Mundo. Pienso en la política de “patio trasero” que practicaban los norteamericanos respecto del Caribe y América latina, la truculencia patriótica y el folclore patricio de la campaña inglesa por las Malvinas, o, más recientemente, el triunfalismo de las fuerzas norteamericanas y británicas durante la Guerra del Golfo. Estoy convencido además de que tal dominación económica y política tiene una profunda influencia hegemónica sobre los órdenes de información del mundo occidental, sus medios de comunicación populares y sus instituciones especializadas y académicas. Todo eso no está en duda.

Lo que sí exige más discusión es si los “nuevos” lenguajes de la crítica teórica (semiótica, postestructuralista, deconstruccionista y lo demás) se limitan a reflejar esas divisiones geopolíticas y sus esferas de influencia. ¿Los intereses de la teoría “occidental” necesariamente están coordinadas con el papel hegemónico de Occidente como bloque de poder? ¿El lenguaje de la teoría es sólo otra treta de la elite occidental culturalmente privilegiada para producir un discurso del Otro que refuerce su propia ecuación poder-conocimiento?

Un gran festival de cine en Occidente (aun una reunión alternativa o contracultural como el Congreso del “Tercer Cine” en Edimburgo) nunca deja de revelar la influencia desproporcionada del Occidente como foro cultural, en los tres sentidos de esa palabra: como sitio de exhibición pública y discusión, como lugar de juicio y como mercado. Una película india sobre el drama de los sin techo en Bombay gana el Festival de New Castle, lo cual abre posibilidades de distribución en la India. La primera desgarradora exposición del desastre de Bhopal la hace el Channel Four. Un importante debate sobre la política y teoría del Tercer Cine aparece en Screen, publicación del British Film Institute. Un artículo erudito sobre la importante historia del neotradicionalismo y lo “popular” en el cine indio ve la luz en Framework. Entre los más importantes contribuyentes al desarrollo del Tercer Cine como precepto y práctica hay una cantidad de cineastas y críticos del Tercer Mundo que son exiliados o émigrés en el Occidente y viven problemáticamente, a menudo peligrosamente, en los márgenes “izquierdos” de una cultura liberal burguesa eurocéntrica. No creo que deba mencionar nombres o lugares particulares, o detallar las razones históricas por las que el Occidente carga y explota lo que Bourdieu llamaría su capital simbólico. La condición es demasiado conocida, y no es mi propósito aquí hacer esas importantes distinciones entre diferentes situaciones nacionales y las dispares causas políticas e históricas colectivas del exilio cultural. Quiero tomar posición sobre los márgenes móviles del desplazamiento cultural (que confunde cualquier sentido profundo o “auténtico” de una cultura “nacional” o un intelectual “orgánico”) y preguntar cuál podría ser la función de una perspectiva  teórica comprometida, una vez que se toma como punto de partida paradigmático la hibridez cultural e histórica del mundo poscolonial.

¿Comprometida con qué? En este estadio de la argumentación, no quiero identificar ningún “objeto” específico de afiliación política: el Tercer Mundo, la clase obrera, la lucha feminista. Aunque tal objetivación de la actividad política es crucial y debe fundamentar de modo significativo el debate político, no es la única opción para los críticos o intelectuales que están comprometidos con el cambio político progresivo en la dirección de una sociedad socialista. Es una señal de madurez política aceptar que hay muchas formas de escritura política cuyos diferentes efectos quedan oscurecidos cuando se los divide entre lo “teórico” y el “activismo”. No es que el folleto sobre la organización de una huelga carezca de teoría, mientras que un artículo especulativo sobre la teoría de la ideología debería tener más ejemplos o aplicaciones prácticos. Ambos son formas de discurso, y en esa medida más que reflejar producen sus objetos de referencia. La diferencia entre ellos está en sus cualidades operacionales. El folleto tiene un objetivo específico expositorio y organizacional, limitado temporalmente al acontecimiento; la teoría de la ideología hace su contribución a esas ideas y principios políticos asimilados que conforman el derecho a la huelga. El último no justifica al primero; ni debe precederlo necesariamente. Existe lado a lado con él, uno como parte posibilitadora del otro, como el anverso y el reverso de una hoja de papel, para usar una común analogía semiótica en un contexto político inusual.

Mi interés aquí apunta al proceso de la “intervención ideológica”, que es el nombre que da Stuart Hall al papel de la “imaginación” o representación en la práctica de la política en su respuesta a las elecciones inglesas de 1987. Para Hall, la noción de hegemonía implica una política de la identificación de lo imaginario. Esto ocupa un espacio discursivo que no está exclusivamente delimitado por la historia ni de la derecha ni de la izquierda. Existe de algún modo entre-medio [in-between] de estas polaridades políticas, y también entre las divisiones corrientes de teoría y práctica política. Este enfoque, tal como yo lo leo, nos introduce en un momento, o movimiento, olvidado y excitante, que es el “reconocimiento” de la relación de la política y la teoría; y confunde la división tradicional entre ellas. Tal movimiento se inicia cuando vemos que la relación está determinada por la regla de la materialidad repetible, que Foucault describe como el proceso por el cual las proposiciones de una institución pueden ser transcriptas en el discurso de otra. Pese a los esquemas de uso y aplicación que constituyen un campo de estabilización para la proposición, cualquier cambio en las condiciones de uso y reinvestisión de la proposición, cualquier alteración en su campo de experiencia o verificación, o en realidad cualquier diferencia en los problemas a resolver, puede llevar a la emergencia de una nueva proposición: la diferencia de lo mismo.

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