ISBN: 9789875000773

Formato: 344 págs. 16 x 23 cm.

Fecha Publicación: 2003

Precio: $ 360,00 (U$S 21,18)

Melancolía y verdad

Capítulo 1. Preliminares, problemática, situación

"Cuando en su autocrítica exaltada [el melancólico] se describe como un hombre pequeño, egoísta, insincero, falto de autonomía, cuyos esfuerzos sólo tienden a ocultar las debilidades de su ser, bien podría ser, por lo que sabemos, que se aproximara pasablemente a la verdad, y no nos preguntamos si no por qué debe enfermarse para tener acceso a una verdad semejante."
Sigmund Freud

Han transcurrido más de setenta y cinco años desde que el párrafo que acabamos de leer se imprimió por primera vez. Estas palabras aparecen en medio de un conjunto de textos lentamente madurados (la Metapsicología), que apunta a sostener una ciencia joven, el psicoanálisis, en la doble ambición de recapitular sus experiencias y estar en la primera fila de sus avanzadas (al extremo de tener aún hoy, para algunos, el sabor de lo definitivo). Nos asombra mucho más encontrar en ellas la reprobación distante de las doctrinas morales de la época clásica, así como la abundancia de pequeñas pinceladas que remiten al estilo de iluminación de los retratos medievales del temperamento melancólico. Ese asombro puede ampliarse incluso hasta el malestar, a punto tal de sentir acaso la tentación de deshacerse de la totalidad, relacionando las palabras con el carácter de su autor, al que en estas circunstancias se supone desengañado, cínico e incluso misántropo.
Pero atenerse a los albures eventuales de los humores freudianos sería ocultar el verdadero alcance de la inversión que se efectúa en el pasaje citado. En efecto, al releerlo con atención surge que el proceso que sustancia se resume en que la verdad, tras haber abandonado a mitad del camino las filas de un observador al que sin duda deja un poco desprovisto, ya que es tributario de la incertidumbre inherente a un saber suspendido entre dos comas –y tras haberlo abandonado, al parecer, para alinearse en definitiva junto al propio enfermo–, cambia lisa y llanamente de bando, y quizá de naturaleza. En suma, la verdad se vuelve incognoscible desde el momento en que deja su lugar asignado junto al médico. El malestar se debe a ello, a esa defección de la verdad tanto más escandalosa cuanto que sobreviene en el momento mismo en que el esfuerzo de conclusión que implica la tentativa metapsicológica la requiere más directamente. Y se refuerza por el hecho de que Freud, en ese punto, registra sin perturbarse la existencia de esa defección.
Durante esos setenta y cinco años, las depresiones médicas se extendieron por el mundo. Esta generalización de la depresión contribuyó a embrollar los títulos seculares de la coherencia conceptual que vivificaba la melancolía freudiana; por otra parte, con la ayuda de la relativa inocuidad de los tratamientos médicos, así como de la duración creciente de los “estados” depresivos –que puede aparecer por sí misma como un corolario de esa inocuidad–, la depresión, al parecer, debe en definitiva sumarse lisa y llanamente al abanico cada día más amplio de los “estilos de vida”.
En ese contexto, la supervivencia misma del vocablo “melancolía” está doblemente amenazada: según el DSM III-R, publicado en 1987, la palabra ya sólo vale como denominación de un conjunto de signos que indican una afección del cuerpo y exigen un tratamiento principalmente psicofarmacológico; mientras que el ICD-10, en 1992, extrae de lo precedente la consecuencia de invitar a los profesionales que todavía utilizan el término a sustituirlo por el sintagma “síndrome somático”.
Por eso, no podemos dejar de recordar a Émile Esquirol, autor del primer intento de eliminar la melancolía del vocabulario científico, que en 1820 escribía lo siguiente:

"La palabra 'melancolía', consagrada en el lenguaje vulgar para expresar el estado habitual de tristeza de algunos individuos, debe dejarse en manos de los moralistas y los poetas, quienes, en sus expresiones, no están obligados a la misma severidad que los médicos."

Rebautizar la enfermedad es la primera tarea que Esquirol asigna a la “severidad” médica. La lipemanía que propicia inaugura un esfuerzo terminológico que se despliega regularmente desde el siglo XIX hasta nuestros días, y del que el “síndrome somático” del ICD-10 no es, en el fondo, más que el último avatar hasta la fecha. Recíprocamente, estos bautismos sucesivos perseveran en el sentido del proyecto esquiroliano de cortar los lazos con una historia que debe dejarse a los “moralistas” y los “poetas”; en este aspecto, se conjugan muy bien con la propensión melancólica a lo atemporal.
Sin embargo, al margen de ese movimiento que corre a la zaga de los progresos de las ciencias del cuerpo, nos encanta también volvernos hacia el espejo que tienden las antiguas melancolías, y buscar en ellas lo que pueda fundar como razón, ya que no como destino, la complejidad y las fracturas de la época. Una proliferación de estudios dedicados a obras tocadas por la vieja afección jalona esta investigación, como otros tantos ecos de las piedras lanzadas por algunas individualidades geniales en las aguas del lenguaje en que estaban sumergidas, y tan diestramente lanzadas que, cuando por nuestra parte nos detenemos al borde de ella, aún la vemos agitada por las ondas de ese choque. Y ese ajetreo crítico también hace resurgir intacta la agudeza de la cuestión abierta hace veinte siglos por el autor de El hombre de genio y la melancolía, en la que se codean héroes (Heracles y Belerofonte), políticos (Lisandro), guerreros (Áyax) y filósofos (Empédocles y Sócrates): a saber, cómo comparar entre ellas, como ocurre con las melancolías más vulgares, esas melancolías excepcionales y, por lo tanto, cuál es la posibilidad de extraer una enseñanza general de su valor ejemplar.
Si quisiéramos omitir los resurgimientos del interés que acabamos de mencionar –omisión que sería tanto menos culpable con respecto a la ciencia cuanto que esos resurgimientos surgen generalmente fuera de ella–, el proyecto de Esquirol parecería muy cerca de consumarse. El pensamiento del melancólico, una vez separado de su cuerpo y dejado, en los contados mejores casos, en manos de los “moralistas” y otros “poetas”, ¿no perdura aún lo suficiente como para sólo desbrozarlo en la regla común de su fatalidad biológica? Pero ya se habrá advertido el camino contrario elegido aquí: en primer lugar, maravillarse de encontrar en esos resurgimientos no elegantes compendios de erudición, sino más bien el indicio más claro de cierta permanencia, aunque sea subterránea, de la melancolía; a continuación, atribuir pertinencia a esa misma permanencia; y por último, apoyar la idea de que esa pertinencia puede seguir incumbiendo a una investigación propiamente psicopatológica. De ello se deducirá también, desde luego, la consecuencia de que es preciso examinar el status del melancólico para la ciencia contemporánea.

Descargar Fragmento (53 Kb)

Libros relacionados:

Jacques el sofista

Barbara Cassin

¿Cómo se analiza hoy?

Fundación del Campo Freudiano