ISBN: 9789875000926

Formato: 264 págs. 14 x 20 cm.

Fecha Publicación: 2006

Precio: $ 250,00 (U$S 14,71)

La pornografía o el agotamiento del deseo

Prefacio

“La verdadera traición es seguir al mundo en su camino, y
emplear el espíritu para justificarlo.”
Jean Guéhenno, Caliban parle

“Utilizar el lenguaje como si estuviera siempre disponible
e inagotable es despreciar la verdad de las palabras.”
Jean Clair, La Barbarie ordinaire

El objetivo de esta obra es mostrar qué representaciones de la sexualidad pone en escena la pornografía, y cómo las “conductas” pornográficas terminan por borrar el cuerpo, despojando al individuo de su subjetividad. Nuestra hipótesis es que la pornografía dista mucho de encarar el problema de la sexualidad en sus aspectos oscuros, como lo hace el erotismo. Porque, al tiempo que trata de poner en escena los aspectos más ocultos y reprimidos de la vida humana, vacía el misterio de la sexualidad de todo contenido. Al tener la pretensión de representar los fantasmas masculinos y femeninos, borra toda especie de subjetividad y reduce a aquéllos a simples productos de consumo. Al  querer poner el cuerpo en primer plano, lo transforma en “carne para dominar”. Al tiempo que trata de alimentar el deseo, lo torna imposible incluso antes de que pueda surgir. Al querer cuestionar lo prohibido, lo borra antes incluso de interpelarlo.

Abordar el problema de la pornografía desde un punto de vista ético, no significa querer clasificar a priori el bien y el mal, ni tampoco encarnizarse “en construir una ciencia de la sexualidad”, sino más bien mostrar lo que una “visión pornográfica” del individuo puede implicar por lo que respecta a su estatuto y a su lugar en el mundo, por lo menos en la medida en que las representaciones pornográficas nos obligan a preguntarnos si el sujeto todavía tiene un lugar, el cuerpo todavía un estatuto, y el deseo todavía una significación.
Al representar a cuerpos que no son ya cuerpos sino un conjunto de fragmentos, individuos que no son ya sujetos si no autómatas, un deseo que no es ya un deseo sino un goce orgánico, la pornografía contribuye a borrar la idea misma de ser humano. Al integrarse en el interior de una “voluntad de saber”, celebra el fin de la sexualidad y el desfallecimiento de todas las categorías consustanciales a la persona: el yo y el otro, lo masculino y lo femenino, la libertad y la coerción, la aceptación y el rechazo, lo bello y lo feo. Al tiempo que pretende esclarecernos sobre el “saber del placer”, finalmente representa el reino del “cero absoluto” que anunciaba Nietzsche, y pone un término definitivo a toda genealogía del “hombre de deseo”: “Todos, desde hace muchos años, vivimos en el reinado del príncipe Mangogul: víctimas de una inmensa curiosidad por el sexo, obstinados en interrogarlo, insaciables en oírlo y que nos hablen de él, rápidos para inventar todos los anillos mágicos que podrían forzar su discreción. Como si fuera esencial que de ese pequeño fragmento de nosotros mismos pudiéramos extraer no sólo placer sino saber, y todo un juego sutil que pasa de uno a otro: saber del placer, placer de saber el placer, placer-saber, y como si ese caprichoso animal que alojamos, por su parte, tuviera una oreja lo bastante curiosa, ojos lo bastante atentos, una lengua y un espíritu lo bastante bien hechos para tener un gran conocimiento de todo esto, y ser totalmente capaz de decirlo, no bien uno lo solicitara con un poco de habilidad”.

Desde este punto de vista, la pornografía ni siquiera es subversiva. Por cierto, se viste con los ropajes de la rebelión y pretende oponerse a toda forma de “represión” del sexo. Pero lo hace únicamente con miras a ocultar la afirmación de una dictadura, de un sistema de fuerzas que borran la intimidad. Ella se afirma partidaria de la omnipotencia del deseo. Pero sólo para desembocar en su agotamiento. A tal punto que, para dar fe hoy en día de un acto de “resistencia”, uno se ve obligado a preguntarse adónde fue el Hombre, como Primo Levi ante las imágenes de espanto de los campos, y a reubicar un espacio conceptual donde la transgresión, lo prohibido, el pudor y la intimidad nuevamente encuentran su lugar. Pero tal vez no sea inútil aclarar que el abordaje ético se distingue claramente del jurídico. Al respecto, las páginas siguientes no quieren ser una piedra más de una restauración cualquiera de un “orden moral”. Echar una mirada crítica sobre la pornografía no significa predicar la prohibición o la culpabilización sino más bien interrogarse sobre lo que revela de nuestra relación con el cuerpo, con el deseo, con uno mismo y con el otro, lo que se exhibe como pornográfico.
No se trata de reducir las prácticas sexuales al silencio ni de disfrazarlas, ni, tampoco, de ordenar por un lado las actividades lícitas y representables y, por el otro, las que serían ilícitas y obscenas. La obscenidad, como vamos a mostrarlo, no reside en las prácticas o en las actividades, y el cuerpo, en sí, jamás es obsceno. Por lo tanto, no se trata aquí de proponer un manifiesto cuyo contenido sea “del sexo no se habla”. Lo que encaramos no es el “encierro” de la sexualidad. Nuestro propósito, más bien, es mostrar que se puede hablar de la sexualidad sin por ello “cubrirla de basura”, como ya lo decía David Herbert Lawrence. Entre el “decirlo y mostrarlo todo”, y el “ocultarlo todo” existe la posibilidad de colocarse en los intersticios del lenguaje para hacer aparecer paisajes desconocidos e inventar un mundo que falta. Y esto, sin pecar por “exceso de realidad o de imaginación”, como tiende a hacerlo la pornografía, cuando borra no sólo toda tentativa personal para encontrar una senda de acceso al deseo sino también el propio deseo, que hace la humanidad del Hombre.

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