ISBN: 9789875000476

Formato: 288 págs. 14 x 20 cm.

Fecha Publicación: 2000

Precio: $ 300,00 (U$S 17,65)

Agotado

Introducción a una ciencia del lenguaje

Versión abreviada

Nota preliminar - Prefacio

Nota preliminar

El lector encontrará en este volumen la primera parte de una obra publicada en 1989. Se trata, pues, de una reedición parcial.
La práctica de las versiones abreviadas no es, en sí misma, excepcional; las reediciones parciales, en cambio, son más infrecuentes. El proyecto es, en efecto, paradójico. ¿No se señala acaso la buena composición de un libro en la dificultad, cuando no en la imposibilidad, de sacarle alguna parte? Digamos más: si tal o cual capítulo puede ser tomado con independencia de los otros, ¿no prueba esto que la articulación lógica del conjunto era defectuosa?
Conviene volver de manera concisa al proyecto que me había trazado al escribir la Introducción. Habiendo comprobado, como todo el mundo, la multiplicidad de las escuelas de lingüística, supuse que, más allá de las diferencias que las separan, existe un programa general: construir una ciencia del lenguaje; restaba exponer este programa en sus pormenores y revelar las proposiciones que lo legitiman. Este había sido justamente el objeto de la primera parte, que aquí se encuentra reproducida.
Pero la ciencia del lenguaje, si existe, es una ciencia empírica, y nada se ha hecho si no se empieza por articular algunas de las proposiciones empíricas que esta ciencia debe emitir. La Introducción, entonces, para ser exhaustiva, debía combinar dos movimientos: uno, generalizador, había de hacer inteligibles las condiciones por las que la palabra “ciencia” y la palabra “lenguaje” cobran un sentido en la expresión “ciencia del lenguaje”; el otro, empírico, iniciaba una puesta en práctica descriptiva. Este comienzo de puesta en práctica era el objeto de las partes segunda y tercera, que quedaron totalmente de lado.
El movimiento generalizador y el movimiento empírico están ligados entre sí, pero a la vez se distinguen. El primero no se cmple por entero sino gracias al segundo; el segundo se apoya sobre el primero. Ahora bien, la diferencia de sus estatutos autoriza a separarlos. Con que se atenga a las generalidades de la primera parte, el lector podrá hacerse una idea razonablemente clara de lo que puede ser una lingüística que quiera presentarse como ciencia. Este es, al menos, el fin perseguido. Si se lo alcanzara, la empresa habría encontrado plena justificación.
Ahora bien, el lector no dispondrá de información sobre los procedimientos empíricos de la ciencia lingüística ni sobre las propiedades casi materiales de ese objeto singular que es el lenguaje. Si desea saber algo más sobre estas cuestiones deberá consultar la versión completa.
Se realizaron muy pocas modificaciones al texto de la edición de 1989, que se limitan a algunos reordenamientos estrictamente técnicos exigidos por la ausencia de las partes segunda y tercera. Se practicó un único corte; afecta a un parágrafo del Prefacio y aparece señalado con puntos suspensivos.

***

Prefacio

La lingüística desea ser una ciencia. Fuera de este deseo, no posee ningún estatuto y no le queda sino confundirse con las prácticas, al fin y al cabo muy antiguas y muy valiosas, agrupadas bajo el nombre de gramática. Salta a la vista que el nombre de ciencia no reviste ninguna evidencia por sí mismo; se sabe que es tarea de la epistemología determinar su contenido, se sabe también que son diversas las doctrinas epistemológicas. De manera que la lingüística se encuentra afectada por todos los equívocos y vacilaciones que caracterizan al problema de la ciencia. Sería muy fácil demostrar que, a lo largo del tiempo, los giros y rodeos que caracterizan la marcha de la lingüística tuvieron por causa parcial esos equívocos y esas vacilaciones.
Sin embargo, es posible y necesario ir más allá de la historia. Es posible y necesario interrogarse sobre la manera como la cuestión de la ciencia es pertinente para la lingüística. Más aún cuando, por razones que será esencial explicar, la lingüística, como disciplina, revela una fuerte preocupación epistemológica. Más que ninguna otra generó proposiciones acerca de su método, acerca de la naturaleza de sus razonamientos, de sus datos, etc. Hasta el punto de que los clásicos de la lingüística son o deberían ser también clásicos de la epistemología. Hasta el punto de que en la década de 1960 se llegó a pensar que la lingüística bastaba por sí sola para fundar un nuevo tipo de racionalidad y una figura específica de la cientificidad, independiente de la que trazan las ciencias de la naturaleza. Poco importa, al fin y al cabo, que el estructuralismo en sí mismo sea cosa del pasado: el hecho de que fuera posible, de que la lingüística haya sido, de manera fundamental, su primera y última justificación, de que a partir de él se hayan construido modelos de inteligibilidad supuestamente válidos para cualquier objeto (recordemos, por lo demás, la fecundidad de que dieron pruebas algunos de estos modelos), todo esto indica una articulación particular entre la cuestión de la lingüística y la cuestión de la ciencia.
Es indudable que estamos ya en otra cosa; por cierto, ya no pensamos que la lingüística puede y debe desarrollar por sí sola una epistemología absolutamente nueva y enteramente original que habría de legar al conjunto de las llamadas ciencias humanas.
En realidad, hoy en día es difícil pensar que las ciencias humanas puedan recurrir a una epistemología propia. Se impone una alternativa insoslayable: o bien las ciencias humanas son ciencias, y entonces lo son en el mismo sentido en que lo son las ciencias de la naturaleza y corresponden a la misma epistemología (de modo que el calificativo de “humanas” no supondría más que una especificidad mundana), o bien son efectivamente humanas (o sociales, u otra cosa), y entonces no son ciencias y no tienen epistemología. Esta alternativa se les propone a todas ellas y en particular a la lingüística.
Examinaremos aquí la hipótesis según la cual la lingüística es una ciencia en el mismo sentido en que puede serlo una ciencia de la naturaleza. Esto implica que le sean aplicables los mismos conceptos que se aplican a las ciencias de la naturaleza. Como no es cuestión de fundar aquí una epistemología general, empezaremos apoyándonos en nociones recibidas: dado que, en lo que atañe a ciertas ciencias de la naturaleza, nociones como las de refutación, programa de investigaciones, thémata, experimentación, test, etc., son aplicables de manera razonablemente plausible y rigurosa, las aplicaremos a la lingüística. Evidentemente, este movimiento mismo es problemático: será tarea nuestra mostrar de qué manera estas nociones revelan ser aplicables a un discurso que no pertenece de entrada y sin discusión al conjunto de las ciencias positivas. Podrá ser que haya que redefinirlas, bien porque la lingüística lo requiera, bien porque los epistemólogos de profesión hayan utilizado malas definiciones: esto también es posible.
Así pues, la empresa se pretende decididamente cientificista. O, para ser más exactos, consiste, tratándose de la lingüística, en tomar en serio el momento cientificista. Puede ser que en verdad sólo se trate de un momento, pero tomar este momento en serio significa justamente hacer como si fuera el único. Dicho de otra manera, todo habrá de presentarse como si la lingüística fuese aquí estricta e íntegramente una ciencia positiva. [...]

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