ISBN: 9789875000650

Formato: 256 págs. 16 x 23 cm.

Fecha Publicación: 1998

Precio: $ 270,00 (U$S 15,88)

Agotado

La política de los pobres

Las prácticas clientelistas del peronismo

Prefacio a la segunda edición

Han pasado un poco más de 10 años desde la publicación de La política de los pobres -y 17 desde que comencé el primer estudio etnográfico sobre “clientelismo político” en Argentina–, y lo que el libro identificó en su momento como una generalizada ausencia de estudios sobre el tema en el país ya no es tal. Durante la última década se han multiplicado los estudios sobre la problemática, dando lugar a lo que Mariela Szwarcberg (2010:142) denomina un “inusitado interés” por el clientelismo y las máquinas políticas (Calvo y Murillo, 2004; Stokes, 2005; Remmer, 2007; Weitz-Shapiro, 2006; Giraudy, 2007; Szwarcberg, 2010; Vommaro y Quiroz, 2011).

El creciente interés ha sido acompañado por una progresiva sofisticación teórica y rigurosidad empírica en el tratamiento de un tema que se niega a desaparecer tanto de las discusiones académicas como de las dinámicas políticas en las sociedades contemporáneas como predecían equivocadamente los que vinculaban el clientelismo con la modernidad y quienes pronosticaban apresuradamente su destierro a manos de la beligerancia popular.

No es este el lugar para realizar una revisión exhaustiva de la literatura sobre clientelismo y patronazgo (véase, por ejemplo, Combes, 2011). Lo que me interesa resaltar es que, a pesar de las innovaciones teóricas y metodológicas, buena parte de la literatura demuestra lo que Stathis Kalyvas denomina cierta “preferencia epistémica” por datos que son fácilmente codificables (gasto público, respuestas a encuestas de opinión, por ejemplo) por sobre datos que son más “desprolijos” (del tipo de los que presenta este libro [véase también Vommaro y Quiróz, 2011]). Estos datos menos “duros” son, a mi entender, más útiles para dar más adecuada cuenta de la “doble vida del clientelismo político” –en la objetividad de la distribución de recursos y apoyo, y en la subjetividad de las disposiciones que la sostienen– y de su relevancia en la práctica de distintos actores. En consecuencia, buena parte de los estudios existentes nos dice mucho sobre “objetos pre-construidos” (elecciones y distribución de planes sociales, por ejemplo) y poco sobre la organización cotidiana del clientelismo en la vida de los sectores más relegados y sobre las lógicas prácticas de los actores involucrados.

El resultado, a mi entender, es una comprensión de la política clientelar basada en modelos que excluyen la pregunta por la realidad del modelo –asumiendo que existen “juegos” entre máquinas y clientes, “cálculos” racionales realizados por individuos estratégicos, etcétera–. Se sigue así centrando el análisis en individuos y organizaciones (máquinas, clientes) a expensas de las relaciones entre ellas. La fuente de la acción clientelar eficaz yace (es el mensaje más o menos explícito del libro) en las relaciones entre sujetos –patrones, clientes, mediadores– y no en las intenciones más o menos aviesas y/o estratégicas de estos.

Cierto es que políticos y funcionarios tienen “formas variadas de construir su base de apoyo político: focalizando o prometiendo focalizar los recursos gubernamentales hacia los seguidores políticos (política de patronazgo), o distribuyendo bienes colectivos a amplios sectores del electorado (política programática), o una combinación de los dos” (Remmer, 2007: 3). Pero un político o unfuncionario no se acerca a estas opciones ex novo cada vez que hay un recurso para distribuir (un plan, un subsidio, etc.), como juegos reiterados que comienzan cada vez que hay una elección (Stokes, 2005), sino que se enfrentan a redes duraderas que constriñen tanto objetiva como subjetivamente sus acciones.

La durabilidad del clientelismo se debe entonces a la consolidación y legitimación de dos tipos de prácticas (por un lado, la búsqueda de votos y/o de participantes para la máquina política mediante la distribución personalizada de recursos; por el otro, la resolución de problemas de sobrevivencia mediante el establecimiento de relaciones duraderas con mediadores políticos por medio de la oferta de votos, asistencia a actos, participación en la máquina o en su fuerza de choque) en dos esferas vinculadas pero diferenciadas (el campo político, la vida cotidiana de los sectores populares).

La política de los pobres expresa un ejercicio, más o menos exitoso de acuerdo con cada lectura pasada y futura, de “etnografía política” –entendida como la investigación basada en la observación cercana, en el terreno, de actores e instituciones políticas en tiempo y espacio reales–, en la que la investigación se inserta cerca (o dentro) del fenómeno a estudiar a los efectos de detectar cómo y por qué los actores en la escena actúan, piensan y sienten. La etnografía política nos permite trascender la superficialidad de las encuestas de opinión (¿qué opina sobre el clientelismo?; ¿recibió usted o algún vecino durante la última elección algún bien de parte de un político?) sobre las cuales buena parte de la ciencia política basa la construcción de sus modelos, y adentrarnos en el verdadero funcionamiento –los soportes objetivos y las experiencias subjetivas– del clientelismo, tanto como mecanismo de dominación política así como estrategia de resolución de problemas por parte de los pobres urbanos.

Relaciones, durante las elecciones pero también en el transcurso de la vida cotidiana: es allí, argumenta este libro, donde hay que centrar el análisis del clientelismo. Estas, si bien difíciles de observar, son centrales a la hora de entender lo slímites y obstáculos que cualquier funcionario, más allá de sus intenciones más o menos “clientelísticas”, debe confrontar. Son sistemas de relaciones que no se dejan ver fácilmente –no las podemos reconstruir utilizando encuestas de opinión, por ejemplo–, pero que son cruciales a la hora de entender la lógica de los actores políticos y, de manera más mediada, la implementación de políticas sociales.

La versión original del libro advertía al lector sobre los posibles “malos entendidos” y “malos usos” del término “clientelismo”. Una lectura particularmente perniciosa e interesada del libro sostuvo que su argumento central era que “la política de los pobres” era, por excelencia, clientelar. Nada más alejado de mi intención. El libro fue concebido como un intento por entender, a partir de un recorte analítico, un tipo de relación política entre los más desposeídos, sin hacer ningún tipo de afirmación acerca de su primacía sobre otras ni ningún tipo de diagnóstico general y generalizador –que suelo evitar porque me parecen fundamentalmente impresionistas y carentes de profundidad–. Cuando concluía la redacción de la versión original, comencé a entender el libro como una invitación a la investigación etnográfica de la política contemporánea; etnografía que, iluminada por preocupaciones teóricas, tuviese la necesaria rigurosidad empírica. La reedición de este libro reitera esta invitación. Mucho es lo que queda aún por hacer.

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