ISBN: 9789875001664

Formato: 272 págs. 14 x 22 cm.

Fecha Publicación: Marzo 2013

Precio: $ 350,00 (U$S 20,59)

Brecht y el Método

El apetito de Bertolt Brecht

Marcelo Pisarro, Clarín - Revista Ñ - Blog Nerds all star, 03/05/2013

El crítico marxista estadounidense Fredric Jameson escribió sobre Baal, la primera obra teatral del dramaturgo alemán Bertolt Brecht. El libro de Jameson se titula Brecht y el Método; se publicó en 1998 y este año Manantial lo editó en español. Brecht redactó Baal en 1918, cuando tenía veinte años y estudiaba en la Universidad de Múnich. Se dice que fue una respuesta a Der Einsame, la pieza expresionista de 1917 de Hanns Johst acerca de la vida del dramaturgo del siglo XIX Christian Dietrich Grabbe, el autor de Don Juan y Fausto. Brecht relató en Baal la decadencia de un poeta borracho y marginal, el Baal del título, en la línea del movimiento proto-romántico Sturm und Drang del siglo XVIII: el genio que no acepta las convenciones sociales, las convenciones sociales que al final destruyen al genio.

La historia ―propuso Jameson― siempre nos confronta con su prehistoria; y la biografía no enfrenta con su juvenilia. Y en el caso de Brecht, con el problema de Baal. “Brecht nunca fue un marxista ortodoxo tan convencional como cuando, hacia el final de su vida, intentó domesticar e interpretar los comienzos de su producción como una expresión de lo antisocial o, mejor aún, de lo asocial; lo cual es, qué duda cabe, una manera social de decirlo”. La convención estableció que en el corazón de Baal había un impulso: el del deseo. Jameson no estaba de acuerdo. Más que deseo, lo que allí había era apetito.

“El deseo ―incluso como concepto― surge de una reflexión sobre la histeria, sobre la ausencia de deseo, sobre el deseo del deseo, etcétera. El puro apetito no necesita pasar por ese desfiladero tan angosto: ya está allí, el cuchillo en una mano y el tenedor en la otra, los dedos tamborileando sobre la mesa”. El apetito, quería decir Jameson, es más básico que el deseo; no necesita la reflexión. Stephen King escribió en 2008, en su novela Duma Key: “Debes tener hambre. Le funcionó a Miguel Ángel, le funcionó a Picasso, y le funciona a cientos de miles de artistas que no lo hacen por amor (aunque eso puede jugar su parte), sino para poner un plato de comida sobre la mesa. Si quieres interpretar el mundo, has de utilizar tus propios apetitos. ¿Esto te sorprende? No debería. No existe nada tan humano como el hambre. No existe la creación sin talento, eso te lo concedo, pero el talento es barato. El talento no se mendiga. El hambre es el pistón del arte”. Jameson había encontrado este apetito en el centro de Baal; de algún modo rescataba la pieza de la biografía, de la resignificación en clave marxista del viejo Brecht que miraba a su yo más joven e inexperto con temor y distancia. Pero Jameson quería ir más lejos; había encontrado que en diferentes momentos de la historia de la cultura popular el apetito emergía como pistón creativo clave.

La voluntad de acaparar algo y de gritar “¡mío, mío!” estaba en Père Ubu de Alfred Jarry, en Harpo Marx, en Mr. Natural de Robert Crumb. “Estos son los vivillos de la literatura antes que sus zombies o sus muertos vivos: criaturas de vestimenta o aspecto físico descuidados, sátiros, viejos verdes y otros similares que son los arquetipos del apetito, surgen de la cultura popular (y no de los letrados, como los villanos y las manifestaciones del mal supremos). El primer Chaplin, el vagabundo de los primeros cortometrajes, era así: asquerosamente posesivo, capaz de patear mil veces seguidas al gordo gotoso (quien sin duda representa la advertencia de la sociedad contra la indulgencia) escaleras abajo, libidinoso, descortés y continuamente distraído por una variedad de objetos nuevos, irrespetuoso y violento (no por ser dueño de una naturaleza o una esencia violentas sino, más bien, por una suerte de reacción inmediata ante lo que ocurre a su alrededor). Las primeras apariciones del ratón Mickey ―por ejemplo, la primerísima de todas en Steamboat Willy (1928)― también eran así; y es que ambos personajes surgieron antes de que el barniz de la cultura y el sentimentalismo del vagabundo o de Mickey echaran a perder ese producto archinatural: acerca del cual no pueden, precisamente, contarse historias”.

Por eso Chaplin y Mickey, antes del barniz de la cultura, o el poeta homicida Baal, antes del barniz de marxismo ortodoxo del propio Brecht, son figuras que exceden los límites de lo que es posible ser narrado o representado en la vida pública. También por eso se distancian de los zombies, como decía Jameson: los muertos vivos son criaturas cuyo único propósito es consumir. Su función narrativa se sublima en el momento en que sacian, al menos temporalmente, su apetito: cuando arrancan la carne de los vivos, rompen los huesos, desgarran los trozos. Baal, Chaplin y Mickey, tal como fueron concebidos antes del barniz cultural y político, se sitúan siempre un momento antes del consumo. Un momento antes de saciar el apetito. Cuando los dedos tamborilean sobre la mesa y hay hambre.

Fuente: weblogs.clarin.com/revistaenie-nerdsallstar/2013/05/03/el_apetito_de_bertolt_brecht/

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